A comienzos de los 2000 había mucha gente enojada. Al menos eso parecía si uno prendía MTV. Tipos con pantalones enormes, guitarras afinadas varios pisos por debajo de lo habitual, adolescentes rompiendo cosas, cabezas rapadas a los gritos, piercings, tribales y una angustia masculina que había encontrado finalmente una frecuencia donde transmitir. Korn, Limp Bizkit, Slipknot, Linkin Park… El rock estadounidense había descubierto que el malestar adolescente podía llenar estadios y las discográficas, más rápidas que una marca de ropa cuando detecta que “los pibes ahora se visten raro”, empezaron a multiplicarlo.
Woodstock ’99 había terminado convertido en una especie de documental anticipado sobre el derrumbe de una época: calor, basura, incendios, violencia y cientos de miles de jóvenes encontrando que el festival de paz y amor de sus padres podía regresar treinta años después convertido en otra cosa bastante caótica.
El día en que el nu metal miró hacia el mar. En medio de ese paisaje había un tipo que cantaba descalzo, Brandon Boyd. También tenía tatuajes, gritaba y su banda podía sonar pesada, pero algo no terminaba de encajar. Boyd pintaba, dibujaba, leía, hablaba del océano y de espiritualidad. Podía sacarse la remera sin parecer amenazante y cantaba canciones sobre la vulnerabilidad.
Incubus, formada en 1991 en Calabasas, California, cuando sus integrantes eran prácticamente adolescentes, como muchas bandas que empiezan antes de saber exactamente qué quieren ser, durante sus primeros años mezclaron todo: Funk, metal, hip hop, jazz, rock alternativo, psicodelia, slap, scratches, riffs que podían haber salido de Primus, Red Hot Chili Peppers o Faith No More y una energía de laboratorio adolescente donde cualquier cosa que entrara por la puerta podía terminar adentro de una canción.
Escuchar hoy S.C.I.E.N.C.E., de 1997, produce una sensación curiosa. Hay una banda que todavía no conoce sus propios límites. El disco salta, se retuerce, cambia de dirección, por momentos parece que cinco personas hubieran descubierto simultáneamente cinco géneros musicales diferentes y estuvieran intentando explicárselos entre ellas. El problema apareció después cuando alguien tuvo que ponerle nombre a todo aquello.
“Nu metal” resultó una etiqueta suficientemente grande como para meter adentro a casi cualquiera que tuviera guitarras pesadas, alguna relación con el hip hop y pantalones anchos. Incubus quedó estacionado allí, al menos parcialmente, aunque nunca pareció demasiado cómodo.
En 1999 apareció Make Yourself, y el título era ya una declaración de principios. Privilege te daba una patada en la cabeza, Pardon Me era combustión espontánea, frustración y electricidad hechas canción. Entre sacudidas, espacios y silencios llega Drive. No parece particularmente revolucionaria veinticinco años después, pero en un rock repleto de hombres explicando qué cosas querían romper, Incubus consiguió su mayor éxito preguntándose qué cosas podían cambiar dentro de uno mismo. No es un detalle menor.
El disco también explica parte de la particular complicidad que la banda desarrolló con su público, seres sensibles hablando sin red. En esa sencillez vulnerable había una comprensión subyacente de que un ser humano reparado es más lindo que uno que nunca se rompió. Boyd fue uno de los grandes sex symbols del rock alternativo de la época y, simultáneamente, una figura masculina bastante diferente a la que predominaba alrededor suyo.
No porque Incubus fuese una banda pacifista llegada de otro planeta, escuchen Blood on the Ground y después hablamos.
En el 2000, alquilaron una casa en Morning View Drive, Malibu. Se instalaron allí y armaron un estudio casero, donde vivían y trabajaban juntos, con el Pacífico delante.
Drive explotó en ese momento, el guitarrista Mike Einziger recordaría años después esa etapa como una aceleración brutal: pasaron de tocar en teatros para algunos miles de personas a encabezar estadios para más de quince mil.
Como respuesta al éxito no fabricaron un Make Yourself más grande sino que bajaron la persiana y prendieron un incienso.
Morning View se abre con Nice to Know You, que todavía puede aplastarnos contra una pared, pero rápidamente aparecen otras frecuencias. Las guitarras empiezan a flotar, las canciones duran lo necesario y hay momentos donde el bajo parece caminar solo por una habitación, silencios donde otra banda probablemente habría colocado un riff.
Incubus había descubierto algo que muchas bandas pesadas tardan años en comprender: el volumen no siempre aumenta cuando uno agrega cosas, menos es más, a veces hacés más escándalo cuando sacás cosas de las canciones. Más que la distorsión sirve lubricarse uno como una partícula de nada en el infinito, siempre hay que recordar que el mar no te hunde nada más porque no quiere. Morning View es un disco con temperatura, luz, y agua.
Escuchar Wish You Were Here es recordar el rock alternativo de principios de siglo, sí, pero también sentir algo difícil de fechar. La guitarra inicial todavía conserva una elasticidad extraña, con Brandon Boyd cantando frente al océano como si hubiera encontrado durante cuatro minutos un lugar donde el mundo deja de exigir explicaciones.
Quizás por eso Morning View parece respirar. Are You In? directamente se recuesta, el bajo reconstruye un trance hipnótico, las bandejas de Kilmore aparecen sin reclamar protagonismo y la canción parece preguntar algo bastante sencillo: ¿estás acá? Hay algo casi físico en esa invitación.
Para el cierre aparece Aqueous Transmission, una pipa china con sonidos de agua, pájaros, una melodía suspendida y Boyd imaginando un viaje río abajo. Después de una década en la que buena parte del rock alternativo había aprendido a terminar los discos golpeando la puerta, Incubus terminaba el suyo dejándose llevar por la corriente para que al final, durante un rato, sólo queden ranas. Es difícil pensar en una imagen mejor para explicar lo que había ocurrido. Una banda que salida de las huestes del funk metal había aprendido a respirar.
El último momento en que todo podía convivir. También hay otra razón por la que resulta interesante revisitar el Morning View hoy: El CD todavía gobernaba la industria, MTV movía la aguja, y un recuerdo apolillado como Napster acababa de abrir una grieta que todavía nadie comprendía del todo. YouTube no existía, Spotify era inconcebible y el teléfono-ladrillo que llevábamos en el bolsillo todavía servía para llamar a alguien y poco más. La música estaba a punto de cambiar de soporte, velocidad y lógica. Incubus quedó exactamente sobre ese parteaguas, una banda que podía vender millones de discos y, al mismo tiempo, poner scratches, una pipa, ambientes electrónicos y ocho minutos de deriva acuática en un álbum destinado al mercado masivo. Eso también se perdió, la idea del disco-escuela, la obra de arte llamada Disco Musical, con un concepto general y partes que lo alimenten. Decir, hacer y ser. Es difícil obtener la integridad en esa triada. Y esa es la primera acepción de íntegro: “Que no carece de ninguna de sus partes”. Incubus es una banda íntegra. No necesariamente porque antes la música fuera mejor -esa es una de las trampas más aburridas de la nostalgia- sino porque cambió la forma en que se organiza nuestra atención alrededor de una obra. Hoy un algoritmo necesita entender relativamente rápido qué estamos escuchando para decidir qué ofrecernos después.
Incubus, durante bastante tiempo, fue difícil de entender rápido.
Tal vez esa indefinición haya sido una de sus mayores virtudes y, paradójicamente, una de las razones por las que hoy cuesta ubicarlos.
Demasiado grandes para ser de culto. Hay algo extraño en el lugar que Incubus ocupa actualmente en la memoria del rock. No son una banda olvidada, sería ridículo decirlo. Siguen llenando lugares, sus canciones acumulan escuchas gigantescas y Morning View conserva un vínculo emocional intensísimo con quienes crecieron con él. En 2024 incluso hicieron algo bastante más interesante que sacar una caja aniversario: volvieron a grabarlo completo como Morning View XXIII. No pretendían borrar el original sino registrar qué había ocurrido con esa música después de más de dos décadas viviendo arriba de escenarios. Los propios músicos descubrieron al revisar las grabaciones que algunas partes ya no las tocaban como en 2001: veinte años de conciertos habían ido modificando pequeños gestos hasta convertirlos en otra cosa. Hay algo hermoso en eso, porque una canción grabada parece una cosa fija pero no es así. Envejece con quien la toca y con quien la escucha. La persona que escuchaba Wish You Were Here en 2001 quizá estaba en una habitación con un walkman, esperando que alguien se conectara al MSN, enamorada de alguien que hoy apenas recuerda, ya no es la misma que hoy es acompañada por la misma música. Incluso la voz de Boyd cambió. Él mismo habló sobre las dificultades de cantar composiciones escritas cuando tenía veintitantos y sobre cómo una cirugía de tabique nasal lo obligó prácticamente a reaprender su instrumento. Al grabar Morning View XXIII tuvo delante una comparación imposible de evitar: la voz del hombre que era contra la del hombre en que se había convertido.
Quizás ahí aparezca la pregunta más interesante. ¿Qué esperamos de las bandas que amamos cuando nosotros también envejecemos? A veces la nostalgia tiene formas bastante crueles de congelar las cosas. Exige que los músicos envejezcan pero que sus voces no. Que cambien pero conserven lo que ya se conoce de su obra. Que toquen las canciones viejas exactamente como antes, para que nosotros las escuchemos desde vidas completamente distintas. Incubus hizo algo más raro. Volvió a mirar la misma mañana desde otra edad.
¿Qué hacemos hoy con Incubus? Quizá haya llegado el momento de sacar a Incubus del cajón donde quedó guardado junto con algunos CDs rayados, esa remera horrible y la pléyade recuerdos apolillados de MTV. No para declararlos de pronto “injustamente olvidados” ni para iniciar otra operación nostálgica donde todo lo que ocurrió cuando éramos adolescentes ahora de golpe se vuelve automáticamente mejor que el presente, sería una paja (onanismo, literal…) ponerlo en esos términos. Vale la pena volver porque Incubus permite escuchar algo que quedó enterrado debajo de las etiquetas de aquella época.
La posibilidad de que una banda pesada no tuviera que endurecerse para evolucionar, de que después del riff pudiera venir el silencio. Y, sobre todo, que la sensibilidad no fuera necesariamente lo contrario de la fuerza. Tal vez por eso Morning View sigue funcionando, o tal vez porque eso Incubus está vigente. No porque haya capturado perfectamente los comienzos de este siglo sino porque consiguió escapar un poco de él. Mientras buena parte del rock de aquel momento parecía obsesionada con describir el encierro, Incubus abrió una ventana, afuera estaba el Pacífico, veinticinco años después, todavía entra aire.