
Fernanda Alanis sobre “enseñar preguntando” de Laura Curbelo Varela
Quiero agradecer a Laura por darme un lugar en esta presentación. Sobre todo, por ponerme en situación de leer su libro activamente, sin caer en la fácil pereza de leer sin masticar. En estos tiempos en que el mundo parece girar más rápido –los días son horas y las horas, minutos– pausar el tiempo para degustar las palabras vertidas por otras personas se vuelve un privilegio.
En su momento Laura me ofreció formar parte de la muestra de docentes para realizar su investigación y yo acepté inmediatamente. Y no a pesar de, sino porque sabía que iba a ser una instancia desafiante e incómoda para mí. No es fácil enfrentarse a un análisis externo de tu práctica docente, especialmente si sabés que va a ser detallado e incisivo. Porque debo decir que Laura no es una interlocutora complaciente. Tiene la habilidad de generar una incomodidad movilizadora; igual que el tábano socrático. ¡Qué oportunidad de sacudir mis estanterías pedagógicas! Me quedé con las ganas porque finalmente, por razones de horario, no pudimos concretar.
Leyendo el libro hice el ejercicio de imaginarme la entrevista con Laura, preguntándome “¿Cómo llevás a la práctica tu concepción de infancias al momento de dar clase en formación docente?”. Caramba. ¿Tengo una concepción de infancias? Seguro que sí, pero ¿cuál? ¿La tengo en cuenta cuando doy clase?
Me vino a la memoria un evento mínimo, en el patio de un instituto de formación docente. La directora venía caminando muy enojada por no recuerdo qué barrabasada cometida por las estudiantes, que en ese momento corrían a esconderse. Un compañero cruzó por mi lado y me comentó por lo bajo “Tratalos como niños y se van a comportar como niños”. En ese momento me hizo gracia. Ahora, leyendo el libro, no me lo podía sacar de la cabeza.
¿Qué significa tratar como niños? ¿Cómo deben ser tratados los niños? ¿Está mal tratar a personas adultas como niños? ¿Tiene que ver la forma de tratarles con lo que creemos que son?
Dice el entrañable Marcos Mundstock en “Consejos para padres”, de Les Luthiers: “A los chicos hay que decirles siempre la verdad, hay que explicarles las cosas, darles a entender los motivos, todas las razones, porque después de todo los chicos, aún los más pequeñitos, son seres pensantes, casi podríamos decir que son seres humanos…”. Maravillosa síntesis del paradigma explicativo y adultocéntrico. Los chicos pueden pensar, pero todavía no son seres humanos. A los chicos hay que explicarles cómo es el mundo, porque sin la explicación no van a entender nada. Y tienen que entender así hacen lo que nosotros, adultos, queremos. “¿Me entendés lo que te estoy explicando? Quiere decir, querido, que si vos ahora no te dormís, yo te reviento.” Así que además, tenemos el derecho de disponer de sus cuerpos.
Nótese que vengo hablando en masculino. Porque el paradigma explicativo y adultocéntrico es, a su vez, patriarcal y heteronormativo.
Quizá el nudo, entonces, no está en tratar como niños, sino en lo que conceptualizamos como niño, infancia, infancias, y en cómo nos conceptualizamos las personas adultas en relación con ellas.
Laura propone recuperar la potencia de las infancias, no para restarle seriedad a la formación docente, sino para devolverle juego, asombro, vulnerabilidad y deseo de saber. Esa es la infantilización que el libro reivindica: no como desprecio, sino como posibilidad. Y para eso, hay que empezar por honestizar las preguntas.
Preguntar sin esconder el cuerpo detrás de la teoría. Preguntar sin disfrazar de duda lo que es juicio. Preguntar sin miedo a no saber la respuesta. Preguntar sin demasiada diplomacia. Porque las preguntas —como las infancias y los feminismos— pueden incomodar, interrumpir y trastocar certezas. En tiempos en que muchas voces vuelven a exigir silencio, obediencia o eficacia, honestizar las preguntas es un gesto político que rompe con la supuesta neutralidad del saber hegemónico, que se presenta como objetivo, pero es profundamente situado, masculino, adultocéntrico, mercantil y colonialista.
Este año se cumple el centenario del nacimiento de Frantz Fanon, un pensador que nos interpela con una lucidez que no pierde vigencia. Fanon denunció cómo los sistemas coloniales no solo ocupaban territorios, sino también imaginarios: instalaban la idea de que unas personas saben y otras deben aprender; que unas son racionales y adultas, y otras, emocionales e inmaduras. Toda estructura de dominación comienza por definir al otro como inmaduro, como incapaz, como menor. En la misma línea, María Lugones nos advierte que la colonialidad no solo marca jerarquías de raza o clase, sino también de género y edad. La lógica colonial y la lógica patriarcal se entrelazan en su afán de binomizar y jerarquizar: razón por encima de emoción, adultez por encima de infancia, saber por encima de pregunta, autoridad por encima de escucha. Lo que Lugones llama colonialidad del poder y de género se cuela también en nuestras aulas cuando invalidamos lo que no se dice en lenguaje académico, cuando infantilizamos como forma de desprecio.
Al reivindicar una infantilización positiva, Laura pone en cuestión ese orden, reivindica la infancia como categoría epistémica, y las preguntas como práctica de libertad. Su propuesta es desobediente: descolonizar el pensamiento y, a la vez, despatriarcalizarlo: abrirlo a otras formas de saber, a otras voces, a otros cuerpos, a otras preguntas. Al decir de Silvia Rivera Cusicanqui: “El saber no está solo en los libros, ni es propiedad de la academia. Está en los cuerpos, en las prácticas, en los silencios”. Por lo tanto, hay que cambiar la forma de sentir, hacer y escuchar.
Al igual que su autora, este no es un libro complaciente. Es un libro que desordena. Y en ese desorden, aparece la potencia de otras formas de pensar la educación.
Comencé agradeciendo a Laura y quiero finalizar volviendo a agradecerle. ¿Cómo no sentirme honrada cuando me otorgó un lugar de privilegio en esta ceremonia de presentación de su retoño de papel y palabras?, esta criatura fantástica confeccionada amorosamente, amasada con ternura y con determinación durante horas y horas… y más horas.
Que este hijo de papel encuentre lectores y lectoras que lo abracen con los mismos brazos abiertos con los que Laura lo soltó al mundo, y con la curiosidad que alimentan las preguntas verdaderas. Porque Laura ha parido un libro que no quiere explicar la realidad sino interrogarla, provocarla, conmoverla. Y eso, en un mundo tan temeroso de preguntas honestas y respuestas inciertas, es un acto de amorosa rebeldía.
“Fernanda Alanís. Floridense. Docente de Filosofía y adscripta en Secundaria, docente de la sala Pedagógico-Histórico-Filosofica en el Consejo de Formación en Educación. Actualmente integra el equipo de representación docente del consejero Julián Mazzoni del Consejo Directivo Central de la ANEP. Integra la Comisión Nacional de Género y el Secretariado Ejecutivo del Sindicato de Docentes de Formación en Educación. Magister en Educación, Sociedad y Política por FLACSO, y doctoranda en Ciencias de la Educación en la Universidad de La Plata.”








































