Monegro-David-Salomon

La poesía del cuerpo en El Cantar de los Cantares

El Cantar de los Cantares resulta un libro extraño en la Biblia. Un libro controvertido por su temática erótica que rompe con la santidad del texto sagrado. De hecho, debió ser defendida su santidad en la Asamblea de Yamnia, entre los años 90 y 100 de nuestra era. En aquella ocasión el rabino Aquibá dijo: “el mundo entero no es digno del día en que fue dado a Israel el Cantar de los Cantares, ya que los hagiógrafos son santos, pero el Cantar de los Cantares es santísimo” (La Biblia de Nuestro Pueblo. Biblia del Peregrino. América Latina, texto de Luis Alonso Schökel, Pastoral Bible Macau, China, 2013). Su erotismo se prestaba para profanar su santidad y fue necesario, en consecuencia, interpretarlo alegóricamente para que pudiese estar en la Biblia. De la tradición judía, entonces, pasó a la cristiana, que entiende que el Cantar habla del amor, pero del amor de Dios. Con todo, “antes que la lectura alegórica del libro está el sentido literal, y este sentido es ya teológico, y es el que nos lleva a una lectura superior de carácter alegórico. ¿No es el amor humano digno de ser Palabra de Dios?” (La Biblia de Nuestro Pueblo. Biblia del Peregrino). El Cantar de los Cantares, libro del Antiguo Testamento, forma parte del apartado Poesía, que incluye además Proverbios y Lamentaciones. Es un poema que canta el amor de un hombre y una mujer que se entregan en cuerpo y alma. La leyenda lo atribuye a Salomón, pero “a atribuição a Salomão no título é pseudónimo; Salomão tinha a reputação de um grande amante  […]. O livro pode conter materias antigos. É duvidoso que se possa falar de unicidade de autor” (John L. Mackenzie, Dicionário Bíblico, São Paulo, Edições Paulinas, 1983). Se trata de una serie de poemas dispersos que adquirieron unidad temática al juntarse en un libro y se le suele presentar como “Él, Ella, Coro”. Aunque el ejemplar bíblico que usamos nomina a las “estrofas aisladas tras un análisis estructural del libro”, nosotros mantendremos la presentación tradicional. En los primeros versos del poema se hace presente el erotismo que tanta polémica provocó antes de ser admitido como texto sagrado: “¡Béseme con besos de su boca! / ¡Son tus amores mejores que el vino! / […] Llévame contigo, ¡corramos! / […], / disfrutemos y gocemos juntos, / saboreemos tus amores embriagadores” (Capítulo 1, I: La esposa). El libro se abre con la exaltación del deseo sexual sin fronteras de la mujer por su amado. Este primer poema que corresponde a la primera canción del libro, cumple la función de un breve proemio, que introduce a los personajes centrales del Cantar, Él y Ella. El epigrama como expresión literaria le permite al poeta presentar brevemente al lector el tema y sus personajes, para luego situarlo en medio de los acontecimientos, que es lo que ocurre en este primer capítulo del Cantar.

No hay pudores ni vergüenzas en las apasionadas declaraciones de Ella. Sus palabras erótico-sensuales van in crescendo a medida que transcurre el poema en medio de una descripción idílica de la naturaleza, y adquieren una modernidad inusitada que no se condice con los más de dos mil años de historia, pues Ella desata el erotismo que tomará cuenta de todo el poema en cada uno de sus epigramas. Pero no solo esta inusitada modernidad se encuentra presente en el erotismo del lenguaje, decididamente audaz e “inapropiado para una mujer”   de aquellos tiempos: Ella se autodefine “morena, pero fascinante (otros textos hablan de “negra y hermosa). Un rasgo étnico inusitado que apela a la belleza femenina sin distinción de razas: “Mientras el rey estaba en su diván, / mi nardo exhalaba su perfume. Bolsita de mirra es mi amado para mí: / entre mis pechos descansa. / Manojito de alheña es mi amado para mí, / en las viñas de Engadi” (Capítulo 1, V: Una noche de amor). El paradisiaco escenario en que se encuentran los amantes se cubre de aromas placenteros que estimulan su juego erótico y amoroso: “Mi amado es mío y yo suya, / ¡Se deleita entre las rosas! (Capítulo 2, IX: Primavera): “La experiencia de amor recíproco, fiel y profundo de los amantes narrada en el Cantar contrasta con la moral y las costumbres de una sociedad que niega la igualdad del varón y la mujer, la dimensión personal del amor, la libertad para elegir la pareja, el derecho a una sexualidad plena sin una asociación directa a la procreación” (Pablo Andiñach, La erótica como clave de lectura en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, n. 38, enero de 2001). No fue tarea fácil, en consecuencia, conectar el Cantar de los Cantares con su explícita sexualidad, a los textos sagrados. Con todo, el primer libro del Antiguo Testamento, el Génesis (2: 22 a 25), abre las puertas interpretativas que terminaron por avalar su inclusión en el canon de las Escrituras: “De la costilla que le había sacado al hombre, el Señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre. / El hombre exclamó: -¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque la han sacado del hombre. / Por eso el hombre abandona padre y madre, se junta a su mujer y se hacen una sola carne. / Los dos estaban desnudos, el hombre y su mujer, pero no sentían vergüenza”.

El cuerpo, por lo tanto, como símbolo de la relación hombre-mujer, encuentra en el Génesis las raíces eróticas que el Cantar desarrolla, como dijimos, sin pudores ni vergüenzas. El propio papa Juan Pablo II, en una audiencia en 1984, dijo que el libro debía leerse  “de una forma parecida a los escritos en los primeros capítulos del Génesis, como un testimonio del principio” (Philip Kosloski, Cómo entender el sorprendentemente sensual Cantar de los Cantares, Aleteia, 3 de julio de 2019). Y “el testimonio del principio” alude derechamente a la carne que se hace una sola luego de la unión del hombre con la mujer en esa relación osmótica, renegada por la teología cristiana tradicional en la que el cuerpo ha sido el “gran desterrado”, como lo propone Andrea Sánchez Ruiz Welch en su ensayo La canción de los amantes: El cuerpo en el Cantar de los cantares, II Jornadas del Centro Interdisciplinario de Investigaciones en Género, 28, 29 y 30 de septiembre de 2011, Memoria Académica, Universidad Nacional de La Plata): “En la teología cristiana tradicional el cuerpo ha sido el gran desterrado”. A continuación cita a la teóloga brasileña Ivone Guebara: “El cuerpo, la carne humana, fue siempre exiliado como reflexión positiva, como valor a ser considerado y defendido” […]. Con la llegada de las mujeres al ámbito teológico, y más, desde la reflexión teológica feminista, el cuerpo, la sexualidad, el erotismo y el placer han sido repatriados”. Erotismo y placer que el Cantar hizo suyos en la descripción de los cuerpos de ambos amantes que se contemplan, se tocan y se gozan. Sin duda la lectura alegórica no podía comprenderse sin primero asumir la literalidad del texto, y su conexión con otros pasajes de las Escrituras como el del Génesis recién citado. En esta relación que podríamos llamar lo sagrado y lo profano, se encuentra el sentido último de la relación que simbolizan El y Ella que comienza a gestarse a partir del Capítulo 4, XII: Belleza del cuerpo amado y XIII: La embriaguez del amor: “¡Qué hermosa eres, amada mía, / qué hermosa eres! 

Cuando hablamos de los sagrado y lo profano nos referimos, por un lado, a la pura concepción erótica de la relación de los amantes que solo busca el placer que entrega el cuerpo, desprovisto por lo tanto, del placer interior que se sublima en el amor, que es el goce pleno de la relación entre dos personas que se aman y se desean, como Él y Ella, donde se encuentra, por otro lado, lo sagrado de la relación que se proyecta más allá de lo carnal Lo carnal representa lo animal del hombre, la sexualidad básica que tiende a la satisfacción personal en la que el otro no es más que el instrumento de esa satisfacción. Es lo profano. Pero en el Cantar la descripción del cuerpo por ambos amantes recorre el camino de lo profano a lo sagrado: “Tus cabellos como un rebaño de cabras […], / Tus dientes, cual rebaño de ovejas trasquiladas [,…], / Tus labios, cinta escarlata, y tu habla, fascinante […]. Tu cuello, cual la torre de David, edificada con sillares […]; / Tus pechos, dos crías mellizas de gacela que pacen entre rosas […]. / ¡Toda hermosa, amada mía, no hay defecto en ti!” (Capítulo 4, XII: Belleza del cuerpo amado y XIII: La embriaguez del amor). La descripción del cuerpo de la amada a través del juego metafórico, compara a Ella con diferentes elementos de la naturaleza que en su esencialidad simbolizan lo idílico del paradisiaco escenario. Ella habla, y su habla es “fascinante” (“Soy morena, pero fascinante”), nos dice en el Capítulo 1, II: Una muchacha ingenua. El amante está literalmente embobado con la belleza de Ella, y termina su canción enfatizando los versos con que la inicia: “¡Toda hermosa, amada mía, no hay defecto en ti!”. El sentido literal que se observa en la descripción de la amante, su carácter denotativo, se acrecienta en La embriaguez del amor (Capítulo 4, XIII). En este pasaje el poeta describe la boda mediante el epitalamio, la composición poética que celebra la unión de un hombre y una mujer, momento en que lo profano y lo sagrado se unen para consolidar esta relación natural que no puede prescindir de lo uno ni de lo otro.

“Me has robado el corazón, […], con una sola mirada tuya […],  / ¡Qué deliciosos son tus amores […], tus amores son mejores que el vino! […]”. Y unos versos que describen la pureza con que la amada llega al matrimonio: “Eres un jardín con cerrojo […], eres un manantial con cerrojo, una fuente sellada”. Las metáforas del jardín y el manantial con cerrojo así como el sello de la fuente, simbolizan la virginidad de la mujer que llega a la sagrada unión. Los pechos de la amada no son ahora “dos crías mellizas de gacela”, sino “paraíso de granados con frutos exquisitos”, donde el nardo, el azafrán, la canela, y el cinamomo junto a los árboles de incienso, la mirra y el áloe, desbordan el epitalamio con sensitivas imágenes gustativas que estimulan tanto lo erótico como el amor. Lo profano y lo sagrado; lo denotativo y lo connotativo. Y es la propia amada la que llama a su amado a romper los cerrojos y arrancar el sello de su idílico jardín: “Entre mi amado en su jardín, y coma sus frutos exquisitos”. La alegría del amante, su locura para ser más preciso, se manifiesta en todo su esplendor en la primera estrofa del Capítulo 5, XIII: “He entrado en mi jardín, hermana y novia mía, he recogido mi mirra y mi bálsamo; he comido mi néctar con mi miel, he bebido mi vino con mi leche. Compañero, coman y beban, embriáguense de amores”.

Si las metáforas gustativas sobresalen en la descripción poética del cuerpo de la amante, la descripción que esta hace de su amado en el Capítulo 5, XV, Así es mi amado, es decididamente policromática. Los colores se apoderan de la narración del coloquio amoroso y la composición poética que idealiza la vida del campo y los amores pastoriles, se vuelve un desfile de coloridos símbolos que describen la belleza del amante: “Mi amado es radiante y rubicundo […] Su cabeza es oro finísimo, sus rizos, colinas ondulantes, son negros como el cuervo […] Sus mejillas, plantel de balsameras […[ Sus labios rosáceos destilan mirra líquida [ Su vientre, de marfil labrado, todo incrustado de zafiros; sus piernas, columnas de alabastro, asentadas en basas de oro […] Su talle es delicioso; todo él es codiciable”. Colores, aromas y piedras preciosas para hablarnos de la sexualidad que irradia el amante, de sus condiciones anatómicas que lo caracterizan. “Nadie, en efecto, hay como él. Nadie reúne tanta luz y tantos colores en tan breve espacio. Ningún cuerpo es semejante al cuerpo del amado” (La Biblia de Nuestro Pueblo. Biblia del Peregrino). Lo erótico se poetiza y la sexualidad se enzarza con la belleza que la cubre, volviendo ese erotismo y esa sexualidad en un acto que trasciende lo puramente físico: “El amor y la belleza son el fin, la sexualidad es el medio. La erótica invierte este orden. El objetivo principal de la erótica es describir la sexualidad humana, y en ocasiones lo hace mediante el uso de descripciones de la belleza y/o amor físico. En el erotismo, la sexualidad es el fin, el amor y la belleza no son más que medios, hasta desechables” (Andrews Shanks, La diferencia entre la erótica y el Cantar de los Cantares, Biblia y Teología, 31 de diciembre de 2015).

Sin duda el Cantar de los Cantares ha dado dolores de cabeza a los exégetas del texto bíblico y a quienes hacen de él una lectura literal en la que, evidentemente, sobresale su carácter erótico-sensual que tanto dio que hablar en el pasado y tanto preocupa en el presente. Pero lo cierto es que este libro simboliza la unión de dos amantes que se desean físicamente pero se aman al mismo tiempo. En la conjunción de sus cuerpos y de sus almas se encuentra el sentido del poema. Ya lo dijo el Génesis: “Por eso el hombre abandona padre y madre, se junta a su mujer y se hacen una sola carne. / Los dos estaban desnudos, el hombre y su mujer, pero no sentían vergüenza”. Una sola carne. ¿Acaso ese no es el sentido verdadero de la unión entre dos personas que se aman y se desean? 

En esto consiste la belleza de los amantes.




Imagen portada: El rey Salomón (a la derecha), a quien se atribuye este libro, junto al rey David (Monasterio de El Escorial). wikipedia.org







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Alejandro Carreño T.

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.