
Hay algo sospechoso en reseñar una banda de covers. Como si el rock tuviera aduana y alguien hubiera decidido que las canciones ajenas deben pagar peaje para entrar en la crítica. Como si tocar lo que otro escribió fuera vivir de prestado. Pero quizás el error esté ahí: confundir la propiedad de una canción con su destino, y hoy vamos a desarmar eso.
Una canción conocida también puede volver a morder. Parece básico pero cada tanto hay que explicarlo, la música no termina cuando su autor deja de tocarla. Un buen ejemplo de esto fue una noche de viernes en El Emergente de Almagro, cuando SorPResa Shangai se encargó de que lo tengamos fresco. Antes habían pasado Cieguitos Voladores, con inflamables versiones de Sumo, y ROJO, llegados por primera vez desde Uruguay y con disco nuevo bajo el brazo. Ya surcando la madrugada, SorPResa Shangai se atrincheró en el escenario y la noche encontró una forma particular de ordenarse: canciones que estaban en la piel de todos, pero se alimentaban de electricidad como un animal nocturno. Ahí ocurrió ese pequeño milagro que algunas bandas tributo suelen producir cuando tienen alma y no son una fotocopia cansada; la gente no estaba escuchando una playlist de Los Redondos sino que volvía a emocionarse con ellas.
Algunos repertorios se aprenden y otros se heredan. El de Patricio Rey pertenece a esa segunda categoría, aunque nadie haya firmado los papeles. Las canciones pasan de una persona a otra como ciertas supersticiones familiares: nadie recuerda exactamente cuándo empezaron, pero un día descubrís que las tenés incorporadas a tu cuerpo. SorPResa Shangai trabaja sobre ese territorio, sin intentar reconstruir un templo ni embalsamar una época. Brilla haciendo algo menos solemne y, por eso mismo, más verdadero: pone las canciones nuevamente en circulación. Las deja sueltas para que se mezclen con el sudor, choquen contra el techo. Que alguien desafine al lado tuyo o una voz se adelante porque sabe lo que viene, mientras otra llega tarde. Todos saben que dentro de unos segundos va a suceder ese momento y, aun así, lo esperen como si fuera la primera vez. Quizá de eso se trate un ritual, no de repetir exactamente sino de traer a la conciencia un sonido para que algo que nos recuerde que estamos vivos vuelva a suceder.
La patria pequeña de las canciones. En algún momento de la noche apareció Martín Aleo, de Los Gardelitos, entre el público, para luego terminar arriba del escenario, tocando una de los Redo. No hubo necesidad de convertirlo en acontecimiento porque ya estaba sucediendo. Eso también dice algo de esta clase de recitales, en los que hay una frontera muy fina entre los que están arriba y los de abajo. El escenario no siempre funciona como un pedestal, a veces es una puerta de la percepción.
Más temprano en los camarines, Lalo, líder de ROJO, dejaba su propia señal sobre una pared. El sonido del fibrón se escuchaba con una pequeña fricción contra la pintura mientras aparecía el logo de la banda. No parece un dato importante pero atestigua el carácter mítico de una noche especial, que dejo su tatuaje en las paredes del lugar, cerca de las marcas de otras bandas como Mujer Cebra, Buenos Vampiros y quién sabe cuántas más.
Una auténtica colección involuntaria de nombres, dibujos y firmas que como un patrimonio invaluable quedaban grabadas en la pared de un lugar de recitales convertida en archivo clandestino de una escena que probablemente no tenga otra manera de registrarse. Porque si hay algo que es inherente al rock ´n roll como movimiento cultural, seguramente sea ese espíritu garajero de acompañarse en el arte. El mismo sentimiento, despojado del glamour de los grandes espectáculos, gracias al cual el rock también sobrevive: en paredes, en canciones que toman la voz de otros, en gente que se acuerda de una letra y queda afónica, amigos que viven su pequeña revolución personal cantando como quien reza una plegaria poética, siguiendo el ritmo de alguien que presta un micrófono, de una banda uruguaya que cruza el río para cantarle canciones a un puñado de personas que no las conoce pero las agita igual, en otra que se sube a tocar canciones que fueron escritas antes de que algunos de los que están cantándolas nacieran. No hace falta fabricar una épica, un buen guitarrista no necesita un disfraz de Keith Richards, puede lucir como un burócrata y aún así prender fuego la viola. La épica ya está ahí, escondida entre los cables y la cotidianeidad. Y quizá por eso convenga reivindicar a las bandas de covers.
Porque hay una idea demasiado cómoda según la cual crear significa solamente inventar algo que no existía, pero también existe otra forma de hacer arte: recuperar algo que ya existía para que vuelva a tener sentido ahora, ese es el arte de SorPResa Shangai. No son los Redondos, justamente ahí reside su mérito. Son una banda que entendió que el legado no se conserva detrás de una vitrina ni con una plataforma de música. Se cuida cuando todavía hay alguien dispuesto a poner el cuerpo para que una canción vuelva a sonar fuerte.
El Indio alguna vez imaginó un público que no fuera apenas consumidor de música, sino parte de su cofradía. Gente conmocionada por el arte, buscando una experiencia que excediera al espectáculo. Quizá no haya una manera más sencilla de honrar esa idea que esta: juntarse en un lugar de barrio, apagar durante un rato el ruido de afuera y cantar juntos canciones tan vigentes como para todavía tener algo que decir. Después cada uno vuelve a su casa.
La ciudad sigue haciendo sus cosas, los carteles continúan pegándose sobre otros carteles como un palimpsesto. Las paredes seguirán acumulando nombres pero por un buen rato, en Almagro, hubo canciones que volvieron a encontrar a su gente. Y eso, para una canción, quizá sea bastante parecido a seguir viva.