
Cómo impresiona llegar al Solís y ver el telón cerrado. Qué elegancia y qué majestuosidad.
Función del viernes 13, que se repetiría el sábado 14.
A la entrada del concierto entregaban un programa finamente impreso, con un código QR que te lleva al programa digital. Una mezcla de dos mundos: físico y virtual, siglos XX y XXI. Bueno es llevarse un recuerdo, pero también tener la ficha técnica del espectáculo y la gira, en formato digital y compartible.
El público conocedor dialoga respecto a si Fernando Cabrera tocará guitarra eléctrica o acústica, ya que (según ellos) últimamente solo toca con Gibson o Stratocaster. Finalmente, fue una Gretsch Electromatic (gracias Martín Laco).
Es la segunda vez en su vida que estos grandes artistas se juntan para cantar. La primera fue en La Trastienda de Buenos Aires, aparentemente con el mismo espectáculo. Una se pregunta porqué no lo hicieron antes, siendo que parece tan natural el ensamble sobre el escenario.
Se sube el telón y con un sencillo “buenas” del gran Hugo Fattoruso se presentan ambos artistas en el escenario con una instalación de luces redondas verticales.
Fueron recibidos por un gran aplauso, para luego colocarse en sus instrumentos: Fernando a la derecha con guitarra y atril y retorno al piso, Hugo a la izquierda con teclado y gran piano de cola, retorno en auriculares externos. Dos formas de actuar.
Comienzan ambos tocando, Hugo cantando Alas Blancas y Fernando le hace los coros.
Sigue Cabrera con Viva la patria, aquella que empieza “Nací en el Hospital Canzani…” y que es mezcla de canción y recitado, y habla de nacimientos y de la vida en un Montevideo que fue y sigue siendo. Fattoruso descubre allí su tercer instrumento: el acordeón, que incorporará en varias canciones.
Los artistas intercalan canciones de su repertorio, uno canta, ambos tocan, se corean respectivamente, se turnan en las estrofas. Insisto, qué natural parece ser, que canten juntos.
Hugo se mueve entre sus instrumentos, Fernando apenas cambia de posición mientras pasa las hojas en el atril.
La escena va cambiando gracias a la excelente iluminación, con fondos como puntos, estrellas o rojo carmesí, alternando con las luces verticales.
Las canciones se entrelazan pasando por diversos ritmos. La milonga La presentida me hace descubrir al versátil cantor que es Hugo, y qué manera de pronunciar la “ll” que tiene, pura uruguayez.
Los artistas apenas se hablan. Intercalan sonrisas, miradas, algunas pícaras, están felices.
A Cabrera le cuesta más llegar a la afinación en alguna primera estrofa, se recupera en la segunda. Cuánta más fragilidad, parece que el público cautivo le permite todo, y le aplaude más aún.
Luego del tango Araca la cana muy celebrado, con La casa de al lado, en versión “candombeada” llega la primera ovación.
En la función del viernes los artistas no hablan, no se dirigen al público, no presentan las canciones, no se detienen, no toman agua. Es una canción detrás de otra. Me dicen que el sábado hicieron algunos chistes. Afortunado ese público. Nosotros sólo tuvimos un travieso “nos dicen que no presentamos las canciones, vuelvan mañana”.
Otra palabra se cruzan: “epílogo” y un gesto de “nos vamos” para finalizar la actuación con Candombe en tres y es de locos como Hugo logra hacernos creer como estamos escuchando los tres tambores.
Se levantan, se abrazan, saludan y se van ovacionados, todo el teatro de pie ante la atenta mirada de la productora Lea Bensasson.
Luego del incesante aplauso, la pareja vuelve al escenario, se saca algunas fotos con el público de fondo y vuelven para despedirse con Pueblo de Cabrera y Nueva de Fattoruso.
Me llega esta apreciación: “Son dos músicos increíbles que ya estan del otro lado. Logran una potencia musical entre los dos que parece que hubiera 10 músicos en escena. Hugo con sus teclas crea un universo sonoro indescriptible. Logra aportar al mundo Cabrera una liviandad y calidez hermosa. A su vez, Cabrera acompañando a Hugo se muestra con un perfil nuevo, ya que cuando toca solo o con su banda realiza una búsqueda más esencial y ayer le vi un perfil más virtuoso. Me encantó el cruce de ambos, cada uno en su viaje pero conectandose y enriqueciendose del viaje del otro. Mucha cosa sutil. Vi apertura y goce. Por otro lado, no sé si habrá pasado el viernes pero el sábado todo el teatro terminó cantando super bajito, sabiendo que Cabrera es histérico con respecto a esto. Se dio ese toque delicado de auto respeto que fue grandioso.”
Finalmente se despiden con una sonrisa. El viernes el público de los palcos comenzó un aplauso rítmico durante bastante tiempo, pero fue más un juego interno, creo, que una verdadera convocatoria para un “tris”. La gente es insaciable, siempre quiere más de lo bueno.
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