La ciudad de Santiago a Gabriela Mistral, mural en cerámica de Fernando Daza, ubicado en las faldas del costado sur del Cerro Santa Lucía, creado en 1971 y restaurado en 1997.

Gabriela Mistral: educadora de Chile y de América

El miércoles 7 de abril se celebraron 132 años del nacimiento del mayor poeta chileno y Premio Nobel de Literatura 1945, Gabriela Mistral, nacida en la madrugada de un día domingo en Vicuña como Lucila de María del Perpetuo Socorro, el 7 de abril de 1889. Esta columna-homenaje tiene para mí un significado especial, pues el 10 de julio del año pasado inicié mi trabajo de columnista en CoolTivarte con un artículo dedicado a la excelsa poeta: “Rescatando a Gabriela Mistral”, cuyo propósito no era otro que ilustrar la indiferencia social e intelectual de Chile respecto de la importancia de Gabriela Mistral para la literatura nacional. El propósito de esta columna es presentar la Gabriela-educadora desde mis lecturas de sus textos dedicados a la educación, comenzados a temprana edad y madurados en mi paso por la Universidad de Chile y una vida dedicada a la enseñanza de la literatura, aunque tal vez sería mejor decir una vida dedicada a amar la literatura y el acto mismo de enseñar, porque solo se puede enseñar lo que se ama. Ya lo dijo Gabriela en el Decálogo del Maestro: “Ama, si no puedes amar mucho, no enseñes a niños”.

Quienes hicimos de la docencia la razón de nuestra vida, comprendemos la importancia de estas palabras de Gabriela, pues este postulado esencial lo es en todas las etapas del proceso enseñanza-aprendizaje.

Hoy, con desafortunada frecuencia, se escucha a los alumnos decir que las clases son desmotivadas, (y dejemos el covid-19 fuera de esta apreciación pues es un hito histórico que solo ha profundizado esta apatía estudiantil en todos los niveles de la educación). Si sorprenderían estos estudiantes del siglo XXI si supieran que Gabriela Mistral hace casi cien años, en un artículo publicado en El Mercurio de Santiago el 23 de octubre de 1923, Introducción a lecturas para mujeres en 50 prosas en El Mercurio, 1921-1956 (El Mercurio / Aguilar, 2005), comentaba sobre la pedagogía: “creo que hay ya demasiado hastío en la pedagogía seca, fría y muerta, que es la nuestra”. Y Gabriela se refiere a la realidad americana a propósito de un libro escolar que la Secretaría de Educación de México le ha encargado escribir para sus escuelas públicas. Por eso, a su juicio, “el maestro verdadero tendrá siempre algo de artista; no podemos aceptar esa especie de “jefe de faenas” o de “capataz de hacienda”, en que algunos quieren convertir al conductor de los espíritus”. Cien años después de estas palabras, en muchas partes de nuestra América se siente esta sensación de una educación insulsa y vacía de valores, que olvida que los estudiantes serán ciudadanos un día.

A Gabriela le inquietaban estas cuestiones trascendentales que debían formar parte de la educación de los niños y jóvenes de América, como lo manifiesta en el citado artículo: “Sin intención moral, con las lecturas escolares los maestros formamos sólo retóricos y diletantes; creamos ocios para las academias y los ateneos, pero no formamos lo que nuestra América necesita con una urgencia que a veces llega a parecerme trágica: generaciones con sentido moral, ciudadanos y mujeres puros y vigorosos e individuos en los cuales la cultura se haga militante, al vivificarse con la acción: se vuelva servicio”. Los acontecimientos socio-culturales que América vive desde hace algunos años, extremadamente violentos en varios casos, son prueba dolorosa de la ausencia de una real formación valórica recibida por nuestros estudiantes en las diferentes escuelas, liceos y universidades. La cultura y las humanidades como un legado invaluable de la historia, han desaparecido en muchos casos, de los propios currículos escolares. Y en nuestros países los profesores luchamos a diario por la valorización de la filosofía, la literatura, la historia y las artes como herramientas valóricas esenciales, para entregarles a nuestros estudiantes esa formación con sentido moral que hagan de ellos los mejores ciudadanos para el progreso de nuestros países americanos.

La vigencia de Gabriela Mistral en los principios que orientan la labor docente, asombra por la lucidez de sus planteamientos en una época de rígidas estructuras mentales y de atrasos socioculturales y económicos notables de nuestro continente americano. Sus palabras sobre la escuela rural, por ejemplo, parecen arrancadas del lamento de algún profesor de nuestra Latina América, sobre todo hoy, cuando el covid-19 ha desnudado la realidad de las escuelas rurales de la región: “El primero de los puntos trágicos de la escuela sudamericana es el campo […]. Una dotación de radios en las escuelas rurales permitiría, amigas y compañeros, la comunicación frecuente con vuestros colegas y olvidados relegados, los maestros de las escuelas perdidas en el riñón de la sierra” (El problema de la educación rural en América, 1938 en Gabriela Mistral.

Recados para hoy y mañana, Tomo II, Editorial Sudamericana, 1999, de Luis Vargas Saavedra). Recuerdo con qué efusión la prensa latinoamericana publicaba noticias de diversos lugares de nuestro continente sobre la importancia de la radio en las escuelas para enfrentar la pandemia del coronavirus que obligaba a quedarse en casa. Y hoy, cómo los gobiernos se esfuerzan para que internet llegue a todas las escuelas de su territorio. Pero muchas décadas antes, en México, Gabriela apelaba a la tecnología para ir en ayuda de la educación en aquellas regiones que ignoran la civilización. Un caso notable se dio en Chile: dos hermanos tenían que subir a un cerro para conectarse a internet y poder asistir a sus clases a distancia. Conmovida, una empresa les regaló internet en su casa y dos computadores. Pero el Congreso gasta millones y millones de dólares en él mismo, pagando hasta el peaje de los autos de los congresistas, sus cuentas telefónicas, su gasolina, en fin, todo. Mientras tanto, muchas escuelas del país se caen a pedazos, sobre todo las escuelas rurales. Gabriela hoy diría que algo huele mal en Chile, y seguramente en varias partes de nuestro aporreado continente.

En el mismo texto que acabamos de citar, de 1938, Gabriela Mistral se refiere así a los profesores: “La faena del maestro en América, desde Sarmiento hasta hoy, es tremenda y solo la conocen en su agria dureza los que en ella dejan la vida”. “Agria dureza”. Qué mejor reflexión para referirnos a la realidad del profesor este jueves 8 de abril de 2021. Ese profesor que de la noche a la mañana se vio enfrentado a un mundo de incertezas, con la incomprensión de una sociedad que dejó en sus manos la solución a los problemas planteados por el covid-19. Como si esos profesores tuviesen en sus manos una varita mágica para resolver desde los problemas psicológicos surgidos por la pandemia, hasta los problemas de conectividad de sus estudiantes, su escuela y sus colegas. La pandemia devino tragedia educacional, pues los estudiantes, inmersos en un sistema pasivo de educación en que ellos no eran más que receptores de un magíster dixit, se encontraron con que debían ser artífices de su propio aprendizaje y que sus profesores, a kilómetros de distancia, debían también asumir un rol para el que, tal vez, nunca estuvieron preparados, habituados a ser ellos los transmisores de un conocimiento que se encuentra ahora a un clic del ratón del computador.

Gabriela Mistral, en mayo 1919, tenía certeza de esta realidad. En un texto clave de su sentido de la educación, Métodos activos de instrucción, publicado en Mireya, Año I, N.1, en Punta Arenas y que nosotros citamos por Gabriela Mistral. Pasión de enseñar (Pensamiento pedagógico), Universidad de Valparaíso, 2018, edición a cargo de Cristián Warnken y Ernesto Pfeiffer, la maestra y Premio Nobel nos dice: “Jamás debe hacer el maestro lo que el niño puede hacer por sí mismo […]. Que no haya estado pasivo para el alumno; ante todo, el esfuerzo personal. Que el maestro cree el interés por el estudio, que solicite la curiosidad, que provoque la investigación […]”. ¿Le parecen conocidas esas palabras hoy, en plena pandemia? Y usa la analogía con la enseñanza que el ave madre Pechi-rojo, observada en el jardín de su casa, estimula el vuelo de su hijo temeroso. “Una de las mejores lecciones que he recibido”, dice. Termina el texto con esta frase que es una pura lección de cómo debe comprenderse el acto de enseñar en la escuela de nuestros días: “Que los institutores no pierdan de vista esta verdad: es preciso que siempre y a la vez, den y tomen, que aventajen y que sigan, que obren y dejen obrar”. Hoy al profesor ya se le llama tutor o instructor, y recordemos que en Colombia el institutor es el profesor, pedagogo o maestro.

Gabriela habla de “agria dureza” al referirse a la labor del profesor. Ella lo sabe porque lo vivió desde temprana edad, cuando motivada por su hermana Emelina comenzó a dar clases en la escuela Compañía Baja: “Comencé a trabajar en una escuela de la aldea llamada Compañía Baja a los catorce años, como hija de gente pobre y con padre ausente y un poco desasido […]. A la Directora no le caí bien […]. Mi jefe me padeció a mí y yo la padecí a ella. Debo haber llevado el aire distraído de los que guardan secreto, que tanto ofende a los demás” (El Oficio Lateral, 1949.

Citamos por La Vocación Vertical. El pensamiento de Gabriela Mistral sobre su oficio pedagógico, Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1992, de Álvaro Valenzuela Fuenzalida). Podría escribirse un libro solo con las dificultades que Gabriela vivió su vida docente. Dificultades sobre todo de índole social, de incomprensiones, de imposiciones. Nada muy diferente de lo que vive hoy el profesor, sujeto a sistemas normativos a veces incomprensibles para el ejercicio de la labor docente, denostado socialmente y hasta agredido físicamente, como suele leerse en los medios informativos de esta América nuestra.

Pero hay un episodio de su vida de maestra que no es posible callarlo en esta columna, pues alude a una realidad que quema, que solivianta el alma de todo profesor que sea un “encendedor de lámparas”, como lo dijo la propia Gabriela para referirse a aquellos profesores que trascienden la “masa de eruditos-polvo”, maestros carentes de espíritu. Los profesores del Liceo N. 6 de Niñas de Santiago se oponen a su nombramiento de Directora por no tener los estudios universitarios pertinentes, llamándola de “intrusa”. Esta fue la respuesta de Gabriela: “Yo no soy la intrusa que decís en el mundo de los niños […]. Intrusos son los que enseñan sin amor y belleza, en un automatismo que mata el fervor y traiciona a la ciencia y el arte mismo. Intrusos son los que sólo le piden a la enseñanza un sueldo mensual y le esquivan el esfuerzo de un cerebro flojo y la emoción del alma. Intrusos los que […] se sientan en la cima de una cultura mediocre a reposar satisfechos. Intrusos los que se apegan a un partido o a una institución cualquiera para que les reflejen su resplandor y les defiendan el pan de cada día” (La Intrusa en Roque Esteban Scarpa, La Desterrada en su patria, Tomo I, Editorial Nascimento, 1977). Todo profesor que sienta verdaderamente su profesión como un oficio sagrado, comprenderá el mensaje de Gabriela. Pero sin duda, hoy, la realidad de muchos docentes es la que esta “maestra rural” describe en sus amargas y durísimas palabras. Cuánta verdad representa ese “automatismo que mata el fervor y traiciona a la ciencia y el arte mismo”, o en aquellos profesores que “se sientan en la cima de una cultura mediocre a reposar satisfechos”.

Cuando la educación en América Latina se debate con mayor o menor entusiasmo, en todos aquellos aspectos que hacen de ella su esencia misma, desde la formación docente a la elaboración de las mallas curriculares; desde la inequidad de los recursos con que las instituciones educativas enfrentan el proceso enseñanza-aprendizaje, hasta la realidad socioeconómica y cultural del estudiantado que frecuenta nuestras escuelas, la presencia de Gabriela Mistral se hace indispensable en el debate, pues la clareza de su pensamiento en todos estos aspectos, apoyada en su trayectoria docente, en sus escritos diversos sobre pedagogía y el oficio docente, la colocan en el primer plano de la discusión seria sobre una educación “que ha perdido el rumbo”, aludiendo a la escuela de su tiempo. ¿Acaso nuestra educación no ha perdido también el rumbo?: “No ha mirado nuestra educación a las realidades de su tiempo, ha pecado de libresca” (en el citado texto de Roque Esteban Scarpa). Hoy la educación prepara gente para las empresas y la propia educación se ha convertido en una empresa más; no prepara ciudadanos para la vida del país, gente para vivir en sociedad. Y los currículos escolares se llenan de números y de pruebas competitivas cuyos resultados no revelan nada más que la tremenda injusticia social que es la marca registrada de esta América Latina. Y en el mismo texto recién citado plantea un tema esencial de la educación de los tiempos que vivimos: “Hay que pensar que negarle cultura a un país, es como negarle el alma a un hombre”. Cuando los profesores hablamos de educación hoy, ¿de qué temas hablamos? Lo único que nos diferencia de la época de Gabriela, es la tecnología que, curiosamente (o tal vez no tan curiosamente), ha desnudado muchos de los temas expuestos por esta maestra rural en sus tiempos.

En cuanto sigamos extraviados como sociedad, como escuela, como educadores, la presencia de Gabriela Mistral se hace insoslayable. Sus escritos merecen una revisión oportuna y una lectura contemporánea, para retomar sus lineamientos educativos que ya tienen más de cien años y permanecen, sin embargo, tan frescos en plena epidemia 2021. Después de todo, como ella lo dijo hace ya tanto tiempo: “La Escuela debe estar planteada en medio de la vida, como un árbol recogiendo el ambiente con poros vivos”.

 

 

Imagen portada: La ciudad de Santiago a Gabriela Mistral, mural en cerámica de Fernando Daza, ubicado en las faldas del costado sur del Cerro Santa Lucía, creado en 1971 y restaurado en 1997. foto: Rodrigo Fernández, 2013wikipedia.org

 

 

 

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Alejandro Carreño T.

Alejandro Carreño T.

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.