
Sabido es que cualquier objeto que se intente vender debe, para tener valor de cambio, ganar antes su valor de uso. Parece difícil que alguien esté interesado en adquirir algo a lo cual no le encuentra utilidad, salvo que se trate de alguien que incursione en profano arte del coleccionismo.
La práctica política abusa de manera sistemática de los procesos de producción de necesidad, a partir de la construcción de un relato que progresivamente comienza a circular entre los sujetos, colándose imperceptiblemente en los discursos y produciendo subjetividades, calando en los estados de conciencia.
“Salgo. Me dispongo a hacer las compras. Mala onda en la gente en general. Todo mal en la calle. Quejas, muchas quejas… en fin… malas caras. Alguien dice, desde el fondo, en la tertulia de boliche, que el problema es la educación. Todos asienten. Nadie duda y nadie dice lo contrario. Y pensar que en una época fuimos un país educado, agrega otro. Cierto”.
Es cierto también que el relato no daña tanto hasta que encuentra a quien dañar. Si el problema es la educación, la afirmación se puede repetir cuantas veces quieran esos charlatanes, hasta tanto el discurso se encuentre con un docente, el que no tendrá mucho más que dos opciones. La primera de ellas es preparar la defensa y argumentar, corporativamente, a favor de su colectivo, instalando un debate sin muchas expectativas. Porque saberes y pareceres pertenecen a universos diferentes. La segunda opción es callarse.
“El problema es la familia, agrega otro charlatán. Se han perdido los valores en el hogar. La educación empieza en la casa. Pero la educación también está muy mal, argumenta alguien que seguramente se sintió más parte del problema que de la solución. Si, seguro. En la escuela no enseñan nada”.
La bola de nieve avanza y crece. Lenta, pero avanza. En general, y si todo sale bien, nadie osará dudar, en poco tiempo, de que el problema central a atacar es la educación. No es siquiera necesario que se presente como el principal de los problemas. Solo basta con construir el relato y regar esa planta, de forma que cuando el aparato esté armado, la necesidad sea tal que nadie se atreva a decir que no debería hacerse algo.
“El otro día escuché en el informativo que estamos muy mal con relación al resto de América. Muy pocos terminan educación media. Claro, es un desastre la educación, sobre todo en secundaria. Pero primaria también. Todo viene mal de abajo. Los gurises no saben escribir y los maestros no corrigen las faltas. Antes sí aprendíamos. Si, claro. Maestros eran los de antes”
La transformación educativa está en marcha, pero nadie pregunta de dónde viene. Ya a nadie parece importarle si fue una demanda de la gente, una necesidad, o una política neoliberal más de un gobierno que se dispuso a competir con el resto de los países en el mercado de la producción de mano de obra barata. La cuestión va de capital humano, pero el fondo no interesa.
“Suena en la radio: con la transformación educativa los estudiantes aprenden más. Suena también en la tele. Marionetas parlantes se prestan a dar sus testimonios. En ocasiones actores, en ocasiones docentes que parecen sentirse cómodos siendo meros aplicadores. Engranajes de un sistema en el que no tienen que pensar, porque otros son los que ya tienen todo pensado”.
La transformación educativa se convirtió en un objeto de venta que se propone progresivamente incrementar su valor de cambio, escondiendo en el mayor de los casos su valor de uso. El aparato propagandístico ha adquirido tal magnitud que ya no solamente se construye su necesidad en los medios, también se volantea. Cartelería a gran escala, trípticos regados por las escuelas, políticas de manipulación que vuelcan a la construcción del aparato estético lo que recortan en el gasto total en educación.
“Charlas huecas, decimos los docentes. Mucho curso de gestión. Sujetos devenidos en objetos. Maestros y profesores que toman notas sobre cómo hacer. Nadie toma nota de para qué hacerlo. No lo dicen. Y será censurado el que se atreva a preguntar. El curriculum oculto se hace visible. Denles un poquito, dicen los empresarios, que luego nosotros los formamos. De nuevo, tristeza por la tristeza. ¿Seremos finalmente maestros del coaching?”.
La fuerza que perdemos los docentes es, en el mayor de los casos, porque la entregamos. Resistir es agotador, pero no resistir es imperdonable. Moralmente inaceptable. Educar como producir es solamente eso, producción… sujetos que serán objetos de mercado. No mucho más. Panfletos baratos, huecos y berretas que atormentan, pero calan en lo profundo de las conciencias de aquellos que terminan comprando. Y no se trata de fundamentalismos anti-transformadores y sin discusión profunda. Se trata de rescatar de su lecho de muerte la discusión pedagógica, de salir de la somnolencia absoluta y enfrentarse al producto estético, sabiendo que no tenemos el poder sobre la totalidad del aparato de producción estética, de la máquina generadora de falsa conciencia…, y que esa es la primera de las batallas. Empezar por construir los docentes el relato, parecería ser una de las opciones.









































