
Octubre 2022
A lo largo de la historia y cualquiera sea o haya sido el contexto, las reformas en la educación formal siempre se prestan al debate y la crítica permanente. Debate que, al tratarse de cuestiones tan sensibles y directamente asociadas con la vida en sociedad, habilitan la multiplicidad de voces. Esas voces, las que en este caso trascienden los campos prácticos, no serían tan llamativas como suelen serlo si presentasen cierta uniformidad asociada con los pareceres o si, por el contrario, habilitaran la instalación de una suerte de pares antinómicos. Hablamos, en este último caso, de las opiniones del blanco o negro, como suele suceder en otras cuestiones de fuerte arraigo social.
Para el caso de la educación, si bien hay quienes se sitúan en los extremos, conviven una diversidad de miradas que atraviesan la presunta idea reformista -que no es eso, más que una idea- y que sobrevienen del mundo de la “opinología” popular dentro de la que parece cuajar cualquier cosa. La educación en nuestro país es como el fútbol, somos tres millones y medio de docentes.
El problema es que en este caso no se trata de Tabárez sí o Tabárez no. Se trata de definir con el consenso popular qué es lo que queremos para nuestros hijos. Para nuestros hijos y esencialmente para nuestra sociedad, para la totalidad de las prácticas con las que convivimos.
El segundo problema dentro del primero es que cuando se trata de querer y de “querer para”, si adherimos a una filosofía liberal, podríamos decir que cada cual quiere lo que entiende más conveniente en función de la naturaleza de su conciencia.
Pero por otra parte, para los que adherimos a las filosofías de la sospecha y especialmente a las teorías críticas, el querer es una representación de un mundo práctico que configura en el sujeto formas de ser y de hacer y que construye en ese sujeto estados de conciencia. Agregamos, además, que una de las mejores virtudes del capitalismo neoliberal es su capacidad para construir estados de falsa conciencia. En otras palabras, el querer está mediado por una exterioridad a la que debe su génesis y, hasta tanto el sujeto no sea parte de un proceso de desarrollo de sus estados de conciencia, no logrará comprender las relaciones de dependencia a las que esa conciencia está sometida.
No queremos lo que queremos, sino que queremos lo que el sistema productivo y el mercado quieren que queramos. Ese proceso de construcción y de desarrollo de los estados de conciencia que necesitamos y al que referimos no es más que la educación, una educación que deberá, en cualquier sentido, adherir a intereses emancipatorios, es decir promover el desarrollo de sujetos-agentes, capaces de transformar las injusticias del mundo práctico, sujetos capaces de comprender objetivamente el mundo para actuar sobre él.
Por estos tiempos y con el ataque neoliberal de la enseñanza por competencias, dentro del campo docente, la discusión parece sí polarizarse.
Están los dos grupos, los de sí a las competencias y los de no a las competencias. El problema no es la polarización antinómica en este caso sino la falta de profundidad en el debate sobre las formas. Esto no se trata, para los que intentamos resistir, de fundamentalismos anti competenciales. Se trata de construir un discurso duro y solvente que construya en el colectivo una perspectiva uniforme y que habilite el debate para la construcción colectiva.
Lo que decimos, es que en este caso no se trata solamente de decir no, apelando a cuestiones de formas y a lo que ciertos dispositivos de propaganda nos pueden decir. Se trata de comprender que detrás de las formas subyacen cuestiones asociados a sus fondos que serán las que deberán poblar el debate educativo.
Los modelos competenciales son el máximo exponente del fracaso educativo en el mundo y proponen, bajo la máxima del fin de la historia -la que postula la idea de que vivimos en el mejor de los mundos posibles-, entregar nuestros niños al mercado, dotándolos de herramientas para “pelear” con sus pares en el sentido más literal de la expresión, en las dinámicas laborales que el mismo sistema reproduce. Se trata de preparar niños para la supervivencia del más apto, niños pensados como unidad presuntamente autónoma. Niños competentes pero sin prejuicios de pisar cabezas.
La competencia siempre se asocia con un “saber hacer” en los términos más utilitaristas que se nos ocurran y se asocia también hoy, y como si fuera poco, con el concepto de “life long learning”. Este último término no solamente habla de aprender durante toda la vida sino de aprender para desaprender. Porque parece ser que, con las nuevas tecnologías, el saber está al alcance de todos. Este es el postulado más ridículo quizás que se propone para sostener el modelo. Desarrollar una crítica sobre esto sería tan obvio como redundante.
Los modelos educativos y su crítica demandan ante todo un debate político pedagógico que deberá, en cualquier caso, poner el foco en nuestra sociedad, en clave proyectiva. Pensemos ante todo para qué sociedad estamos educando y, si ese es el punto de partida, caerá sólo el discurso voluntarista-competencial que promueve “entrenar” la resiliencia -el sobrevivir al modelo que te golpea- y condena a nuestros niños al sometimiento inevitable de los antojos del modelo.
Agreguemos finalmente, que cualquier cosa que se llame reforma, en términos de modelo productivo, no es más que eso que su nombre dice, un cambio en las formas que mantiene inalterable el modelo productivo y que, además, lejos está de cuestionarlo.
En nuestro país, la reforma educativa viene acompañada de cursos de formación para directores e inspectores. Todo parece coherente, salvo que esos cursos no son más que tiempos muertos de monólogos huecos en que ciertos iluminados plantean a un público al que se le ha cerrado la boca, máximas de eficacia y eficiencia en la gestión de las instituciones.
Como si esto fuese poco, esas instancias de (de)formación docente se transmiten por un canal de YouTube con un chat en el que simbólicamente puede escribir aquel que quiera hacerlo, pero que solamente será leído en tanto aliente la charla, palmeando la espalda del disertante. Esos monólogos comenzaron en vivo, de forma sincrónica, pero acabamos visualizando la reproducción asincrónica de muñecos parlantes, una suerte de “stand up” con la moderación de ciertos colegas que pusieron sus caras para cargar con la mochila de la desazón y el descontento de un público que, de manos atadas, escuchaba sin dar crédito.
De más estaría agregar que de esos monólogos huecos jamás se escuchó una problematización o crítica que aportase al debate de lo educativo. Simplemente porque a ninguno de los disertantes se les cayó un solo concepto en todo el recorrido del curso. Nada, cero ideas.
Paradójicamente si me preguntasen, como solemos hacer los docentes con nuestros estudiantes al terminar una clase, qué aprendieron, podría decir muchas cosas.
Aprendí que para ellos -aclaro, son ellos y no nosotros- la educación es una gran empresa que podrá, eventualmente, aportar a la productividad del país, en la medida en que los sujetos que produzca sean funcionales al modelo. Una suerte de práctica poiética, repetitiva y no pensada, que produce y reproduce, ante todo, desigualdad. Sólo se trata de aplicar recetas.
Aprendí que debo desconfiar de una formación sin contenidos, que se sostiene a partir de modelos repetitivos y vacíos, de gestión, que cuidan a los sujetos cual capitales. Una suerte de representación mimética de las teorías del capital humano.
Aprendí que debo desconfiar si nos ponen e imponen un formador del país sudamericano que representa la máxima expresión de la grieta entre ricos y pobres, un formador que les habla a sus oyentes como fieles y que parece tener la misión mesiánica de guiar el rebaño.
Aprendí que, como decían Luque y Carrera (2017), nos quieren más y más tontos. Simplemente porque parece que el pobre que piensa no aporta al incremento del PBI. Aprendí entonces que quieren una educación para pobres y que no les importa derrochar el gasto público en esta fantochada demagógica, en lugar de cuidar, como dicen hacerlo, la inversión del dinero de todos.
Aprendí que no hay peor forma de hacer las cosas que empoderar -antes llamábamos dar manija- a los directores e inspectores, pasándoles la pelota y haciéndoles creen que la reforma es cosa de ellos, cuando sólo se trata de copiar y pegar.
Yo, por suerte, me bajé de este mamarracho. Siempre convencido de que más vale, siempre, morir de pie, que vivir arrodillado. No me extrañaría que, en unos meses, estemos todos los directores e inspectores haciendo cursos de coaching.






























