

MONDO, limpio y libre de cosas añadidas o superfluas es la definición que la Real Academia Española nos da de esta palabra de origen Latín (mundus). Sin embargo, mondar es sacar la cáscara a una fruta, la corteza o piel de un tubérculo, o la vaina a las legumbres. Mondar es lo que Florencia Gonzalez Dávila realiza mediante su texto y dirección en su más reciente obra. Acompañada de Mateo Uriel y Camila Puente como Gabriel y Ana, Maia Cayrús y Magali Gugliotta en la asistencia de dirección, vestuario, diseño gráfico y escenografía, Florencia deja al desnudo el fruto de una relación a la que se le va quitando a lo largo de cada escena, las capas de piel, jugando entre el pasado y el presente, entre luces y canciones.
La obra se desarrolla en el hogar de Ana y Gabriel, el hogar de cualquier pareja joven.
Ese hogar con un par de sillas y una mesa que algunas veces también sirve de asiento. Una mesada, una cocina y una heladera que con los años de una relación tiene más golpes de puerta que comida elaborada en conjunto.
Un hogar con una lámpara, un sillón, y una guitarra que supo ser bienvenida como un mueble al instante de la mudanza, pero con los años se fue apagando, llenando de polvo y sonando cada vez menos, o con melodías cada vez más acordes al desgaste de un vínculo que quizás supo ser amor. Un vínculo que empezó queriendo ser verdad, risa y consuelo y terminó sonando apenas como intemperie, sin “tal vez” que los resguarde.
Un hogar con un perchero que carga el desgaste cotidiano de la rutina obsoleta, con relojes cansados, y marcas de tarjeta.
Un hogar con apenas una foto de los dos, por la que Fernando Cabrera daría todo lo que tiene, como canta en Puerta de los dos, canción con la que comienza esta obra, y con la que la pareja mediante su lenguaje corporal, muestra los desacuerdos, las discordias y los desencuentros de caricias, de miradas, de gestos donde poder sentirse amados. Una danza que en pocos segundos te hace rebobinar miles de anécdotas y situaciones en una relación, las cuales pasan en cámara rápida por la mente y el cuerpo, generando un vacío en el pecho que te advierte que la obra es dulcemente movilizadora.
Un hogar con libros cargados de historias, y palabras cargadas de conceptos. Conceptos que Gabriel necesita aprender, para tener la palabra justa, pero con los cuales no logra comunicar lo que le sucede. A veces porque Ana no quiere escucharlo, pero en su mayoría porque el vínculo que generaron termina naturalizando la no comunicación de los sentimientos mediante el diálogo.
¿En qué momento nos damos cuenta si un vínculo es amor, o simplemente lo estamos forzando, cargado de influencias, mandatos, recuerdos, ilusiones?
¿Cuándo es necesario poner el primer freno? ¿Cómo cambiar de parecer, si el tiempo y la memoria de las vivencias compartidas nos pesa cada vez más?
El sábado a la noche aprendí que hay palabras para muchas cosas, gil gil por ejemplo, refiere a la necesidad de morder o pellizcar algo que consideramos muy tierno. O Amae, es la necesidad únicamente de confiar y depender sumisamente de alguna persona. Para los errores, las cagadas y las heridas, hay variedad de palabras dependiendo la situación, disculpas, perdón o lo siento, según el caso. Pero ¿existe una palabra para cuando estamos en un lugar físico del cual ya nos fuimos emocionalmente hace tiempo? ¿una para definir la disociación de la teoría y la práctica? ¿una para entender porqué no funcionó? o una ¿para lo que quizás fue?
No se si hay palabras para todo, pero para conectar con los roles, el rechazo, los abusos y heridas de una pareja, la indiferencia, y cuánto de todo eso podemos sostener y soportar en nombre del amor, y los lindos momentos a través del tiempo, hay una obra, se llama “MONDO. Libre de cosas añadidas o superfluas.” y la podes ver en la Madriguera los sábados y domingos de noviembre.








































