
Hoy llega a los cines uruguayos Amarga Navidad, la película número 24 de Pedro Almodóvar. Y probablemente también una de las más personales y autorreferenciales de toda su filmografía.
Algo similar había explorado en Dolor y gloria, donde también aparecían la enfermedad, los recuerdos y la figura del director atravesada por la autobiografía. Pero esta vez Almodóvar parece ir todavía más lejos: ya no solo habla de sí mismo, sino del propio acto de crear. Del caos, la culpa y la vampirización emocional que muchas veces implica escribir.
Creo que con Almodóvar pasa algo muy particular: es un director que genera amores profundos o rechazo absoluto. Desde el público no suelen haber demasiados grises. Personalmente hay varias de sus películas que considero realmente extraordinarias, especialmente Volver y Hable con ella. Amarga Navidad no entraría entre mis favoritas, pero sí es una película cuya propuesta logré entender y apreciar.
Probablemente mucha gente la encuentre lenta, densa o incluso entreverada. Y honestamente entiendo por qué, pero también creo que es una película a la que hay que seguirle el hilo más desde las emociones y las ideas que desde una estructura narrativa tradicional.
La historia sigue a un director (Raúl) interpretado por Leonardo Sbaraglia, una figura que funciona claramente como alter ego de Almodóvar. El personaje comienza a escribir un nuevo guión inspirado en un episodio muy íntimo de su propia vida: el inicio de sus ataques de pánico, sus dolores físicos y especialmente sus fuertes migrañas.

Hay algo interesante en cómo la película plantea ese punto. El personaje siente que recién ahora puede contar esta historia porque actualmente existe una mayor comprensión social sobre la ansiedad, los ataques de pánico y ciertos padecimientos físicos asociados al estrés. Algo que quizás décadas atrás habría sido leído simplemente como “nervios” o exageración.
Mientras escribe, aparece Elsa, el personaje interpretado por Bárbara Lennie, que representa la ficción naciendo dentro de la propia película, (todo lo que le sucede a Elsa es lo que Raúl está escribiendo). En este punto Amarga Navidad empieza constantemente a moverse entre realidad, recuerdo, imaginación y escritura.

Ese juego puede resultar confuso por momentos, pero creo que justamente ahí está una de las ideas más honestas de la película: el proceso creativo rara vez es ordenado. Una idea lleva a otra, una escena deriva en un recuerdo, después aparece una historia ajena y de repente todo termina mezclándose.
Y eso es exactamente lo que le sucede al protagonista cuando decide incorporar al guión partes de la vida de su amiga, representante y primera lectora, Mónica, interpretada por Aitana Sánchez-Gijón. A partir de ese momento, la película empieza a reflexionar sobre algo muy incómodo pero profundamente real: la forma en que muchos artistas utilizan la vida de las personas cercanas como material creativo.
Acá aparece uno de los temas más fuertes de Amarga Navidad: la vampirización emocional.
¿Hasta dónde un escritor o un director tiene derecho a apropiarse de historias ajenas? ¿Qué sucede cuando una experiencia dolorosa se transforma en arte y quienes la vivieron se reconocen en pantalla? ¿Dónde termina la inspiración y dónde empieza la traición?
La película no responde necesariamente estas preguntas, pero sí las pone constantemente sobre la mesa.
Tal vez haya escenas demasiado largas o diálogos que se extienden más de lo necesario, pero creo que la discusión entre el personaje de Raúl y Mónica es el verdadero corazón de la película. Ahí Almodóvar parece hacer algo fascinante: convertir las posibles críticas hacia Amarga Navidad en parte de la propia obra.

En este diálogo aparecen el ego, la culpa, la manipulación emocional, las contradicciones del artista y también una especie de autoconciencia brutal sobre las falencias de la película. Es Almodóvar justificando, cuestionando y defendiendo su propio cine al mismo tiempo.
Amarga Navidad no es una película sencilla ni complaciente. Tampoco creo que busque serlo. Pero incluso en sus excesos, en sus desvíos y en sus momentos más caóticos, hay algo profundamente honesto en la manera en que Almodóvar expone sus miedos, su ego y su necesidad de transformar la vida en ficción.
















































