Dúos Poéticos volumen 2 - Víctor Guichón CON Tere Korondi - Abril 2018 Foto © Paola Scagliotti

Erotismo y Poesía

El erotismo es un tema siempre candente en el arte y en la vida cotidiana. La poesía como expresión artística que es, expresa al igual que todas las artes, la espiritualidad que yace inherente en todo ser humano. Pero cuando hablamos de poesía no estamos pensando solo en su pertenencia al género lírico, sino a toda expresión poética que yace en la creación literaria sea del género literario que sea. Es la función poética del lenguaje de que habla Roman Jakobson, que denota y connota el valor del mensaje que adquiere mayor trascendencia e intensidad. No se coarta el contenido del mensaje; por el contrario, se intensifica su significación, lo que los semiólogos llamamos “semiosis”. Por eso la función poética del lenguaje cumple la función de desnudar el alma del poeta. Y el erotismo como expresión humana está a flor de piel, no solo en el arte en cualquiera de sus manifestaciones (Gustav Klimt ya nos enseñó que “todo arte es erótico”), sino sobre todo en la poesía que implica la creación literaria también en cualquiera de sus expresiones: “Erotismo y poesía: el primero es una metáfora de la sexualidad, la segunda una erotización del lenguaje”, escribió Octavio Paz.

Erotismo y poesía es lo que caracteriza al Cantar de los Cantares, texto atribuido a Salomón, según la leyenda, que compuso para su boda con una princesa egipcia. La exégesis del texto bíblico que usamos (La Biblia de Nuestro Pueblo, 2013, a cargo de Luis Alonso Schökel), señala en la página 1492: “El estilo del Cantar se adapta al tema, es rico en imágenes y comparaciones, se complace en expresiones de doble sentido como corresponde al lenguaje erótico”. Un breve pasaje del Cantar nos ilustrará lo dicho hasta ahora: el erotismo como metáfora de la sexualidad y la poesía como erotización del lenguaje: “Tus pechos, dos crías / mellizas de gacela / que pacen entre rosas […]. / Es tu seno paraíso de granados / con frutos exquisitos […]: / Yo soy de mi amado que me desea”.

Cuántos ejemplos de la poesía universal encuentran su raíz en el Cantar de los Cantares. Pienso, en estos momentos, en el chileno Juvencio Valle y el poema Cantar de Cantares de su libro El hijo del guardabosque: “Hermosa de mis cantares, tan erguida, tan alta, / tus pechos como críos mellizos de gama, / tus piernas como una humareda blanca / tu carne al viento como un jardín de canela / y tus cabellos sueltos como manadas de cabra / que todas paren mellizos y no hay estériles entre ellas”.

No solo Salomón, o su leyenda, erotiza el lenguaje de sus canciones con que tanto Él como Ella traducen la pasión del uno por el otro. “El amor del Cantar Bíblico cree en el cuerpo, contempla extasiado el cuerpo del amado y de la amada, y lo canta y lo desea”, leemos en la presentación del Cantar de los Cantares, de la citada edición. La historia de todas las literaturas reverbera en su condición más humana donde anida su espiritualidad. Las mil y una noches, cuyas historias fueron escritas entre los siglos IX y XV, aunque los cuentos de Sherezade y otros se pierden en los confines del tiempo, rinde homenaje a la erotización del lenguaje a través de las narraciones de la bella e inteligente esposa del rey Shahriyar, y da vida rigurosa al significado exacto de erotizar que no es otro que el de producir la excitación sexual: “La hermana estuvo en todo momento atenta, en espera de que el rey poseyera a Sherezade para cumplir con su cometido”. Y el cometido es contar una historia o continuar la que fue interrumpida por la llegada del nuevo día. Como certeramente señala Octavio Paz: “En todo encuentro erótico hay un personaje invisible y siempre activo: la imaginación”. Y el lenguaje no solo construye realidades, también construye sueños e ilusiones mediante mundos imaginarios. Sherezade sabe de eso; por eso en sus relatos el lenguaje adquiere niveles de erotización más fulgurantes que se abren a la más espaciosa de las imaginaciones: “En cuanto a la señora, llamó de inmediato a un tal Masud, que resultó ser un esclavo negro que descendió prestamente de un árbol y que, sin más dilación, le levantó las piernas, se introdujo entre sus caderas e inició con ella una apasionada relación carnal”.

Tanto el Cantar de los Cantares como Las mil y una noches son obras de exquisita imaginería, en las que el lenguaje poético irrumpe en la conciencia lectora mediante erotizadas metáforas que subyacen, como dice Jung, en la naturaleza original del hombre: “El instinto erótico pertenece a la naturaleza original del hombre… Está relacionado con la más alta forma de espíritu”. Por eso, a mi modo de ver, el erotismo yace en las grandes obras literarias que son creaciones del más depurado espíritu. El Decamerón, de Boccaccio, no solo se adelanta en siglos al Renacimiento y pone en jaque todos los preceptos medievales, sino que representa una exquisita lección de erotismo literario. Ya lo dijo Mario Vargas Llosa, que sabe de estas cosas: “Digámoslo desde el principio: no hay gran literatura erótica, lo que hay es erotismo en grandes obras literarias”. Desde esta premisa del Nobel peruano, el Decamerón es un ejemplo notable de erotismo que, como decíamos, sorprende en plena época medieval, en la que los placeres del cuerpo estaban prohibidos por una estricta moral cristiana. El texto que a continuación citamos, en una libre traducción, corresponde a la edición brasileña de Abril Cultural, São Paulo, 1979: “Más alegre por el vino, que preocupada de la honestidad, como si Pericón no fuese un hombre y sí una de sus criadas, la mujer se desvistió delante de él, sin vergüenza, y se metió en la cama. Pericón hizo lo mismo […]. La rodeó con los brazos sin que ella opusiera resistencia, y comenzó a gozar los placeres del amor” (Jornada Segunda, Cuento 7).

Como en toda obra clásica, lo erótico es un ingrediente más del mundo representado. En el Decamerón, retrato de su tiempo que cuestiona el comportamiento social no solo desde la pandemia que significa la peste negra, sino en su relación con los valores que la propia época implanta, y que puede traducirse en una frase: la moralidad resquebrajada por la hipocresía social, lo erótico simboliza el espíritu de hombres y mujeres que buscan el placer natural en medio de una impuesta realidad moral coercitiva y discriminadora. En los textos comentados, lo erótico dota al acto sexual, como afirma Vargas Llosa, “de un decorado, de una teatralidad para, sin escamotear el placer y el sexo, añadirle una dimensión artística”. Dimensión artística que sobresale en un clásico del erotismo literario del último cuarto del siglo XIX, Las canciones de Bilitis (1894) de Pierre Louys, que se presenta como una traducción de la obra de una cortesana de la Grecia antigua, Bilitis, contemporánea de Safo, pero que no es nada más que ficción inventada por el autor. Dividido en tres parte, el texto de Louys es un canto a la vida de la mujer, de toda mujer, desde la humilde campesina a la cortesana, con sus sueños, tristezas y alegrías; con su lozanía y su piel cansada por el paso de los años. Bucólicas en Panfilia, nombre de la primera parte, contiene algo más de cuarenta poemas que describen la gracia y juventud de la mujer. No deja de ser interesante que “Panfilia” es un nombre griego que significa “todas las razas”. Veamos algunos ejemplos: “Con el molde de mi pecho hizo una copa redonda y umbilicada. La puso a secar al sol y la pintó luego de púrpura y ocre, aplastando flores en su rededor” (La Copa); “Y yo, como ahora Melissa, me alzaré el velo ante un hombre, sabré del amor en la noche y más tarde unos niños se amamantarán de mis pechos crecidos…“ (La recién casada).

La segunda parte de Canciones de Bilitis es Elegías en Mitilene. Mitilene es una ciudad griega situada en la isla de Lesbos, tierra de Safo, la poeta del erotismo clásico por antonomasia: “Pues cuando te miro a ti un instante, entonces me parece / que no puedo decir ni una palabra más, / sino que silenciosamente mi lengua se ha roto, / y de pronto un fuego sutil se ha extendido bajo mi piel, / no veo nada con mis ojos / y mis oídos zumban. / Un sudor frío me resbala hacia abajo y un estremecimiento / se apodera de todo mi cuerpo. y estoy más pálida / que la hierba, y me parece que me falta poco / para estar muerta”. Un nombre, en consecuencia, muy apropiado para esta segunda parte de su libro que contiene cerca de cincuenta poemas pues, además, elegía es una composición lírica que significa lamentar la pérdida de aquello que se ama, como un ser querido, una ilusión, el tiempo o un sentimiento: “Entró, y apasionadamente, entornados los ojos, unió sus labios con los míos y se conocieron nuestras lenguas… Nunca hubo en mi vida un beso como aquél. / Estaba en pie, pegada a mí, enamorada y complaciente. Una de mis rodillas subía poco a poco entre sus cálidos muslos que cedían como para un amante. / Mi mano rampante exploraba sobre su túnica para adivinar el cuerpo que ocultaba, que ya se plegaba ondulante, ya combado se tensaba con estremecimientos de la piel. / Con sus ojos afiebrados señaló el lecho; pero antes de las bodas no teníamos derecho a amarnos y nos separamos bruscamente” (El deseo).

La última parte de Canciones de Bilitis se llama Epigramas de la Isla de Chipre. Un epigrama, nos dice la RAE, es una “composición poética breve en que, con precisión y agudeza, se expresa un motivo por lo común festivo o satírico”, tal como lo sentimos en el siguiente poema: “Perfumaré toda mi piel para atraer a los amantes. De un lebrillo de plata verteré nardo de Tarsos y metopion de Egipto sobre mis hermosas piernas. Bajo mis brazos, menta rizada; mejorana de Kos sobre mis ojos y mis pestañas. Esclava, suelta mi cabellera y ahúmala en incienso. Éste es el ungüento de las montañas de Chipre, lo haré correr entre mis senos. El extracto de rosas traído de Faselis embalsamará mi nuca y mis mejillas. Y ahora, extiende en mis caderas el bakkaris irresistible. Más le vale a una cortesana conocer los perfumes de Lydia que las costumbres del Peloponeso” (Los perfumes). El lector se encuentra en estos más de cincuenta epigramas, con breves historias en las que el erotismo es una metáfora de la sexualidad y la poesía la erotización del lenguaje.

Las tres partes de Las Canciones de Bilitis son un recorrido erótico por el cuerpo de la mujer que se extiende al amor, al deseo y a la contemplación. La erotización del lenguaje construye realidades donde los tiempos se confunden, se viven, se recuerdan y se sueñan como anhelos pasionales de la concreción erótica. En Louys, así como en la clásica literatura erótica, relucen vivencias que multiplican el momento único del encuentro sexual. Así también lo entiende la escritora estadounidense de 82 años Joyce Carol Oates: “Ningún acontecimiento erótico existe aislado, para ser experimentado sólo una vez y luego olvidado. Lo erótico existe sólo en la memoria: recordado, reimaginado, revivido una y otra vez en un presente incesante”.

El erotismo es la poética vanidad del pensamiento que se entrega a la erotización del lenguaje artístico.

 

 

Imagen portada – Archivo – Dúos Poéticos volumen 2 – Víctor Guichón con Tere Korondi – Abril 2018 Foto © Paola Scagliotti

 

 

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Alejandro Carreño T.

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.