"Calle de la Loma 19", sobre la casa donde se escribió Cien años de soledad

Calle de la Loma 19

El matrimonio conformado por José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán se encuentra ahora en su residencia ubicada en la colonia Lomas de San Ángel Inn, al sur de la Ciudad de México. Son colombianos venidos de Macondo para comenzar a vivir su soledad aquí, en Calle de la Loma 19. Una soledad extraña y prolongada cuyos orígenes se confunden con el nacimiento de Macondo, donde todo comenzó y donde todo terminó para siempre “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. Así estaba escrito en los pergaminos de Melquiades que Aureliano Babilonia encuentra en la librería de un sabio catalán, gracias a ciertos indicios que el propio Melquiades le había entregado.

En algún sentido la estrategia narrativa de Gabriel García Márquez semeja a la de Cervantes y el Quijote de Cide Hamete Benengeli, que no es otro que el mismo Cervantes, como Melquiades no es otro que el propio García Márquez.

Ambas historias ya estaban escritas y nosotros conocemos la de Cien años de soledad al mismo tiempo que Aureliano Babilonia, que comprende que los pergaminos son la historia de la familia Buendía de la Calle de la Loma 19.

Cuando muere su tía Amaranta Úrsula Buendía y el hijo de ambos, Aureliano Babilonia recuerda el epígrafe de los pergaminos: “El primero de la estirpe está amarrado a un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas”. Desde su escritorio de 4 x 3 metros, en ese año y medio que duró la escritura de la novela, García Márquez vio cómo las hormigas devoraban al hijo de Aureliano Babilonia y ciertamente recordó con él el epígrafe que sentenciaba el fin de la estirpe de los Buendía. Entonces no puedo dejar de imaginarme cuántas veces Gabriel García Márquez no habrá visto a José Arcadio Buendía y su mujer Úrsula Iguarán, su prima, entrando por la puerta de su escritorio donde escribía la novela, implorándole que no los casara, porque uno de sus descendientes nacería con una cola de chancho. Porque eran primos. Que así estaba escrito.

Así era el mito.

La realidad de la novela, realidad fantástica, “exótica” como la llama Mario Vargas Llosa (Historia de un Deicidio, Seix Barral, 1971), porque “lo ‘exótico’ tiende a despegar de lo real objetivo, a ingresar en lo imaginario, pues es por definición lo distinto y lo distante, lo desconocido […]”, se me confunde con la propia realidad donde el escritor escribe su novela universal, y me imagino a sus hijos pequeños, Rodrigo y Gonzalo, de seis y tres años respectivamente, jugando con el hielo que los gitanos llevaron a Macondo cuando Macondo no era más que un sueño de José Arcadio Buendía. Los gitanos, dice el Nobel peruano en su citada obra, “son un ejemplo mayor de la carga ‘irrealizante’ de lo exótico: de origen desconocido, ambulan por el mundo, practican la prestidigitación y la magia, se les atribuyen poderes ocultos, su mundo estimula la fantasía y la invención”. O tal vez jugando con el imán traído por estos seres exóticos, viviendo sus propios sueños. Me imagino que en esos casi dos años que el escritor y su familia habitaron la casa de Calle la Loma 19, la magia de la novela fue invadiendo la realidad de la propia casa donde comenzaron a desentrañarse los pergaminos de Melquiades.

Después de todo, el propio García Márquez se vio enfrentado a esta fantasía desbordante que irradiaba de la novela y no lo dejaba distinguir “las leyes como los límites de lo arbitrario”. Así se lo dice a su amigo el novelista mexicano Carlos Fuentes en una carta de 1966: “Jamás he trabajado en soledad comparable, sufro como un condenado poniendo a raya la retórica, buscando tanto las leyes como los límites de lo arbitrario, sorprendiendo a la poesía cuando la poesía se distrae, peleándome con las palabras. A veces, me asalta el pánico de no haber dicho nada a lo largo de 500 páginas; a veces quisiera seguir escribiendo el libro el resto de mi vida, en cien volúmenes, para no tener más vida que esta…”. La misma soledad que, como muy bien comenta Emir Rodríguez Monegal en su clásico Narradores de esta América, Tomo II, Alfadil Ediciones 1992), “es esa soledad que en algunas horas de sus vidas de papel aflige a todos los Buendía […]. Durante dieciocho meses, en la casa de Calle de la Loma 19, García Márquez buscó tanto las leyes como los límites de lo arbitrario de una novela que oponía resistencia a leyes y límites, porque lo hiperbólico era la consagración del propio relato maravilloso en un tiempo que se repetía como se repetían los aurelianos y las úrsulas. La propia repetición de la estirpe en un tiempo siempre circular.

En medio de este relato “exótico” como lo llamó Mario Vargas Llosa, que llenó la soledad de García Márquez, el escritor vio desde su escritorio de 4 x 3 el espíritu de Remedios, la bella, ascendiendo hacia los cielos, envuelta en las sábanas de Fernanda. Si yo visitara la casa ubicada en Calle de la Loma 19, mis recuerdos de mis varias lecturas de Cien años de soledad me llevarían, seguramente, a preguntarme por las vivencias que tanto los personajes reales como ficticios vivieron allí, en sus patios, en sus cuartos, en sus espíritus.

Como las 32 guerras civiles que peleó el coronel Aureliano Buendía en esta casa con terreno de 280 metros cuadrados y tres dormitorios en el segundo piso. La casa donde el coronel tuvo 17 hijos llamados Aureliano con 17 mujeres diferentes. La hipérbole narrativa que configuró un mundo asombroso en el que todo es posible porque ya estaba escrito por esta suerte de demiurgo llamado Melquiades. García Márquez no hizo más que tomar estos pergaminos traducidos por Aureliano Babilonia, que contienen la vida de Macondo y su destrucción, para que no haya otra oportunidad para aquellas estirpes condenadas a cien años de soledad, y dejar que nosotros también viviésemos el mundo de Macondo como si fuesen las cien y una soledades.

¿Le habrá pedido consejos García Márquez a Melquiades para escribir su novela? No lo sé. Pero sí sé que la casa donde el escritor vivió entre 1965 y 1967 había que pagarla. Aquí las leyes y los límites los ponía el dueño de la vivienda, Luis Coudurier. Y los 17 Aurelianos marcados en su frente con la Cruz del Miércoles de Ceniza, y las mariposas amarillas que revoloteaban sobre la cabeza de Mauricio Babilonia, giraban alrededor de la cabeza del escritor como los meses impagos del arriendo. Pero la realidad quiso también saltarse sus límites y sus leyes, y le hizo un guiño a la invención literaria. El propio Coudurier aceptó recibir el pago de arriendo cuando la novela estuviese terminada. Y no quiso ningún tipo de documento. Le bastó con la palabra de Mercedes, la esposa del novelista. Entonces Prudencio Aguilar pudo morir su
muerte de gallo de pelea, atravesado en su garganta por la lanza de José Arcadio Buendía.

Hoy, 53 años después de la publicación de la novela en 1967, y a seis años de la muerte de Gabriel García Márquez en Ciudad de México, la casa de Calle la Loma 19, la casa de Cien años de soledad, ha sido donada a la Fundación de Letras Mexicana, para que las estirpes condenadas a cien años de soledad, sí tengan una segunda oportunidad sobre la tierra. 

Si un día vuelvo a México, y recorro ese barrio por el que anduve hace tantos años, visitaré la casa de los Buendía. Quién sabe me encuentro con Remedios, la bella, y puedo apreciar en vivo y en directo, su belleza inigualable. Una belleza que no era de este mundo.

 

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.