
Uno de los grandes desafíos de la música nacional siempre ha sido el público: somos pocos, exigentes y difíciles de complacer. Ese escurridizo “mercado” al que todos invocan y pocos comprenden nos encasilla, nos pone límites invisibles.
Tal vez por eso nuestros músicos han aprendido a ser versátiles, casi acróbatas del oficio: afinados, atentos, curtidos en la batalla cara a cara. Como si salieran de un fogón playero directo al escenario de un festival. Acostumbrados a tocarle el alma a diez personas en un bar y, al día siguiente, hacer vibrar a miles en un estadio.
Quizás por eso también hoy se vive un momento brillante. No es hype, no es espuma: es un auge real de bandas uruguayas que han logrado algo más que popularidad. Han escrito himnos. Canciones que ya no nos pertenecen solo a nosotros.
Cuatro Pesos de Propina cumple 25 años, y lo celebran como se debe: tocando.
Porque supieron construir ese puñado de estrofas que sacuden el esternón, que devuelven humanidad. Canciones que nos golpean el pecho y, durante un track, nos hacen sentir mejores personas. Algunos se celebran con homenajes; ellos lo hacen con música.
Como todo cumpleaños en pleno invierno, la noche del festejo es también una prueba de fuego. Ahí se mide el cariño real: el que camina entre charcos, se abriga en capas, desafía el frío solo para compartir un momento.
Y hace frío en Montevideo. El Velódromo se va llenando de bruma mientras cae la noche. El escenario ya está encendido, pero el calor no viene de las luces: viene de los cuerpos que llegan, del ritual compartido. Porque en este rincón del sur, cuando una banda nos habla al pecho, no hay viento que nos enfríe.
Veinticinco años no son solo un número. En el caso de Cuatro Pesos, son el reflejo de una resistencia sonora que supo atravesar cambios de época, formatos y escenarios sin perder la esencia. Desde aquellos primeros toques callejeros hasta convertirse en referente de la música popular uruguaya, la banda llega a este aniversario con nuevos bríos y una formación que destila potencia en vivo.
Al frente, Agustina García y Gastón Puentes imprimen fuerza y calidez en las voces. Los acompañan Sebastián Delgado en guitarra, Rodrigo Calzada en bajo y Diego Casas en batería, sosteniendo la base como una locomotora. La sección de vientos —Rodrigo Baleato en saxos y Miguel Leal en trompeta— expande el groove, mientras la percusión de Gastón “Pepe” le pone cuerpo y calle al latido colectivo.
El festejo no es solo por lo que fueron, sino por lo que siguen siendo: una banda en movimiento, en carne viva. Una banda que no se repite, que no vive de la nostalgia, sino que sigue componiendo, ensayando, soñando con nuevas canciones. Ya se anticipa la grabación de un próximo álbum en estudio —previsto para principios de 2026— y una gira por Argentina, Brasil y México que comenzará en octubre.
Como toda celebración, siempre están los que rompen el hielo. El Sapo y el Shavless —dos MCs de lujo— nos llevan directo a su paraíso, uno al que nos dejan con ganas de volver. Pero es una noche especial, y las cosas pasan rápido. Una cuerda de tambores irrumpe con el corazón en la mano y, de pronto, ya no hay frío. Solo ganas de celebrar.
Y nosotros, los invitados, somos convidados a un banquete sin mezquindades. Se apagan las luces, la carpa se tiñe de trueno y fuego, y suena Esa mezcla de placer y dolor, con la adrenalina extra que traen los grandes momentos. Luego, como quien abre una caja de emociones, llega La chispita.
Y claro, fueron cayendo más amigos. Muchos. Desde La Catalina, el Chóle, Luana, Fede Morosini, Rodra, Martín Morón y algún que otro compañero más que vino a sumar calor. Todos reunidos, fundidos en el abrazo colectivo que tomó forma en Mi revolución y Glu Glu.
La familia no falló. Voló el tiempo.
Una abuela bailaba radiante con su nieta mientras los padres de la pequeña aprovechaban el instante para dedicarse un beso. Había tarareos espontáneos, abrazos con cerveza en mano, bailarines solitarios y grupos efervescentes. Caras felices por todas partes.
Y llegó el cierre. El ágape culminó con Sacámela, con esa sensación única de “nos vemos pronto”.
Es una linda sensación irse de la casa de alguien querido y, luego de haber festejado no solo su existencia, sino también su evolución, verlo crecer bien es una experiencia esperanzadora. Como si, en medio de tanto, algo realmente estuviera floreciendo.
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