
A veces aparece una creación que desarma las fronteras del arte para convertirse en una experiencia completa: una obra escénica, un disco, un objeto tejido por decenas de manos y un pequeño ungüento que recuerda que las heridas también pueden cicatrizar desde la belleza. “Entretejidos” no propone escapar del mundo; propone regresar lentamente a él.
Antes de entrevistar a Gaby Piña y a Lilah Jan para ahondar sobre su propuesta llamada “Entretejidos“, no había imaginado que un pequeño bolso tejido pudiera pesar tanto. No por su peso físico sino por todo lo que contenía.
Llegó en uno de esos días en los que las certezas habían decidido abandonar la habitación. Cuando el trabajo, las responsabilidades, las urgencias y el dolor parecían haber ocupado hasta el último rincón del pensamiento. Esos momentos en los que una descubre que sigue funcionando, pero ya no sabe exactamente desde dónde.
Dentro de aquel tejido había un QR que llevaba a un disco. Había un pergamino cuidadosamente escrito. Había una historia y había un pequeño recipiente para ungüentos con un nombre imposible de olvidar: Cura a la trama.
Nunca un objeto artístico me había conmovido tanto antes de ser abierto.
Mientras iba leyendo el pergamino, comprendía que aquello no era merchandising. Tampoco era un recuerdo de una obra. Era una declaración de principios. Un gesto.
Una forma de decir que todavía existen artistas capaces de pensar una creación como un acto de cuidado.
Que todavía existen personas que creen que las historias pueden sanar. Que todavía hay quienes entienden que el arte también puede abrazar.
Abrí el pequeño frasco. El aroma de las plantas apareció antes que cualquier pensamiento:
Caléndula. Consuelda. Llantén.
Un ungüento cicatrizante para la piel.
Y, simbólicamente, para aquello que nadie ve.
Llegó exactamente cuando era necesario.
Quizás por eso entendí, incluso antes de entrevistar a sus creadoras, que Entretejidos no era simplemente una obra. Tampoco únicamente un disco. Ni siquiera una experiencia escénica. Es una metáfora de todos nosotros.
Después de conversar durante casi una hora con Gaby Piña y a Lilah Jan, las creadoras de Entretejidos, comprendí que ninguna de estas intuiciones había sido casual. Sin dudas, todo estaba tejido desde el comienzo.
La propuesta llega al escenario como el resultado de un largo recorrido que comenzó mucho antes de su estreno.
Nació del encuentro entre el libro de cuentos escrito por Gabriela, las composiciones musicales de Lila, el trabajo con instrumentos antiguos de cuerdas interpretados por Ángelo y un recorrido por pueblos, iglesias, invernaderos, centros culturales y reuniones de tejedoras del interior del país, donde la narración oral y la música fueron encontrando una resonancia inesperada en quienes asistían.
Aquellas funciones mínimas —una guitarra, una rueca, un cuento y una canción— terminaron revelando algo enorme: los adultos también necesitan que alguien les vuelva a contar historias.
Ahora ese camino desemboca en un nuevo escenario, sin perder la raíz de aquello que lo hizo nacer. No es casual que la palabra “Entretejidos” funcione como verbo además de sustantivo, esté entre lo visible y aquello que permanece latiendo debajo de la piel.
“No invitamos a cuestionar; invitamos a sentir”
—La información sobre Entretejidos habla de emociones, de hilos, de instrumentos antiguos, de historias. Pero mantiene cierto misterio. ¿Por qué decidieron presentar la obra desde ese lugar más poético que descriptivo?
Gaby y Lilah —”Porque justamente nuestra invitación nace desde la sensibilidad. Nos interesa que algo resuene antes de ser comprendido racionalmente. Que una imagen, una palabra o una sensación puedan empezar a magnetizar a quien se acerca. La obra también funciona así: todo cuenta. Cuenta la escenografía, cuentan los instrumentos, cuenta la música, cuentan los objetos. Todo está al servicio de las historias que compartimos”.
—¿Qué ocurre sobre el escenario?
Gaby y Lilah —”Compartimos historias cantadas y contadas. Hay cuentos, canciones, actuaciones, narración oral. A veces somos personajes, otras veces narradoras, otras simplemente mujeres que están tejiendo mientras sucede la historia. También aparecen los instrumentos antiguos y el propio músico cuenta el recorrido que hicieron esas sonoridades hasta llegar a nosotros. Todo dialoga para narrar un mismo universo”.
—Mientras las escuchaba pensaba que, en una época donde casi todo parece diseñado para ser consumido rápidamente, ustedes proponen exactamente lo contrario. ¿Lo sienten así?
Gaby y Lilah —”Puede ser. Pero en realidad lo que proponemos es volver a lo más simple del ser humano. Hay una escena donde un niño le pregunta a su madre: “¿Cuándo se queda el tiempo quieto?”. Es una pregunta sencilla, una escena sencilla. Sin embargo, contiene algo esencial. Tal vez hoy eso parezca complejo porque perdimos el hilo de esas preguntas. Nosotras simplemente ofrecemos algunos hilos para volver a encontrarlas”.
—Uno imagina que el espectador sale inevitablemente cuestionándose muchas cosas.
Gaby y Lilah —”Más que cuestionar, queremos abrir un espacio interno. No pretendemos decirle a nadie cómo vivir. No buscamos remover por remover. La palabra que más nos representa es “abrigo”. Es una invitación a sentir. Después cada persona hará su propio camino con aquello que se despertó durante la obra”.
—Sin embargo, la sensación es que la obra nace de una observación muy profunda del tiempo que estamos viviendo.
Gaby y Lilah —”Curiosamente nace más de un proceso personal que de observar qué necesita el mundo. Los cuentos y las canciones surgieron de sueños, de experiencias íntimas, de cosas que queríamos sanar o compartir. Después descubrimos que eso también dialogaba con muchas otras personas. Pero primero fue una necesidad propia”.
—Entonces la universalidad aparece precisamente porque parte de lo íntimo.
Gaby y Lilah —”Exactamente. Cuando uno se anima a hablar desde lo profundo, muchas veces encuentra algo que es común a todos. Ahí aparece ese tejido invisible que compartimos como seres humanos”.
“Contar un cuento a un adulto también puede ser una forma de curarlo”

—¿En qué momento aquel libro de cuentos y aquellas canciones dejaron de caminar por separado para convertirse en Entretejidos?
Gaby y Lilah —”Fue un encuentro muy natural. Yo había escrito Entretejidos, un libro de cuentos, en 2020. Paralelamente, Lila estaba grabando su primer disco como compositora. Somos amigas desde hace muchos años, compartíamos búsquedas artísticas distintas, pero un día pusimos las dos cosas sobre la mesa y sentimos que estaban hablando el mismo idioma. Los cuentos dialogaban con las canciones de una manera muy orgánica. Entonces nació un formato muy pequeño: dos banquetas, una guitarra, un libro y una rueca. Nada más. Presentamos esa idea al Instituto Nacional de Letras y gracias a ese apoyo comenzamos una gira por el interior del país. Nunca imaginamos que ese viaje iba a cambiar tanto la obra como a nosotras mismas”.
—¿Qué encontraron durante ese recorrido?
Gaby y Lilah —”Encontramos personas. Parece una respuesta sencilla, pero fue exactamente eso. Fuimos a iglesias, invernaderos, escuelas rurales, grupos de tejedoras, pequeños pueblos. Tocábamos abajo de un árbol si era necesario. Lo importante no era el escenario sino el encuentro. Y en todos esos lugares empezamos a descubrir algo que nos emocionó muchísimo: la necesidad que tenían los adultos de volver a escuchar un cuento”.
—¿Por qué creen que sucedía eso?
Gaby y Lilah —”Porque todos recordaban algo. Alguien nos decía que había vuelto a escuchar la voz de su abuelo. Otra persona contaba que sintió que alguien la estaba arropando antes de dormir. Algunos cerraban los ojos durante toda la función y después nos agradecían porque hacía décadas que nadie les contaba una historia. Ahí entendimos que la narración oral no pertenece solamente a la infancia. También es una necesidad adulta”.
—Mientras las escuchaba pensaba precisamente eso: dedicamos muchísimo tiempo a leer informes, noticias, redes sociales, mensajes. Pero muy poco tiempo a escuchar historias.
Gaby y Lilah —”Exactamente. Y cuando preguntamos “¿cuánto hace que no te cuentan un cuento?”, la mayoría ni siquiera sabe responder. Nos acostumbramos a creer que los cuentos eran solamente para los niños. Sin embargo, también pueden ser medicina para quienes ya atravesamos gran parte de la vida. No porque solucionen los problemas, sino porque nos recuerdan algo esencial que habíamos olvidado”.
—En la obra aparece constantemente el tejido. Está presente físicamente, pero también como símbolo. ¿Qué representa para ustedes?
Gaby y Lilah —”Cuando tejemos una prenda también nos estamos tejiendo por dentro. Hay algo profundamente simbólico en ese movimiento. Cada punto parece unir lugares nuestros que estaban deshilachados. Por eso hablamos del tejido de la vida. Porque todos tenemos la posibilidad de volver a hilar, de volver a encontrar un camino, de reparar algo que parecía roto”.
—Hay una frase que me quedó resonando: “tenemos soberanía para retejer nuestra vida”.
Gaby y Lilah —”Sí. Nos interesa recordar justamente eso. Muchas veces sentimos que la realidad nos arrastra y que ya no podemos hacer nada. Pero siempre existe un hilo disponible. Tal vez sea muy fino, tal vez apenas se vea, pero está. Y desde ese hilo se puede empezar otra vez. No hablamos de empezar de cero, sino de volver a enlazar aquello que parecía perdido”.
—Durante la entrevista me ocurrió algo inesperado. Recordé que de adolescente tejía. Hacía bufandas, cuadrados de crochet, pequeñas cosas. Hacía años que no me acordaba de eso.
Gaby y Lilah —”Eso pasa muchísimo durante la obra. No buscamos que las personas hagan una crítica de su vida. Lo que aparece es la memoria. Empiezan a recordar cosas que estaban guardadas muy profundamente. Un olor, una abuela, una tarde, un patio, un tejido, una canción. Y cuando uno recuerda también vuelve a encontrar posibilidades que creía desaparecidas”.
—Tal vez por eso el espectáculo parece dialogar tanto con el tiempo. No con el reloj, sino con otra idea del tiempo.
Gaby y Lilah —”Completamente. Hay un cuento que se llama Tiempo quieto. Un niño le pregunta a su madre cuándo se queda quieto el tiempo. Ella no responde de inmediato. Empiezan a recordar momentos. Y descubren que el tiempo no se detuvo cuando dejaron de hacer cosas, sino cuando estuvieron completamente presentes. Ahí aparece otra forma de vivir”.
—Vivimos convencidos de que todo debe resolverse rápidamente. Incluso los dolores.
Gaby y Lilah —”Sí. Y nosotras proponemos otra lógica. Hay cosas que necesitan madurar. Hay emociones que no se resuelven con una respuesta rápida. Hay procesos que solamente el tiempo puede hilar. Por eso la obra no pretende ofrecer soluciones. Apenas abre una puerta para que cada persona encuentre la propia”.
—En un momento de la conversación hablamos sobre la edad y la posibilidad de reinventarse. Parecía otro de los grandes temas ocultos de Entretejidos.
Gaby y Lilah —”Porque la vida nunca deja de ofrecer esa posibilidad. Hace muy pocos días conocimos a una mujer de ochenta y cinco años que, después de jubilarse, estudió Psicología, presentó su tesis y fue invitada a exponerla en Buenos Aires. También conocimos a otra de noventa y seis años que sigue haciendo gimnasia y organizando actividades. Ellas nos recuerdan que nunca es tarde para volver a empezar. Y esa idea también atraviesa la obra”.
—Es curioso porque solemos pensar la existencia como una línea recta: estudiar, trabajar, envejecer. Ustedes parecen proponer algo muy diferente.
Gaby y Lilah —”Nos interesa pensar la vida como un tejido. Un tejido siempre puede modificarse. Puede aparecer un nuevo color. Puede cambiar el dibujo. Puede desarmarse una parte y volver a hacerse. Mientras estamos vivos, todavía podemos seguir tejiendo nuestra historia”.
—Quizá esa sea una de las ideas más esperanzadoras de Entretejidos.
Gaby y Lilah —”Nos gusta más hablar de posibilidad que de esperanza. La posibilidad está viva. La posibilidad nos involucra. Nos recuerda que todavía somos parte del tejido de la vida y que nuestras manos siguen teniendo algo para crear”.
“El arte también puede dejar algo entre las manos”

—En algún momento sintieron que la obra ya no cabía únicamente sobre un escenario. Que necesitaba seguir viviendo cuando las luces se apagaran.
Gaby y Lilah —”Sí. Después de todo el recorrido por el interior nos dimos cuenta de que muchas personas nos preguntaban cómo podían volver a escuchar esos cuentos y esas canciones. Había personas mayores que no podían volver a viajar, otras que querían compartir la experiencia con sus hijos, con sus nietos, con alguien que estaba atravesando un momento difícil. Entonces apareció la idea de grabar el disco. Pero nunca pensamos en hacer simplemente un registro de la obra. Queríamos que fuera otra experiencia. Que quien lo escuchara pudiera emprender un viaje diferente, solamente con el sonido”.
—Y sin embargo tampoco se quedaron únicamente con un disco.
Gaby y Lilah —”No. Sentíamos que todo este universo necesitaba volverse materia. Que la persona pudiera llevarse algo entre las manos. Algo que siguiera hablando cuando el espectáculo terminara. Así nació este objeto que reúne el disco, el relato de cómo llegamos hasta aquí y un pequeño regalo”.
—Ese regalo tiene un nombre precioso: “Cura a la trama”.
Gaby y Lilah —”Porque nace de uno de los cuentos. Hay un personaje, Sofía, que está un poco deshilachada por dentro. Entonces una anciana le entrega un ungüento llamado “Cura a la trama” para que vuelva una semana después y vea cómo está ese tejido. Nos pareció hermoso que esa imagen pudiera salir del cuento y transformarse en un objeto real. El ungüento está elaborado con plantas cicatrizantes como consuelda, caléndula y llantén. Cura la piel, sí. Pero también quiere recordarnos que existen otras heridas que necesitan tiempo, cuidado y belleza para sanar”.
—Hay algo profundamente simbólico en que ese objeto esté guardado dentro de un bolso tejido a mano.
Gaby y Lilah —”Porque realmente está tejido por muchas personas. Hay abuelas, amigas, primas, mujeres que nunca vimos personalmente y que decidieron tejer uno de esos bolsos para que este proyecto pudiera existir. Ninguno es igual a otro. Cada persona que se lleva uno también se lleva el tiempo, el cariño y las manos de alguien que no conoce. Eso también es Entretejidos”.
—Mientras lo abría durante la entrevista sentí que había vuelto algo muy antiguo. Como cuando de niños recibíamos un objeto que alguien había hecho especialmente para nosotros.
Gaby y Lilah —”Es exactamente eso. Queríamos recuperar el valor del regalo. No del producto. Del regalo. De aquello que alguien hizo pensando en otra persona. Hoy casi todo se compra hecho. Muy pocas cosas todavía llegan cargadas de tiempo. Y el tiempo es, quizás, el mayor acto de amor que alguien puede ofrecer”.
—También aparece una invitada muy especial: Isabel Pena.
Gaby y Lilah —”Sí. Es una poeta extraordinaria. La conocimos casi por casualidad y descubrimos una obra inmensa que durante décadas permaneció prácticamente en silencio. Publicó dos discos para niños hace muchísimos años y luego la vida la llevó por otros caminos. Cuando la invitamos a participar de Entretejidos fue muy emocionante porque, de alguna manera, también era una forma de volver a tejer una parte de su propia historia artística. Ella dialoga profundamente con el espíritu de la obra”.
—Después de tantos caminos recorridos, de iglesias, escuelas rurales, árboles, invernaderos y pequeños pueblos, ahora llegan al Auditorio Nelly Goitiño. ¿Qué significa ese paso?
Gaby y Lilah —”Es una enorme alegría. Sentimos que todos estos años fueron como pequeños brazos de un río que finalmente desembocan aquí. No porque el Auditorio sea una meta en términos de prestigio, sino porque podemos llevar a la ciudad una experiencia que nació andando despacio por el interior del país. Conservamos exactamente el mismo corazón con el que empezamos. Solo que ahora ese corazón va a latir en otra sala”.
—¿Qué les gustaría que sucediera cuando termine la función?
Gaby y Lilah —”Que cada persona vuelva a su casa un poquito más habitada por sí misma. No necesitamos que salga diciendo qué entendió. Nos alcanza con que recuerde algo que creía olvidado. Que abrace a alguien. Que vuelva a cantar una canción. Que tenga ganas de llamar a su abuela. Que empiece un tejido. Que escriba un cuento. Que encuentre un hilo. Cualquiera. Porque cuando encontramos un hilo siempre existe la posibilidad de volver a tejer”.
Mientras escribo estas líneas, el pequeño bolso tejido continúa sobre mi escritorio.
El pergamino vuelve a doblarse con la delicadeza de los antiguos mensajes que parecían destinados a sobrevivir al paso de los años.
El frasco de Cura a la trama permanece abierto, dejando escapar el aroma sereno de las plantas que conocen el oficio de cicatrizar.
Y entonces comprendo que aquella tarde no recibí un obsequio de prensa. Recibí una invitación a recordar.
A volver a creer que las historias todavía pueden abrazar y que, aún en los momentos en los que la vida parece deshilacharse, siempre existe un hilo esperando ser encontrado.
Quizás eso sea, finalmente, Entretejidos.