¿Cómo se filma un descubrimiento? En el final de Ver el mar, la pregunta encuentra una respuesta en los ojos de Lucía. La magnitud de lo que tiene delante se vuelve perceptible en su mirada. El paisaje adquiere escala en la emoción de una niña que acaba de conocerlo.
Esa elección concentra la fuerza del cortometraje documental dirigido por Victoria de Souza. El encuentro con el mar puede parecer un acontecimiento sencillo. Sin embargo, visto desde quien lo descubre por primera vez, contiene una transformación del mundo conocido.
La pieza audiovisual de veinte minutos de duración acompaña a escolares de la Escuela rural N° 74 “El Paraíso” de Rincón de Tranquera en Tacuarembó en su viaje hacia la costa. Desde esa experiencia concreta abre una pregunta que atraviesa a Uruguay: ¿cuánto del país está efectivamente al alcance de todos sus habitantes?
La costa forma parte de muchas de las imágenes con las que nos representamos. Es paisaje familiar, destino de vacaciones, memoria de verano. Esa familiaridad puede hacernos olvidar que llegar hasta ella sigue siendo una posibilidad distribuida de manera desigual.
La dimensión sociopolítica de Ver el mar se encuentra en esa relación entre un deseo y sus condiciones de realización. Viajar supone recursos, tiempo, transporte y acompañamiento. Para algunas infancias, ciertas experiencias forman parte de lo habitual. Para otras, necesitan una trama de esfuerzos capaz de acercarlas.
La distancia tiene muchas escalas. Puede extenderse entre el norte y Montevideo o separar a un barrio del centro de su propia ciudad. Hay lugares próximos que permanecen fuera del mundo vivido. La película permite pensar esa diferencia entre la cercanía del mapa y las posibilidades concretas de una vida.
Desde esta lectura, la emoción del descubrimiento contiene una pregunta pública. Celebrar que una niña llegue al mar lleva también a considerar qué lo había mantenido lejos. El asombro pertenece a Lucía; las condiciones que permiten ampliar sus oportunidades nos involucran como sociedad.
El proceso de realización agrega una dimensión ética a esa mirada. Durante el conversatorio posterior a la presentación pública llevada adelante el pasado 5 de octubre, en la Sala Brocco de Tacuarembó, organizada por el Centro Cultural de Tacuarembó de la Intendencia Departamental de Tacuarembó, en el marco del Día Mundial de los Docentes y el Niño Escolar, con la presencia de sus seis niños y niñas protagonistas que acudieron con sus familias, maestras y vecinos de la zona ubicada a unos cinco kilómetros de la ciudad de Tacuarembó, el equipo contó que su primer acercamiento a los escolares estuvo dedicado a conocerse. Las entrevistas iniciales buscaron afinidades, gustos compartidos y puntos de encuentro desde los cuales construir confianza. Antes de avanzar con la película, había que establecer una relación.
Ese gesto importa en el cine documental. La cámara se aproxima a vidas que existen antes de su llegada y que continuarán después. Conocer a quienes estarán frente a ella permite comprender sus referencias, escuchar sus intereses y encontrar un terreno compartido. En este caso, las primeras conversaciones ayudaron a reducir la distancia y más que nada, ver todos los puntos de encuentro entre realizadores y protagonistas.
El campo y la ciudad ofrecen experiencias distintas, pero esas diferencias no agotan lo que una persona es. Un gusto en común puede abrir una conversación; una curiosidad compartida puede acercar mundos que parecían lejanos. La confianza comenzó a construirse en esos reconocimientos cotidianos.
También la diversidad territorial del equipo aporta a esa sensibilidad. Entre sus integrantes Luis es oriundo de un pequeño pueblo de Soriano y Victoria vive en Ciudad de la Costa. Sus trayectorias incorporan experiencias fuera de la capital y una comprensión de las distancias que forma parte de la búsqueda del proyecto.
La infancia rural aparece así como una vida con saberes, vínculos y experiencias propias. El viaje amplía ese mundo. Esta perspectiva permite reconocer la importancia de acceder a otros horizontes sin desvalorizar el lugar del que se parte.
El desenlace lleva esa búsqueda de proximidad a una decisión cinematográfica precisa. Según compartieron los realizadores en el conversatorio, el final les había generado dificultades: no encontraban cómo resolverlo. Un aporte del docente tutor permitió orientar la atención hacia Lucía. Podían mostrar el mar a través de sus ojos.
La elección desplaza el centro de la imagen hacia quien vive el acontecimiento. El espectador percibe el paisaje transformado por la emoción de la niña. Su mirada vuelve visible la profundidad de esa primera vez.
Allí aparece lo sublime de la pieza: en la relación entre un acontecimiento cotidiano para muchos y su intensidad para alguien que lo experimenta por primera vez. El mar es inmenso, pero la película encuentra otra forma de expresar esa inmensidad. Cabe en un rostro.
La canción final prolonga ese movimiento y tiene una particularidad significativa: nació dentro del propio equipo. Mariana Castro escribió la letra, la musicalizó y la cantó con el apoyo de Victoria de Souza. La música forma parte del proceso de quienes acompañaron la historia y buscaron cómo darle un cierre.
Su letra enlaza el mar con el cumplimiento de los sueños y abre la experiencia hacia otros deseos, otros lugares por alcanzar. El horizonte de Lucía conserva su realidad concreta y, a la vez, permite que cada espectador encuentre sus propias resonancias.
El cierre deja que la emoción continúe. La imagen y la canción se encuentran en esa apertura: una primera vez puede hacer pensar en muchas otras que todavía esperan.
Ver el mar nació como trabajo final de grado de la Licenciatura en Comunicación de la Universidad de la República. El equipo reunió a Victoria de Souza en dirección y producción, Enrique Barbero en fotografía, Mariana Castro en sonido y cámara, y Luis Ramírez en montaje y sonido.
Su recorrido excedió aquella instancia académica. En el 26.º Festival Internacional de Escuelas de Cine, celebrado en agosto de 2026, obtuvo menciones de los jurados profesional y estudiantil. A partir de esta ópera prima, sus realizadores conformaron la productora Náutica Films y proyectan nuevos trabajos.
La formación universitaria fue, así, el punto de partida de una obra que encontró públicos y abrió un camino colectivo. Su crecimiento invita también a mirar el lugar de esos espacios en la aparición de nuevas voces del cine uruguayo.
Esta primera película encuentra profundidad en lo cercano. Una escuela, un viaje, una niña frente a un horizonte desconocido. La sencillez de la historia permite que aparezcan preguntas sobre la educación, el territorio y la distribución de las oportunidades. Es un audiovisual sensible, humano, simple y complejo, socialmente político.
El equipo realizador encontró inspiración en el film “El Viaje hacia el Mar” del año 2003, dirigida por Guillermo Casanova y con Hugo Arana, Julio Calcagno, Julio César Castro, Diego Delgrossi, Héctor Guido, César Troncoso como elenco, ambientada en una mañana de domingo de 1963.
En los ojos de Lucía, el mar se vuelve experiencia. Y en esa experiencia queda una pregunta para quienes miramos: cuántos horizontes siguen lejos y qué hace falta construir para acercarlos.
La pieza documental audiovisual está recorriendo el país. Se puede conocer más sobre su propuesta y cronograma de proyección en: Ver el Mar / perfil de instagram
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