
“No te vayas. No me dejes morir”, son las palabras que llevo en mi cabeza, como un eco triste. Mientras bajo por una de las escaleras del Solís, mi paso se vuelve lento y pesado. Como si el cuerpo se resistiera a buscar la salida por temor a que “Macondo” finalmente muera una vez que atraviese la puerta del teatro y me pierda caminando por las calles de la Ciudad Vieja.
Un poco antes de irme (envuelto en el murmullo del público que se retira igual de excitado y conmovido), un titilar me consuela en el Hall al descubrir que hay libretos impresos para que cualquiera pueda llevárselos a casa. Leyéndolos y reviviendo el espectáculo que vimos minutos antes, me doy cuenta que no muere lo que no se olvida y la experiencia de “Macondo” fue inolvidable. El final es feliz… Y las lágrimas son de felicidad porque la ficción vive y lucha; porque es antídoto de desmemoria, insensibilidad e ignorancia; porque es mágicamente real… Tan real como el colombiano que imaginó y escribió. Tan real como el libro de Gabriel García Márquez que tocamos, olemos y leemos… Tan real como llorar de emoción entre mucha otra gente que también llora y entiende tu llanto tras presenciar la megaproducción inspirada en la capital del realismo mágico. Ahora sé que mientras viva, la maravilla de “Macondo” habitará en mis recuerdos.
A un mes de que el 2023 llegue a su fin no exagero si digo que asistimos al acontecimiento cultural del año. Lo de la Comedia Nacional fue una experiencia inmersiva. No fuimos espectadores de “Macondo”, fuimos sus habitantes. Ver para creer. Creer para crear. Crear para vivir.
Allí estuvimos, en las mismísimas entrañas de ese pueblo de clima caribeño, con sus calles polvorientas y precarias edificaciones de barro y cañabrava que son “umbrales de la vida y la muerte”. Esa aldea “a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”. Ese “Macondo” que es “todas las casas que vivieron y murieron con sus habitantes”.
La Comedia Nacional consiguió lo que las urnas no pudieron: hace más de quince años hubo un referéndum para que “Macondo” se hiciera realidad. Pretendían que el municipio donde García Márquez nació, Aracataca, pasara a llamarse como esas tierras donde transcurre su novela “Cien años de soledad” (1967) y otros tantos de sus libros anteriores y posteriores. Finalmente los votos no fueron suficientes y el plan para reactivar –a través del turismo- la economía de una región sumida en la pobreza no prosperó. Es octubre de 2023 y sin haberlo votado ni soñado, “Macondo” está aquí, entre nosotros, latiendo intensamente en Uruguay. La espesura se apoderó de la explanada del Solís. La selva tropical vino por nosotros, con su olor a tierra mojada, su hojarasca seca, el sonido de los pájaros.
Son las 14:30 y hay dos filas de personas que esperan con su entrada y el asombro propio de asistir al teatro antes del teatro. Los personajes deambulan entre la gente. Muchos son gitanos que miran fijamente, hablan con desparpajo y dan la bienvenida. También hay algún mercachifle. Más adelante habrá quienes adivinen el futuro en una colorida carpa pero ni el tarot podrá predecir la dimensión de lo que veremos a continuación.
El escenario fue ampliado y cubre las primeras cinco o seis hileras de butacas de la platea. Un escenario proporcional a una realización de la Comedia Nacional protagonizada por 30 actores y 50 músicos. Un despliegue humano y tecnológico soberbio bajo la dirección de Marianella Morena y Paula Villalba.
Apenas se corre el telón, la obertura de la Banda Sinfónica y la Orquesta Filarmónica de Montevideo genera una épica operística. La grandilocuencia musical hace temblar los cimientos de la sangre. Ya no hay retorno. Creímos haber entrado a “Macondo” pero en verdad “Macondo” entró en nosotros.
Los pobladores preparan la mesa y cantan a coro iniciando el viaje a un tiempo sin tiempo, a un lugar sin mapa. “Macondo” nos envuelve, con su prosperidad y decadencia; la inocencia y el misterio; sus nacimientos y muertes; los milagros y las guerras: “no hay nadie que lleve la cuenta de los muertos. Que no tienen nombre ni para esta historia. Pueblo de corta memoria (…) La guerra cambia de nombre pero no muere”.
La familia Buendía-Iguarán y sus siete generaciones; sus amores, incestos y tragedias; sus fantasías y realidades. Las Úrsulas y Rebecas; José Arcadio y Aureliano; Amaranta, Melquíades y “las mariposas amarillas liberadas”. Una historia añosa que crece, decae, renace y se trasforma.
Un clásico abordado desde un tono festivo y a la vez conmovedor. Una puesta tan ambiciosa como arriesgada, tan colorida como cambiante, que avanza en un sutil y cadencioso vaivén de emociones y estímulos. El maridaje entre teatro, música, danza y audiovisual roza la perfección. Nada está de más. No hay disonancia entre los elementos. Todo tiene que ver con todo. Si bien cada escena armoniza con las demás, tiene algo distintivo que la hace especial. Y además, cada una comunica y llega al corazón desde recursos muy diversos. Ese también es un deleite, un goce estético que se paladea y agradece.
Los cuadros son ensamblados con intervenciones de actores que leen fragmentos desde los palcos y la platea (también existe allí una precisión quirúrgica). Otro motivo de sorpresa para algunos distraídos que no habían reparado en ellos. Como también sorprenden los trajeados que irrumpen –prepotentemente y de lentes oscuros- en las tablas para suspender la función y restituir el orden establecido, acusando a la ficción y al arte de engañosos e inútiles. Estas señoras y señores del poder (autoridades del gobierno, el ejército y la iglesia) se suben al estrado y dan un discurso “aleccionador” que hace explotar de carcajadas la sala al ser testigos de cómo operan las mentes de quienes temen al artista y su verdad y -explícita o solapadamente- procuran desacreditarlo o silenciarlo… aún en tiempos de democracia. Un poco de humor absurdo para recordarnos que la “realidad” que algunos imponen es más disparatada que cualquier parodia que se haga sobre ella.
El arte y los muros
“Había… mucha pared… No podía pensar bien. Por eso la eché abajo”, dice en uno de los cuadros finales José Arcadio Buendía. En esas palabras del patriarca y fundador de “Macondo” habita el alma de esta versión libre, poética, íntima (como la lectura), estremecedora, performática, sarcástica y feminista de la Comedia Nacional (en la adaptación, con textos de más de 30 autores, los personajes femeninos adquieren incluso más sustancia que en los originales de García Márquez).
El autoritarismo levanta “paredes” para que no podamos ver; para que no podamos pensar… O peor aún, para decirnos lo que tenemos que ver y pensar; para dictarnos el relato único. El arte, en cambio, derriba esos muros para que posemos los ojos más allá, para que decidamos libremente hasta dónde y qué mirar, para tener una mirada y sentimiento propios sobre las cosas.
Otra certeza que deja “Macondo” y toda la exitosa temporada de la Comedia Nacional (que no paró de agotar entradas) es que los clásicos no están congelados en el pasado. No son piezas museísticas. Los clásicos son antorchas encendidas. Tienen tanto pasado como futuro: “abro un libro que tengo en la mesa de luz. Es un libro que ya leí. Me gusta volver a leerlo cada tanto. Es volver a una casa donde he vivido o veraneado”.
Los clásicos no nacieron para ser venerados sino para que dialoguen con nosotros de “tú a tú”, en el “aquí y ahora”. Viven para contarlo. Dependerá de nosotros prestarles oídos o buscar nuevas formas de escucharlos. La versión libre de la Comedia Nacional es una de ellas (todo lo que se narra es potenciado visualmente por un vestuario y escenografía exuberantes y un gran uso de las proyecciones de imágenes y textos).
Un pueblo en el corazón
“Macondo” imaginario, mágico, real, actual y vivo… A partir de ahora, miles de uruguayos podremos contar y escribir –maravillados y orgullosos- que por dos horas vivimos en un “Macondo” que no está en Colombia ni en ningún país sino que se lleva en el pecho. Esas son sus coordenadas. Como explicó alguna vez el propio García Márquez: “por fortuna, ‘Macondo’ no es un lugar, sino un estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere ver y verlo como quiere”.
Ya lo dice la canción que nos recibió y despidió del Solís: “hay un Macondo en cada esquina”… Y yo agregaría, en cada corazón.
Mientras la vida ríe, llora, baila y canta, cientos de personas retirándose del teatro sienten todo menos indiferencia y creen de verdad que Roma puede esperar porque, en sus vidas, todos los caminos conducen a “Macondo”.















































