
Algunos guitarristas que hacen historia por la velocidad de sus dedos, otros inventan un sonido. Tom Morello hizo de su instrumento una extensión de su personalidad, y es que, en una época donde lo líquido, liso y breve parece ser la tendencia, Morello es un músico que entiende el rock como una herramienta de intervención política. En sus manos, la guitarra eléctrica no se limita a producir melodías; discute, incomoda, señala y, cada tanto, parece emitir el ruido de una máquina que está a punto de romperse.
Si hubiera que buscar una figura latinoamericana con la que establecer una analogía, Víctor Jara podría ser un buen punto de partida. No porque sus trayectorias sean equivalentes, ni porque sus lenguajes musicales se parezcan, sino porque ambos comparten una convicción fundamental: la música no tiene por qué permanecer al margen de los conflictos de su generación. Jara encontró en la canción popular una forma de acompañar las luchas de los trabajadores y de los sectores históricamente postergados; Morello hizo de la distorsión, el riff y el ruido eléctrico una manera de enfrentarse a las estructuras de poder, como si buscase necesitar toda la potencia de un amplificador para recordarnos que la injusticia también tiene volumen, y está bastante alto.
La comparación tiene sus límites, claro. La experiencia de Jara estuvo ligada al movimiento de la Nueva Canción Chilena, al gobierno de Salvador Allende y a la violencia de una de las dictaduras más salvajes de la historia, que terminó asesinándolo en 1973. Morello, nacido en Estados Unidos, desarrolló su obra en otro contexto histórico, atravesado por la cultura del rock, el hip-hop, las luchas antirracistas y las disputas alrededor del capitalismo posfordiano estadounidense. Sin embargo, en ambos casos aparece una idea que sobrevive a estas diferencias: la canción como algo más que entretenimiento, una herramienta que puede ayudar a construir una identidad colectiva, preservar una memoria y poner en circulación ideas que el poder preferiría mantener silenciadas.
Morello tiene, además, una particularidad biográfica que ayuda a comprender esa posición. Graduado en Ciencias Políticas por Harvard, eligió una carrera en la que su formación intelectual nunca quedó completamente separada de su actividad artística. En la mítica Rage Against the Machine encontró el espacio ideal para unir ambas dimensiones, combinando el metal con las cadencias del rap, el funk y el punk, mientras Zack de la Rocha convertía las letras en una plataforma de denuncia contra el racismo, la violencia estatal, el imperialismo y las desigualdades económicas, casi una pancarta con distorsión y ritmo.
En ese universo, la guitarra de Morello funcionaba como un artefacto extraño. En lugar de reproducir los solos tradicionales del rock, imitaba scratches de DJ, alarmas, interferencias y sonidos mecánicos. Su técnica parecía abrir una herida en el instrumento, como si la guitarra hubiera dejado de obedecer a sus fabricantes. Los riffs se instalaban en la cabeza con la insistencia de un glitch informático, había algo de sabotaje en aquella manera de tocar; Morello utilizaba la tecnología de la amplificación para producir sonidos que parecían cuestionar el funcionamiento de la propia máquina.
La metáfora nunca fue accidental, Rage convirtió el conflicto político en parte de su identidad artística, desde las letras hasta las presentaciones en vivo y las imágenes que acompañaban sus discos. El grupo no se limitaba a cantar sobre la protesta sino que intentaba discutir las condiciones en las que la música circulaba y el lugar que ocupaba dentro de la industria cultural. Su nombre era, en sí mismo, una declaración de principios.
Después llegaron supergrupos como Audioslave, Street Sweeper Social Club, Prophets of Rage y The Nightwatchman, su proyecto solista de orientación folk. Cada formación permitió explorar una zona distinta de su personalidad musical. En The Nightwatchman, Morello abandonó buena parte de la parafernalia eléctrica para recuperar la tradición del trovador político con canciones despojadas, historias de laburantes y personajes totalmente marginales, con referencias históricas y una voz que se acercaba a la de los viejos cantantes de protesta estadounidenses. La guitarra acústica, lejos de representar una retirada, era otra forma de sostener la misma discusión.
Esa continuidad permite comprender mejor su trayectoria, ya que Morello no parece interesado en separar al guitarrista del activista, ni en convertir su compromiso en un capítulo secundario de su biografía. Para él, la política no es un accesorio que se agrega a una canción terminada, sino una de las preguntas que determinan qué canciones vale la pena escribir y para qué sirven una vez que llegan al público.
Una guitarra contra la máquina. Nunca tuvo una sonda nasogástrica conectada a su nariz pasándole un pastiche pop de cultura terraja que lo obligue a claudicar de sus principios. Muchos músicos consagrados seguramente desearían tener la carrera que Morello, quien se sostuvo independiente hasta en sus picos de fama, y que en los últimos años, amplió su territorio artístico mediante colaboraciones con músicos de géneros muy distintos y una serie de proyectos que lo alejaron de la estructura convencional de una banda de rock. La trilogía The Atlas Underground, iniciada en 2018 y continuada con The Atlas Underground Fire y The Atlas Underground Flood en 2021, lo encontró explorando cruces entre electrónica, metal, hip-hop y música experimental. En lugar de preservar un sonido reconocible como una pieza de museo, eligió ponerlo en contacto con otras generaciones y lugares artísticos donde su presencia no esté de antemano digitada para el aplauso de quienes ya lo admiraban. Y si hay que tener pelotas, y paciencia, para ser un artista que se someta a las lógicas del consumismo, más valor hay que tener para meterse en una zona artística nueva, en la que el músico no tenga aseguradas las felicitaciones de los aduladores de siempre.
Esa búsqueda convivió con canciones de intervención política directa. En 2020, durante las movilizaciones de Black Lives Matter, publicó “Stand Up”, junto al productor italiano The Bloody Beetroots, Shea Diamond y Dan Reynolds, de Imagine Dragons. La canción se inscribía en una tradición que Morello conoce bien: utilizar el alcance masivo de la música popular para acompañar discusiones que exceden el escenario. Ese mismo año, “You belong to me”, bajo su alter ego The Nightwatchman, recuperó la historia de Nat Turner, líder de la rebelión de personas esclavizadas ocurrida en Virginia en 1831. Predicador afroamericano, Turner interpretó su lucha como una misión religiosa y organizó una insurrección contra el sistema esclavista que dejó decenas de muertos y fue sofocada violentamente por las autoridades de la época. La represalia posterior alcanzó a numerosos afroamericanos, tanto esclavizados como “libres”, y reforzó las restricciones impuestas a la población negra. Más de un siglo después, Tom estableció un puente entre la violencia racial del pasado y las formas contemporáneas de represión. La historia de Turner apareció no como un episodio clausurado, sino como una memoria incómoda que permite interrogar la persistencia de las estructuras de dominación. El pasado visto como una llave para leer el presente, una forma de señalar que las estructuras de dominación pueden cambiar de uniforme sin desaparecer por completo.
En 2024, “Soldier in the Army of Love”, grabada junto a su hijo Roman, anticipó otra dimensión de su trabajo, la transmisión de una identidad musical y política entre generaciones. Roman no quedó reducido al papel de invitado familiar sino que su participación en la composición y en las presentaciones en vivo fue creciendo hasta convertirse en parte de una nueva etapa artística de Morello. La continuidad del legado, en este caso, no consiste en repetir los gestos del padre, sino en abrir un espacio para que otro músico los transforme.
Esa voluntad de expansión desembocó en el reciente “Everyone Gets Everything They Want”, un disco de doce canciones y colaboraciones con Serj Tankian, de System of a Down; el grupo irlandés Kneecap; Beartooth y Roman Morello, entre otros participantes. El álbum pone al frente su guitarra eléctrica y el sonido agresivo del rock, pero no renuncia a la ramificaciones estilísticas que marcaron sus obras anteriores. En sus canciones aparecen el metal, el rap, el folk y momentos más introspectivos, como si Morello intentara reunir las distintas facetas de su identidad, construidas durante décadas.
La dimensión política vuelve a ocupar un lugar central. “Date Night” recupera la historia de las jóvenes neerlandesas Hannie Schaft, Truus Oversteegen y Freddie Oversteegen, vinculadas a la resistencia contra la ocupación nazi. “Adjourn It”, junto a Tankian y Roman, apunta contra la hostilidad hacia los inmigrantes, mientras “Unconquered”, con Kneecap, conecta el rock de protesta con una nueva generación de artistas que utiliza el rap y la confrontación política como parte de su lenguaje. El punto álgido está en “Everything Burns”, junto a Beartooth, cuando se inclina hacia una sonoridad violenta, mientras otras canciones recuperan la figura del cantautor que Morello desarrolló con The Nightwatchman.
El resultado no necesariamente constituye una obra homogénea, tampoco necesita serlo. Es que la variedad de colaboradores y estilos puede producir cierta dispersión en la que no todas las canciones alcanzan la intensidad de sus mejores trabajos con Rage Against the Machine. Pero esa irregularidad también revela una inquietud, ya que Morello no parece dispuesto a aceptar que su identidad artística quede congelada en el sonido de los años noventa, no ser fácilmente encasillable es la mejor forma de escapar a esta cultura enferma de góndolas de supermercado y on demand generalizado, hasta emocional. Porque al no ser fácilmente clasificable se siguen buscando interlocutores, nuevas formas de circulación y modos de conectar la tradición del rock político con conflictos contemporáneos, esto es rock ´n roll, no un chicle de frambuesa. La dimensión colectiva de su compromiso tuvo otra expresión en octubre de 2026, cuando impulsó el festival Power to the People, en Maryland, donde reunió a artistas como Bruce Springsteen, Joan Baez, Public Enemy, Foo Fighters, Dave Matthews, Brittany Howard y Killer Mike, entre muchos otros. La propuesta fue concebida como una celebración de la justicia, la solidaridad y la acción comunitaria. Más que un recital multitudinario, el festival buscó reunir música y activismo en un mismo espacio, con la idea de que la energía de un concierto puede extenderse hacia organizaciones, campañas y formas concretas de participación pública.
También es significativo que Morello haya compartido escenarios con Springsteen durante la gira Land of Hope and Dreams. En ese encuentro entre dos generaciones del rock estadounidense, la canción de protesta recuperó su dimensión de ceremonia colectiva: miles de personas reunidas alrededor de una música que no pretende ofrecer soluciones sencillas, pero sí disputar el sentido de lo que ocurre fuera del estadio.
En tiempos en que buena parte de la industria cultural convierte cualquier gesto de rebeldía en protectores para teléfonos celulares, la posición de Morello presenta una contradicción inevitable. Su música circula por los mismos mercados que cuestiona, sus discos se venden a través de grandes plataformas y su figura forma parte de una industria que sabe comercializar incluso la disidencia. Pero esa contradicción no invalida automáticamente su trabajo, sino que deja latiendo la pregunta de qué hace con ese espacio y cómo consigue utilizarlo para poner en circulación otras voces, historias y demandas.
Tom Morello no es Víctor Jara, ni necesita serlo. La historia de cada uno tiene sus propias condiciones, sus riesgos y sus consecuencias. Pero la analogía permite recuperar algo que el rock suele olvidar cuando convierte a sus guitarristas en atletas del instrumento: la destreza técnica no agota las posibilidades de la música. Una guitarra puede ser una herramienta de expresión individual, pero también una forma de hablar en plural.
Morello sigue buscando ese punto de encuentro entre el ruido y la palabra, entre el espectáculo y la protesta, entre la potencia de un riff y la necesidad de intervenir en un mundo que parece conducido por un camionero ebrio que transporta una ojiva nuclear. Quizás allí resida la continuidad más importante de su carrera, no en repetir indefinidamente la fórmula de Rage Against the Machine sino en insistir en que la música todavía puede ser un territorio de disputa. Su guitarra no va a derribar por sí sola ninguna máquina. Pero puede señalar sus engranajes, hacer audible su violencia y recordarnos que, para cambiar su funcionamiento, hace falta algo más que escuchar.