Antes de decir absolutamente nada de la película necesito advertirles que tengo una debilidad bastante grande por las películas de supervivencia. Probablemente porque soy plenamente consciente de que yo no sobreviviría ni diez minutos en una trama similar.
Mi experiencia más extrema con la naturaleza fue subir el Cerro Pan de Azúcar, resbalarme y volver con una cicatriz en el brazo, así que cuando veo personajes enfrentándose al frío, al hambre, a accidentes, a animales salvajes y territorios donde no hay un kiosco en veinte kilómetros, los miro con una mezcla de fascinación y absoluta certeza de que sería la primera en morir.
Con ese antecedente llegué a El corazón de la bestia, de David Ayer, que además decidió ponerme las cosas todavía más difíciles porque comparten pantalla Brad Pitt y un perrito llamado Odín (también en la vida real). Por lo que puedo confesar que hasta acá llegó mi objetividad crítica.
James Belmont es un exmilitar que, después de un accidente aéreo, queda varado en plena naturaleza junto a Odin, un perro que también fue entrenado para el combate. La película no pierde demasiado tiempo explicando quiénes eran antes ni construyendo una enorme historia alrededor de ellos. Sabemos lo necesario y rápidamente quedamos atrapados en lo importante: intentar salir vivos de ahí.
A James le pasa de todo, se golpea, se cae, se lastima, vuelve a levantarse y cuando parece que ya sufrió suficiente algo nuevo aparece. Por momentos da la sensación de que Alaska tiene un problema personal con él. Esta acumulación de obstáculos es lo que consigue mantener la tensión porque si hay alguna regla básica en el cine de supervivencia es que la naturaleza no necesita ser malvada, simplemente está ahí y es impredecible.
Visualmente este escenario natural es uno de los grandes personajes de la película. Alaska aparece como un territorio bellísimo y al mismo tiempo completamente inhóspito. Hay imágenes espectaculares, grandes espacios abiertos, nieve, montañas y una sensación constante de pequeñez frente al paisaje.

Pero el verdadero protagonista es Odin, la película aprovecha el vínculo entre un hombre y su perro para manipularnos sentimentalmente y una sabe perfectamente cuándo están apretando el botón emocional. A pesar de esto, todo funciona.
Además, detrás de la ficción hay una realidad que la película también intenta poner sobre la mesa: existen perros entrenados para acompañar a seres humanos en conflictos, operaciones militares y situaciones extremas. Animales a los que llevamos a escenarios creados por nosotros, generalmente terribles, y que a pesar de esto, demuestran una lealtad difícil de explicar desde parámetros humanos. Acá la película encuentra algo bastante más interesante que la simple historia de “hombre perdido con perro”. Odin no funciona solamente como acompañante ni como recurso adorable destinado a que suframos. Es un compañero de supervivencia. Muchas veces entiende el peligro antes que James, otras lo protege y otras sencillamente permanece ahí.
¿Es sentimental? Sí.
¿Sé perfectamente que me están manipulando? También.
¿Funcionó conmigo? Absoluta