
Sala de espera
Los últimos suicidas, en sala La Huella
Viernes de octubre y noviembre, 21 horas.
Texto: Edh Rodríguez
Edición: Paola Menta
Los últimos suicidas, de Claudio Gotbeter, con dirección de José Luis Olascuaga se anuncia como comedia negra y farsa filosófica. Con esas coordenadas entramos a la sala.
Dice el diccionario que la farsa es del orden de lo satírico, lo que no duda en recurrir a la exageración, el fingimiento o las apariencias para establecer un punto. Algo a ser dicho mediante el recurso de la risa. Y la risa, lo sabemos, es una de las señas de la complicidad, lo que se capta más allá de las palabras. Nos reímos de un chiste cuando lo entendemos.
Los últimos suicidas -las últimas en realidad- reúne a tres mujeres: Andorra (Rosana Tócoli), Uganda (Graciela Abeledo) y Siberia (Laura Drescher) que se encuentran semanalmente en una sala de espera. Si es la sala de espera de un médico, un psicólogo, un abogado del mundo o de la parca y su guadaña, no lo sabremos jamás. Y no importa.
Tres mujeres, tres personajes de nombres improbables, y de caracteres marcadamente diferentes reunidas por una sola tarea: dejar de ser pesimistas y pasar a ser -paciencia mediante- optimistas. Andorra es sarcástica, desafiante, dedicada durante toda su vida a ser ella la que envía a los demás a su casa abrumados por la sensación de derrota. Una competidora en el juego de ser más inteligente que los demás. Desconfía hasta de su sombra, planifica, actúa. Sin desprenderse jamás del miedo que la deja en la sala de espera.
En las antípodas, Uganda es puro color, el prototipo del bobalicón “Pum para arriba” animadora de toda fiesta. Imagen viviente del payaso triste que como Garrik no encuentra consuelo en su carrera infinita por evitar la soledad y las preguntas. Mejor mal acompañada que sola. Porque la soledad es siempre un arma de doble filo. Y si algo teme Uganda son los filos de la vida. Así que mejor cerrar ojos y oídos y dedicarse a esperar. La vida es dura.
Siberia es la grisura más triste que habita el escenario. Gris y desencantada, ha hecho de la verdad una bandera. Recuerda a los viejos y viejas militantes de una izquierda que no cumplió ni cumplirá jamás aquellas promesas de una juventud en la que el cielo podía tomarse por asalto, y la coherencia era más una exigencia que una utopía.
Sarcasmo, negación, exigencia. Tres tormentos, tres formas de esperar una de las mil formas redentoras de la muerte que -como buenos suicidas- temen encontrar. Sufrir hasta la parálisis no deja de ser una forma de paciencia. Y la paciencia podrá ser una virtud, pero en esta farsa no provoca milagros.
Este sainete posmoderno está bien actuado. Las gestualidades, los silencios, las posturas físicas dicen todo el tiempo. A veces más que el texto que por momentos toca lugares comunes en su afán de provocar la risa. La tensión entre una de las tres mujeres que habla y las otras dos que comentan con sonrisas, ceños fruncidos y reboleos de ojos, o exagerando gestos y movimientos, es el juego a través del cual se sostiene un texto difícil. Y ese diálogo entre lo que se proclama y lo que no deja de decir aunque prefiera callar, es la columna vertebral de la obra.
Los últimos suicidas está todos los viernes de octubre y noviembre en la Sala de La Huella, y como toda farsa, es una invitación a reírnos de los que fuimos, somos o seguiremos siendo. Un puñado de contradicciones que caminan los círculos de una noria de la cual el miedo no nos dejará salir. Porque en tiempos confusos, a veces es inevitable seguir esperando.
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