Resulta casi irónico estar escribiendo esta recomendación en medio de una tormenta importante, después de una jornada soleada y fresca. Pero el clima es así: predecible en algunos lugares y, en otros, tan cambiante como para obligarnos a salir de casa con protector solar y paraguas durante el mismo día.
Claro que equivocarnos al mirar el pronóstico hoy en día puede significar mojarnos, pasar frío o cargar inútilmente con un abrigo, sin embargo en junio de 1944, una previsión meteorológica equivocada podía alterar el curso de la Segunda Guerra Mundial.
El Día D: bajo presión se concentra en las 72 horas previas al desembarco de Normandía y observa uno de los acontecimientos más representados por el cine bélico desde una perspectiva poco explorada: la de los meteorólogos encargados de decidir si existían las condiciones necesarias para poner en marcha la Operación Overlord.
El Día D ha sido reconstruido muchas veces en el cine y la televisión. El día más largo, estrenada en 1962, procuró ofrecer una mirada panorámica de la invasión, siguiendo tanto a los aliados como a los alemanes y combinando las decisiones de los altos mandos con los combates en las playas. Rescatando al soldado Ryan, de Steven Spielberg, colocó al espectador junto a los soldados que desembarcaban en Omaha y convirtió los primeros minutos de la película en una experiencia física, brutal y profundamente subjetiva. La miniserie Hermanos de sangre, por su parte, siguió a los paracaidistas de la Compañía Easy, lanzados sobre territorio francés durante la madrugada del 6 de junio. Incluso Ike: Countdown to D-Day había abordado los preparativos desde el punto de vista de Dwight D. Eisenhower y los conflictos políticos y militares que debió administrar.
Ahora, La película de Anthony Maras encuentra, un nuevo espacio desde el cual contar una historia que creemos conocer de sobra. Acá la guerra todavía no ha comenzado en las playas, la película se desarrolla en oficinas, salas de reuniones y pasillos en los que circulan informes, mapas, cálculos y opiniones contradictorias. El enemigo más inmediato no es el ejército contrario, sino una masa de aire inestable avanzando sobre el canal de la Mancha.
Andrew Scott interpreta a James Stagg, el meteorólogo escocés encargado de presentar a Eisenhower un pronóstico que nadie puede garantizar por completo. Brendan Fraser encarna al comandante supremo de las fuerzas aliadas, mientras que Kerry Condon, Chris Messina y Damian Lewis completan el elenco. La película fue dirigida por Maras y escrita junto con David Haig, a partir de la obra teatral que este último estrenó en 2014.
El problema no consistía únicamente en saber si iba a llover. Para que la invasión fuera posible debían coincidir una serie de condiciones extremadamente específicas: los paracaidistas necesitaban suficiente luz para reconocer las zonas de descenso; la aviación requería buena visibilidad y una altura adecuada de las nubes; el mar debía permitir el avance de miles de embarcaciones, y la marea baja tenía que dejar expuestos los obstáculos y las defensas colocadas por los alemanes en las playas. La combinación de luna, mareas y condiciones atmosféricas reducía las fechas posibles a una ventana muy estrecha.
A eso se sumaban las limitaciones tecnológicas de la meteorología de la época. No existían satélites, radares, ni modelos informáticos capaces de procesar enormes cantidades de datos. Los pronósticos se elaboraban a partir de observaciones realizadas en estaciones, barcos y aviones, muchas veces incompletas o recibidas con retraso. Los mapas se dibujaban a mano y los distintos equipos meteorológicos ni siquiera coincidían en los métodos utilizados para interpretar la información. Mientras el estadounidense Irving Krick confiaba en un sistema basado en la comparación con patrones anteriores, los británicos advertían sobre una depresión que podía convertir el desembarco en una catástrofe.
Stagg no solo debía adivinar si iba a llover, tenía que reunir datos contradictorios, reconocer los límites de su propia ciencia y decirles a algunos de los hombres más poderosos del mundo algo que no querían escuchar: que tal vez debían detener una operación preparada durante meses.
Eisenhower, mientras tanto, era quien tenía que pronunciar la palabra definitiva. Postergar implicaba retirar embarcaciones que ya habían comenzado a desplazarse, mantener a cientos de miles de hombres esperando y asumir el riesgo de que los alemanes descubrieran el verdadero lugar de la invasión. Por otro lado, avanzar con malas condiciones podía dispersar a los paracaidistas, impedir el apoyo aéreo, hundir las lanchas antes de llegar a la costa y transformar las playas en una trampa mortal.

Además, el recuerdo de la Operación Tigre todavía estaba demasiado presente. En abril de 1944, durante un ensayo general del desembarco realizado en las costas de Devon, embarcaciones alemanas sorprendieron a un convoy aliado y provocaron la muerte de cientos de soldados estadounidenses. A las bajas causadas por el ataque se sumaron errores de coordinación, problemas de comunicación y fallas en los procedimientos de rescate. Aquella tragedia, mantenida en secreto durante años, había demostrado que incluso una operación cuidadosamente planificada podía desmoronarse en cuestión de minutos.
Por eso, la decisión que debía tomar Eisenhower no podía dejar ningún cabo suelto. Había demasiadas vidas en juego, pero también se estaba definiendo el futuro de Europa. Si la invasión fracasaba, no solo se perderían hombres, embarcaciones y recursos imposibles de reemplazar rápidamente: también podía desaparecer la oportunidad de abrir el frente occidental y comenzar la liberación de los territorios ocupados por el nazismo.
Esta película encuentra su mayor fortaleza precisamente en esa espera. En lugar de recurrir a grandes escenas de combate, construye la tensión alrededor de conversaciones, pronósticos contradictorios y silencios cargados de responsabilidad. Todos conocen la magnitud de lo que está a punto de ocurrir, pero ninguno posee la certeza absoluta que la situación parece exigir.
Día D enfrenta dos formas de entender la toma de decisiones: por un lado, están quienes confían en las estadísticas, en los patrones conocidos y en la necesidad de mantener el plan original. Por otro, quienes observan señales que no encajan y se atreven a advertir que el clima puede comportarse de una manera diferente a la esperada. Stagg debe defender su pronóstico frente a militares que necesitan respuestas claras, aun cuando la meteorología solo puede ofrecer probabilidades.
Andrew Scott transmite muy bien esa incomodidad. Su personaje no es un héroe de guerra en el sentido tradicional, no empuña un arma ni dirige tropas en el campo de batalla. Su valentía consiste en sostener una opinión impopular y asumir las consecuencias de estar equivocado. Brendan Fraser, compone a un Eisenhower atravesado por el peso de una decisión que, aunque se construye colectivamente, finalmente debe tomar en soledad.
Cuando la decisión finalmente está tomada, la película abandona por unos instantes las salas de reuniones para mostrar la magnitud de aquello que se estaba poniendo en marcha. El director incorpora imágenes reales del desembarco, registradas en 35 milímetros durante el Día D, posteriormente digitalizadas y coloreadas para integrarlas con las recreaciones. El recurso no solo aporta veracidad, sino que transforma en rostros, cuerpos y embarcaciones concretas las consecuencias de todas aquellas discusiones sostenidas alrededor de una mesa.
Recomiendo esta película que estrena el 6 de agosto en salas de nuestro país (Uruguay) y me quedo pensando en que generalmente pensamos en el clima como una molestia cotidiana, un dato para planear o cancelar un evento solo importante para nosotros o una simple conversación de ascensor, pero hubo una noche en la que un grupo de personas intentó descifrarlo sabiendo que, de acertar o equivocarse, podía depender el rumbo de la historia.