
En algún punto, hacer música instrumental es aceptar que una parte de la historia queda deliberadamente sin palabras. No porque no exista algo que decir, sino porque se decide decirlo de otra manera. Un riff puede ser una frase. Un silencio puede funcionar como una pregunta. Una distorsión puede contener una época entera. Y una improvisación puede ser, quizás, una de las formas más honestas de aceptar que el futuro todavía no está escrito.
Hato Mö nació en Ciudad Vieja en 2022 y desde entonces viene construyendo una propuesta que se mueve entre el rock psicodélico, el stoner, el hard blues y una pulsión experimental que encuentra en la improvisación uno de sus principales motores. Su debut discográfico, Volumen I, llegó en 2026 después de un proceso mucho más largo que el que podría sugerir la juventud de la banda.
Cinco composiciones instrumentales, grabadas en distintas tandas entre 2023 y 2024, terminaron convirtiéndose en una suerte de fotografía de una banda que, mientras esperaba poder editar su material, ya había cambiado. La propia banda lo explica de esa manera: el disco es una foto de un momento. Hoy ellos mismos improvisan diferente. Mañana serán otros. Y esa imposibilidad de repetir exactamente lo ocurrido es, justamente, parte de su búsqueda.
Hato Mö está integrado por Martín Lagarreta en guitarra, Emilio Tozdjian en bajo y Guillermo Miniño en batería. Pero la fotografía de Volumen I ya empieza a quedar atrás. En el presente, la incorporación de Ignacio Alvite en saxo y flauta abrió otra dimensión sonora y también dio lugar a un segundo proyecto, Hato Mö Café, concebido inicialmente como una herramienta de trabajo para conseguir algo bastante concreto: que Hato Mö pudiera financiarse a sí misma.
La demora entre la creación de los temas y la publicación de Volumen I no respondió tanto a un perfeccionismo obsesivo como a una realidad mucho más concreta: grabar puede ser posible, pero terminar un disco cuesta dinero.
Como ellos mismos comunicaron en su perfil de Instagram: “Es un disco visceral, crudo, y sincero, grabado casi 100% en vivo y con algunos temas grabados enteros de primera toma y sin metrónomo. Representa con total fidelidad el sonido y la visión estética de la banda en estos años, en que recorrimos con entusiasmo los sotanos de la ciudad, conociendo a tanta gente y compartiendo noches inolvidables“.

La banda grabó los primeros dos temas en 2023 y los otros tres en 2024. El material estaba allí, tocado, probado y trabajado en vivo. Lo que faltaba era mezcla, masterización y, sobre todo, conseguir los recursos para pagarlas.
En el camino aparecieron los apoyos de colegas y espacios que hicieron posible que la banda pudiera existir. Utopía Sala Estudio, Elio Carballo, Rodrigo Álvez, Jonathan Musseti, Agustín Rezk Larrosa y Mateo Flores aparecen en el relato de la banda como parte de una red material y afectiva sin la cual el proyecto hubiera sido mucho más difícil de sostener.
Pero el problema estructural permanecía.
Hato Mö estaba trabajando dentro de un nicho que ellos mismos describen como “un submundo dentro del circuito under”: stoner, rock pesado, música instrumental y una propuesta que, además, exige al público una escucha diferente.
La primera etapa funcionó. El efecto novedad llevó gente a los shows, el boca a boca hizo su trabajo y la banda logró generar cierto capital. Después la novedad pasó. Tocaban más, pero recaudaban menos.
La solución no fue abandonar la música que querían hacer. Fue encontrar otra forma de sostenerla.
Una música sin letras que igual quiere decir
La ausencia de voz humana no implica ausencia de discurso.
En Hato Mö aparece una concepción de la música instrumental como lenguaje abstracto. No hay una letra que determine qué debería sentir quien escucha. La emoción se propone, pero la interpretación queda abierta.
“Comunicamos emocionalmente algo y después depende del oyente”, explican.
La música instrumental los obliga a buscar otras vías de comunicación. El timbre, la textura, la dinámica, la armonía, el silencio, el volumen, la distorsión. Todo puede convertirse en palabra.
Y allí aparece una de las ideas centrales de la banda: hacer música como una forma de expresión artística, no como una demostración de virtuosismo.
La técnica importa, pero como herramienta. Como el óleo para quien pinta o el yeso para quien esculpe.
Primero está aquello que se quiere expresar. Después aparecen las herramientas capaces de hacerlo posible.
Volumen I está construido desde una decisión estética muy concreta: capturar el sonido de la banda de la manera más cercana posible a lo que ocurría en vivo.
No agregaron una guitarra después porque “podían”. No intentaron reconstruir el sonido desde una perfección artificial. Grabaron lo que tocaban.
La postproducción existe, pero al servicio de una idea: capturar mejor lo que ya estaba allí.
Para explicarlo recurren a una imagen hermosa. Llegar a un paisaje extraordinario, sacar una fotografía con el celular y descubrir después que la imagen no alcanza a transmitir la magnitud de lo que se vio.
Con la música ocurre algo parecido.
La experiencia de estar frente a una banda tocando en vivo tiene una potencia que una grabación difícilmente puede reproducir. Entonces el objetivo de Volumen I fue intentar que esa fotografía conservara algo de aquella potencia.
No una representación perfecta. Una huella.
En esa decisión también existe una dimensión política. La banda habla de una reacción frente a la música artificial, de laboratorio, ultra procesada. Frente a una época donde todo puede ser corregido, editado, afinado y reconstruido, Hato Mö reivindica la posibilidad de dejar una pifia, un accidente, una aspereza.
Lo imperfecto como evidencia de que alguien estuvo allí. El sonido crudo como una forma de decir: esto ocurrió.
El gusto de improvisar
Quizás una de las cosas más atractivas de Hato Mö esté justamente allí: en saber que algo puede salir mal.
La improvisación contiene un pequeño abismo.
La banda puede entrar junta en una idea y construirla. Puede encontrarse en un lugar inesperado y salir hacia otro. O puede quedarse dando vueltas durante minutos sin encontrar una salida.
Ese riesgo no es un defecto del sistema. Es el sistema.
Durante sus presentaciones incluso incorporan improvisaciones nuevas, muchas veces desde la propia prueba de sonido. De ese modo, cada concierto contiene algo que no estaba escrito antes.
Y eso genera una relación particular con el público.
Quien escucha sabe, aunque sea intuitivamente, que aquello puede ocurrir una sola vez.
Es el factor peligro.
Como un trapecista que conoce la técnica pero igualmente tiene que saltar.
Una escena de pequeñas escenas
Hablar del under montevideano como si fuera una escena única parece insuficiente.
La conversación con Hato Mö permite observar una cartografía mucho más compleja: circuitos geográficos, afinidades musicales, vínculos personales, generaciones y micro escenas que se cruzan, se separan y vuelven a encontrarse.
Los integrantes hablan de una escena que puede reunir entre 300 y 500 personas en determinados festivales, pero que esas mismas personas se reparten durante una noche entre múltiples fechas. Hay públicos que circulan, músicos que participan de varias bandas, grupos de afinidad y espacios que funcionan como pequeñas comunidades.
En ese universo, el boca a boca conserva una fuerza extraordinaria.
También existe un recambio generacional constante. Personas que llegan, otras que se alejan, músicos que siguen y jóvenes que aparecen con nuevas referencias, nuevas estéticas y nuevas formas de entender qué significa tocar en una banda.
Para Hato Mö, ese diálogo entre generaciones es fundamental porque nadie crea desde el vacío.
Una foto que ya empezó a moverse
Volumen I llegó tarde respecto de su propio nacimiento.
Pero quizá esa demora terminó dándole una cualidad inesperada: el disco registra un momento que ya no existe exactamente.
La banda de 2023 no es la de 2026.
Los músicos tampoco son los mismos.
La forma de improvisar cambió. La experiencia cambió. El lenguaje cambió. Apareció otro integrante. Apareció el jazz. Aparecieron nuevas preguntas.
Y ya existen dos sets nuevos de música que podrían alimentar futuros discos.
Entonces Volumen I no funciona como una declaración definitiva.
Funciona como una fotografía. Una fotografía tomada mientras todo seguía moviéndose.
Quizás por eso el disco tenga algo particularmente vivo. Porque no intenta demostrar quién es Hato Mö para siempre. Apenas muestra quiénes eran cuando decidieron detener durante un instante el movimiento y apretar el botón de grabar. Lo demás sigue ocurriendo en vivo. En una sala. En un bar. En una prueba de sonido.
En una improvisación que puede salir extraordinariamente bien o puede desviarse durante tres minutos hacia ninguna parte y ahí, justamente ahí, está la música.
¿Por qué llevó tanto tiempo llegar a Volumen I?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “Por meticulosos puede ser un poco, pero no mucho. Sobre todo ese disco es más improvisativo. Empezamos a tocar juntos y aparecía una idea, cerrábamos un poquito esa idea, redondeábamos y ahí teníamos un tema.
Lo que llevó tiempo fue tener todo preparado para grabar y después conseguir el dinero para mezclar y masterizar. Grabamos los primeros dos temas en 2023 y los otros en 2024. El trabajo técnico se hizo impecablemente, pero lo que demoró fue conseguir los recursos para terminarlo”.
¿Qué significa hacer música de nicho en Uruguay?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “Es un submundo dentro del circuito under. Hacemos stoner, rock pesado y además música instrumental. Es un nicho dentro de un nicho.
En el mundo existe una escena con la que nosotros estamos en diálogo y sentimos que lo que hacemos está al nivel de bandas de otros lugares. Pero acá en Uruguay ese público es muy pequeño”.
¿Y cómo se sostiene económicamente un proyecto así?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “En un momento nos dimos cuenta de que estábamos perdiendo plata en medio de ganar. Tocábamos más, pero cada vez nos rendía menos.
Y pagar la banda de nuestro bolsillo era muy difícil. Nosotros tenemos que trabajar para comer, pagar las cosas y vivir. Hacer música es hermoso, pero sostener una banda de esa manera se vuelve complicado.
Entonces tuvimos que rediseñar la estrategia comercial para que el proyecto fuera autosustentable”.
¿Ahí aparece Hato Mö Café?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “Sí. Una de las cosas que hicimos fue empezar a vender remeras, con una identidad visual que nos ayudó mucho a construir Ezequiel Rodríguez.
Y después apareció la idea de tocar jazz en lugares gastronómicos. Estábamos improvisando un tema nuestro, tocándolo swingueado, y dijimos: esto puede funcionar.
Pero no queríamos hacer cualquier cosa y decir que tocábamos jazz. Entonces tuvimos que estudiar, escuchar mucha música y crecer musicalmente.
Terminamos componiendo material nuevo y agregando estándares clásicos”.
¿La estrategia económica terminó influyendo en la música?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “Sí, pero de una manera que nos enriqueció.
El jazz ya era algo que nos gustaba a los tres. Aunque no lo tocáramos, lo escuchábamos y lo investigábamos. Incluso en Volumen I ya había una intención de respetar la improvisación, dejar espacios para los solos y permitir que los instrumentos fueran expresivos.
Entonces simplemente dimos un paso más hacia algo que ya nos interpelaba”.
¿Qué cambió con la llegada de Ignacio Alvite?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “Nosotros éramos guitarra, bajo y batería, que es la formación que aparece en el disco. Después sumamos a Ignacio, que toca flauta y saxo.
Se dio de manera muy natural. Ya había tocado con nosotros alguna vez en una dinámica de improvisación y funcionó bárbaro.
Ahora los vientos tienen un protagonismo importante y eso cambia la paleta sonora”.
¿Eso significa que Hato Mö ya no suena como en Volumen I?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “Exactamente. Y está buenísimo.
El disco es una foto de un momento. Cuando lo presentemos, van a estar esas composiciones, pero adaptadas al Hato Mö actual.
Nosotros ya no improvisamos como improvisábamos hace dos años. Ignacio tampoco improvisa hoy como va a improvisar dentro de dos años.
Si mañana grabamos otra cosa, va a ser distinto.
Somos los mismos, pero es irrepetible”.
El disco tiene una búsqueda muy cruda. ¿Fue deliberada?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “Sí. Queríamos una música cruda, viva, natural. Incluso con pifias.
Hay un contradiscurso hacia la música artificial, creada en laboratorio, ultra procesada. Queríamos recuperar algo de esa crudeza y también retomar un lenguaje sonoro de los 60 y 70, donde había una reflexión profunda y política en el arte”.
¿Por eso decidieron grabarlo prácticamente como lo tocaban en vivo?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “Sí. Queríamos ser honestos con nosotros mismos.
Lo grabamos tocando como tocábamos. Hay muy poca postproducción. Las herramientas que se usan están para captar mejor lo que realmente transmite la música.
La experiencia de escuchar una banda en vivo es muy difícil de reproducir.
Es como llegar a un paisaje impresionante, sacar una foto con el celular y después mirar la foto y pensar: esto no transmite nada de lo que yo estaba viendo.
Con la música pasa lo mismo”.
¿Qué buscan entonces en una grabación?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “Capturar esa fotografía en vivo.
Queremos que alguien escuche el disco y pueda decir: “Esto es Hato Mö cuando yo los vi”.
Esa patada en la cara, esa crudeza, esos tres tipos conectados, esa conjunción de fuerza.
Queríamos que eso estuviera ahí”.
¿Qué papel cumple la improvisación?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “Es nuestro sistema de trabajo.
Llegamos a la sala, nos enchufamos, alguien empieza a tocar cualquier cosa y a partir de ahí trabajamos. Grabamos sistemáticamente las ideas en el teléfono.
Tenemos alrededor de 150 ideas grabadas.
Algunas duran quince minutos. De ahí sacamos material”.
¿Y qué pasa cuando esa improvisación ocurre frente al público?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “Ahí aparece el factor peligro.
Vos sabés que lo que está pasando puede salir bien o puede salir mal.
A veces nos entendemos, agarramos todos para el mismo lado y la emoción crece. Otras veces uno toma una idea y otro toma otra y podemos quedar tres minutos dando vueltas en algo que no funciona.
Ese riesgo está sostenido en el aire.
Y creo que eso es parte de lo que le gusta a la gente de la improvisación”.
¿Cómo fue descubrir que el público respondía a una propuesta instrumental?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “Fue inesperado.
Nuestro primer show público fue en la casa de Musetti. Había un montón de gente de la escena y nosotros estábamos tan impresionados que en un momento dijimos: no tocamos.
Después nos dimos manija, tocamos los dos temas que teníamos y la respuesta nos dejó completamente fuera de contexto.
Les encantó. No nos imaginábamos que podía pasar eso”.
¿Qué lugar tuvieron los colegas en el crecimiento de la banda?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “Fueron nuestro público principal.
Nuestros colegas fueron quienes más nos dieron para adelante. Nos decían: qué buena está la banda, queremos tocar con ustedes, vengan a tocar.
Eso hizo que la banda se moviera muchísimo.
La propuesta interesaba y la gente la respetaba. Los colegas entendieron lo que hacíamos incluso antes que buena parte del público”.
¿Y existe un recambio generacional?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “Sí. Es algo natural.
Después de cierta edad mucha gente empieza a alejarse porque aparecen otras responsabilidades. Y entonces aparecen personas más jóvenes, nuevas bandas y nuevos públicos.
Eso también obliga a quienes llevan más tiempo tocando a relacionarse con las generaciones nuevas.
Y eso está bueno porque te muestra qué se está escuchando, qué se está tocando y qué está pasando”.
¿La edad determina lo que un músico puede comunicar?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “Influye, pero no necesariamente determina.
Hay una madurez emocional que tiene que ver con la experiencia, pero también existe una curva de aprendizaje musical.
Alguien puede empezar jazz a los 30 y empezar a desarrollarse desde ahí. Otro puede haber empezado a los 15 y tener diez o quince años de experiencia.
También depende muchísimo del contexto de vida y de las experiencias de cada persona”.
¿Qué significa para ustedes la palabra “arte”?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “A veces parece una mala palabra en la música. Como si decir que algo es arte fuera pretencioso.
Pero para nosotros tiene que ver con tener una intención estética para transmitir.
Podés querer comunicar algo emocional o intelectual y buscar un lenguaje estético para hacerlo.
Y el arte crece a través del diálogo con otras obras, con otras personas, con lo que está pasando alrededor.
Necesitás estar empapado de lo que ocurre”.
¿Eso implica escuchar a otros músicos?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “Permanentemente.
A veces te inspira la composición. Otras veces te inspira el sonido. Otras, la ética de trabajo de una persona.
Una composición puede ser muy simple y, sin embargo, tener una búsqueda sonora enorme.
El sonido también comunica.
Los pedales, los equipos, las texturas, los timbres, las capas.
Todo eso construye una experiencia”.
¿Qué quieren hacer ahora con Volumen I?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “Queremos darle rotación.
Queremos que se mueva y que se escuche fuera de los circuitos donde ya nos conocen.
Nos interesa salir de esas 300 personas que ya saben quiénes somos y conseguir que otra gente pueda encontrarse con el disco.
Y mientras tanto ya tenemos material compuesto para dos discos más”.
¿Quieren llegar a un público más voluminoso?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “Queremos romper el cerco.
No porque no nos guste el under. Nos encanta.
Tocar en un lugar donde conocemos a todo el mundo, encontrarnos con bandas nuevas, compartir una fecha, todo eso sigue siendo hermoso.
Pero llega un momento en que ya no estás presentando algo.
Estás representándote a vos mismo.
Si tocaste quince o veinte veces lo mismo en el mismo circuito, existe el riesgo de empezar a repetirte.
Entonces romper las barreras se vuelve interesante”.
¿Entonces qué es Hato Mö hoy?
Martín Lagarreta / Guillermo Miniño: “Es una banda que sigue buscando.
Puede cambiar el sonido. Puede aparecer un saxofón. Puede desaparecer un pedal. Puede cambiar la forma de improvisar. Pero la búsqueda permanece.
Seguimos intentando hacer música con músicos reales, tocando en vivo, escuchándonos entre nosotros y aceptando que no sabemos exactamente qué va a pasar.
Y quizás eso sea justamente lo más interesante.
Que todavía no lo sepamos”.
Pueden seguirlos en su perfil de instagram para conocer las próximas fechas en las que podrán verlos en vivo.