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Nuestro pasado, un tesoro en eterna disputa
Los charrúas en la literatura uruguaya, de Iani Haniotis Curbelo
Detrás de nosotros no hay nada.
Un gaucho, dos gauchos, treinta y tres gauchos.
Onetti
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.
León Felipe
¿Qué hace que una tesis de doctorado se transforme en un libro editable en un país de mercado ínfimo? A modo de respuesta rápida, dejaré dos hipótesis. Primero, su temática, siempre controversial, siempre motivo de discusiones acaloradas. Segundo, una prosa atrapante, que lleva al lector por las comarcas usualmente inhóspitas de la academia, y lo mantiene gustosa e imprevisiblemente atrapado.
Los charrúas en la literatura uruguaya es, porque la forma siempre dice del contenido, un texto que atravesó tres momentos: primero fue tesis de maestría, luego ensayo ganador del Premio Nacional de Literatura -en 2023- y ahora libro que se presenta a sí mismo como obra de divulgación.
La tesis central sostiene que los charrúas, tal y como creemos conocerlos, son producto de una larga e inacabada construcción de tres momentos. Un inicio que fusionó historicismo e idealización, un largo, civilizado y uruguayísimo silencio, y un trabajo de crítica que distingue o deslegitima una historia oficial, que como todas, es siempre escrita por lo que los vencedores eligen olvidar.
Para el primer momento, que va desde los tiempos de la independencia hasta 1904, Haniotis Curbelo se apoya en la lírica de quien fuera alguna vez el poeta de la patria, Juan Zorrilla de San Martín y su Tabaré (1888) así como también en Eduardo Acevedo Díaz, forjador de la novela histórica de quien toma en particular el cuento La cueva del tigre (1890). Guerras civiles, malones, lanzas y sables, revueltas permanentes, caudillos y doctores, se suceden hasta el asentamiento -iniciado por Latorre y la ARU, finalizado por Batlle y Ordóñez- de nuestra versión criolla de un estado de bienestar.
Este primer momento es el que produce una imagen de los charrúas como raza bravía, y aún así exterminada cruelmente. La versión de esta verdad histórica producida por Acevedo Díaz, mantiene un trabajo de idealización hecho sobre los charrúas. Así, Cuaró (Nativa, de Acevedo Díaz), Yamandú o Tabaré (Tabaré, de Zorrilla de San Martín) no dejan de ser versiones construidas por voces blancas, ciudadanas e ilustradas. No hay versión charrúa de estos indígenas de papel y tinta.
Los charrúas son así la tribu, grupo o etnia elegido como símbolo de un pasado salvaje al que el trabajo civilizatorio no pudo alcanzar, y por tanto se habría vuelto forzado a recurrir al siempre latente plan B: el exterminio puro y duro. Esa idealización forjada al rescoldo del romanticismo nos presenta indígenas mestizos, tuberculosos, sufrientes y heroicos que deben vivir en lucha permanente por no pertenecer ni a la raza oscura y hosca de Yamandú, ni a la europea que ante la duda prefiere disparar primero y preguntar después. Tal es el caso de Tabaré. Los charrúas de Acevedo Díaz parecen ser más humanos, conocen de la guerra y la traición, no dejan de reclamar, ¡Mirá Frutos, matando amigos! El grito, denuncia del horror del emboscado cuando tarde comprende que la fiesta es una trampa de la que no saldrá vivo. Es el grito que perdura sin poder ser silenciado y será retomado en la novela de Tomás de Mattos cien años después.
El segundo momento, inicia con la muerte de Aparicio Saravia, y llega hasta el retorno de la democracia, en su versión tutelada de 1985. El momento del silenciamiento. Uruguay es un país de blancos, europeos, civilizados y laboriosos descendientes de los barcos. La versión del Uruguay y los uruguayos bajo cuya sombra crecimos los nacidos en la segunda mitad del siglo XX. Apenas se rescata de esa época un poema de Fernán Silva Valdés que recitaron generaciones de escolares: El indio. Paradojalmente, en este período el fútbol producirá el mito de la garra charrúa.
La crítica, como siempre, llega luego de una crisis tan brutal como asesina. Es recién después del fin de la dictadura cívico militar -aunque el autor insista en calificarla sólo como militar- que surgen tanto Salsipuedes, obra teatral de Alberto Restuccia como la novela de Tomás de Mattos ¡Bernabé, Bernabé!.
No es un detalle menor que no se haya podido acceder al libreto de Salsipuedes, ni que el texto de Haniotis no presente la fecha de estreno de la obra; sino apenas apuntes de estudios y repercusiones de la misma (Abbondanza, Reherman). Tampoco es menor que ¡Bernabé, Bernabé! haya tenido dos versiones, una inicial en 1988, y una definitiva en el 2000. La crítica, como la memoria, es un trabajo de retazos, muchas veces perdidos, de versiones y reversiones.
Quiero detenerme un momento en el aparato lector que monta Haniotis, con el cual ubica una discusión que hace de este libro una obra a tener a mano y a la cual volver. La memoria es un caldero hirviente del cual cada época y cada grupo de interés intenta pescar aquel ingrediente que saborice mejor el relato en el cual reconocerse. Los sentidos no se buscan, se construyen, se batallan letra a letra, y como el Príncipe de Maquiavelo, viven bajo la permanente amenaza de aquellos sentidos a los que eligió relegar a la oscuridad.
El primer capítulo Nación charrúa: destrucción y reconstrucción recurre a la antropología -Daniel Vidart, Renzo Pi Ugarte, Mónica Sans entre otros-, a la historia -Caetano, Teresa Porzecanski, Alejandro Paternain- y otras disciplinas humanas para situar dos afirmaciones. Los charrúas no fueron la única etnia, ni siquiera la dominante en la Banda Oriental y, en segundo lugar, el exterminio fue un proceso más largo que el episodio de Salsipuedes, lo que lo asemeja a exterminios similares al de aquellos grupos americanos que se negaron a ser evangelizados, colonizados, y civilizados. El lector podrá elegir el verbo que más le sirva según el caso.
También realiza un interesante recorrido por filósofos contemporáneos. De Bhabha tomará la noción de nación y narración. Toda nación es imaginaria, es un relato de entre muchos posibles, que por razones históricas y sociales resulta ser el elegido y el que prende en un imaginario en disputa. La idea de que los uruguayos somos una excepción en América Latina y que no tenemos indígenas, es el relato que prendió en nuestra idea de nación.
De Aleida y Jan Assman toma y trabaja la memoria. En ambos autores, la memoria es presentada como un depósito inabarcable del cual ciertas versiones y relatos son tomados como memoria funcional, mantenida en el tiempo y siempre ligada a una versión de los hechos. De esa forma, una se vuelve una memoria habitada que tiende siempre puentes entre pasado presente y futuro, que lee desde el presente, e ilumina ese presente desde una lectura del pasado, situando además un futuro deseable. La memoria depósito es una memoria no habitada, interesada por todo y que por tanto no busca transmitir valores o normas. Una sería memoria, la otra, historia.
La literatura, en tanto ficción, relato, es parte central de la construcción de la memoria funcional: propone versiones nuevas, plantea líneas inéditas de pensamiento, permite relecturas, activa una crítica de legitimación o deslegitimación de la historia oficial que opera siempre buscando imponerse como la memoria colectiva.
Esta discusión, por sí sola es razón más que suficiente para recorrer estas páginas más de una vez. La revisita a los aportes y lecturas hechas por la crítica literaria del siglo pasado, desde Zum Felde y Rodríguez Monegal a Washington Benavídez o Mario Benedetti, son un plus que opera como un dispositivo de comprensión de la construcción de una memoria que atañe a la sociedad que somos.
Una última observación o quizá una simple cuestión de gustos o limitaciones. El aparato crítico montado en las notas a pie de página, cuando es leído en su totalidad puede volverse un tanto agobiante, pero siempre está la opción de leer el cuerpo principal del texto, y emprender un viaje literario que abarca más de un siglo, y que como toda buena literatura nos enfrenta a nuestros temas cotidianos, aunque parezca que se está hablando de otra cosa.