
A sala llena se llevó a cabo la segunda función de la única ópera escrita por Ludwig Van Beethoven con dirección musical de Martín García y dirección escénica de Nicolás Boni.
Antes del comienzo, escuchamos un anuncio de bienvenida bilingüe: en español y portugués, y también el reclamo sindical por atrasos de haberes, irregularidades, precarización; entre otros importantes asuntos.
Luego de un inicio instrumental, se abre el telón y vemos el escenario divido en dos: una parte más grande que correspondería a un patio carcelario, y otra con el espacio de los funcionarios, más iluminado y colorido aunque igualmente insalubre.
La escena nos presenta varias historias de amor entre distintos protagonistas, la puesta contemporánea nos muestra las tensiones en la vida de los funcionarios, que están también tras las rejas, presos del sistema. Vemos la cobardía de los poderosos y la dignidad que las personas pueden alcanzar en momentos límites. La iluminación juega con claridad y oscuridad para mostrar esos matices.
La elección de la programación de esta obra en el Mes de la Memoria y con el eco de la multitudinaria Marcha del Silencio aún resonando en las calles, no puede ser más pertinente, ya que muestra la situación de los desaparecidos, el sufrimiento de quienes los buscan y la crueldad de los responsables de crímenes de lesa humanidad.
El mensaje del amor como respuesta a todo es lo que atraviesa esta obra, así como el concepto de justicia que no alcanza al criminal, un reclamo que sigue vigente, no importa el lugar ni el momento.
Luego de un pequeño intervalo, el segundo acto nos presenta un cambio de escenario: nos lleva a las catacumbas con su oscuridad y miseria, mientras la orquesta pone un velo de suspenso y misterio.
El concepto del sacrificio por honor, por perseguir la verdad, en estos tiempos de fake news, es esperanzador.
El coro masculino en el primer acto sonaba muy bien, pero el ritmo del canto del preso ahora, me suena mucho más alegre que lo que veníamos oyendo, incluso teniendo en cuenta que me sugiere un tema tan delicado como la eutanasia (también muy relevante en este momento en nuestro país, donde se acaba de implementar y reglamentar).
El mensaje “todos somos hijos” y el espíritu solidario del personaje de Leonora, que nos transmite que no importa quién sea el desdichado: merece vivir, merece ser salvado; es de una vigencia estremecedora. El sentimiento ambivalente entre la alegría de encontrar a un desaparecido (en este caso, vivo) y la angustia de constatar su miseria y su sufrimiento, nos remite a imaginar lo que han sentido cientos de familiares cada vez que se anuncia algún hallazgo. Otros conceptos como la obediencia debida y la valentía del funcionario honesto atraviesan esta obra.
Luego del encuentro entre Leonora y Florestán que fue ovacionado, baja el telón y se produce el último cambio de escenario, donde se producirá la liberación de los presos y el encuentro con el pueblo mayormente femenino, ataviado de icónicos pañuelos en la cabeza, que no ha cejado en la búsqueda de sus seres queridos. Los conceptos de justicia y clemencia unidos, el símbolo de la liberación en la revelación del sexo de Leonora, la escena final con todo el pueblo entrelazado cantando más el lucimiento de los solistas, nos dice que nunca habrá suficientes voces para reclamar las injusticias.
Realmente una obra excelentemente elegida, actuada, cantada. Grandes interpretaciones musicales, vocales y actorales. Todo un gran acierto, salimos conmovidos.













































