Uruguayan Sadness - Merch de Incluso si es un susurro soviético en conjunto con Deloalto
“Uruguayan Sadness”: el nuevo disco de Incluso si es un susurro soviético convertirá el 25 de agosto en una pregunta sobre la memoria, la independencia y ese patrimonio afectivo que también construye la identidad uruguaya.
Cada 25 de agosto Uruguay vuelve a representarse a sí mismo.
Las escuelas preparan actos. Los caballos vuelven a ocupar las calles. Las banderas aparecen en balcones y edificios públicos. Los discursos recuperan palabras conocidas: independencia, patria, libertad, soberanía.
Las fechas patrias tienen esa extraña capacidad de parecer inmóviles. Como si el país pudiera regresar, año tras año, al mismo lugar simbólico sin hacerse nuevas preguntas.
Pero hay artistas que entienden que las efemérides también pueden intervenirse. Que la cultura no existe para decorar los relatos nacionales, sino para discutirlos.
Por eso no parece casual que Incluso si es un susurro soviético haya decidido publicar Uruguayan Sadness precisamente un 25 de agosto (con el sello Little Butterfly Records).
No porque el disco cuestione la independencia sino porque pregunta qué significa ser verdaderamente independientes y porque recuerda que existen libertades que no se decretan una vez en la historia, sino que deben construirse generación tras generación.
En esa decisión estética también hay una decisión política. Una política de la memoria. Una política de los afectos. Una política que entiende que un país también está hecho de aquello que todavía duele.
En los últimos años se volvió frecuente describir a Uruguay como un país melancólico. La palabra aparece con facilidad. Se repite. Se convierte casi en una caricatura.
El uruguayo triste. El cielo gris. El mate. La nostalgia.
Pero Uruguayan Sadness propone otra lectura.
La tristeza que atraviesa este disco no funciona como un rasgo psicológico. Funciona como un patrimonio afectivo.
Algo que no pertenece solamente a quien lo siente. Algo que se hereda. Algo que circula entre generaciones. Algo que permanece incluso cuando quienes cargaron originalmente ese dolor ya no están.
Hay memorias que llegan por fotografías. Otras por relatos familiares y existen memorias que llegan por silencios. Silencios alrededor de la mesa. Silencios que cambian una conversación. Silencios que enseñan, incluso sin proponérselo, cómo un país aprende a convivir con aquello que todavía no pudo resolver.
En Tristeza uruguaya, uno de los adelantos del disco, esa memoria adquiere un nombre propio: Luis Alberto Camacho.
Luis Alberto Camacho tenía veintiún años cuando fue asesinado y desaparecido en Buenos Aires durante el terrorismo de Estado. Décadas más tarde, sus restos regresaron a Paso de los Toros.
Pero el regreso de un cuerpo nunca clausura la historia porque la desaparición forzada no termina únicamente con una vida también reorganiza las vidas de quienes permanecen.
Las familias aprenden a recordar de otra manera. Los hijos y los sobrinos heredan preguntas que nunca formularon. Las generaciones nacidas en democracia descubren que existen dolores anteriores a ellas que, sin embargo, también les pertenecen.
Por eso la canción no habla únicamente de la historia familiar de Federico Cáceres. Habla de Uruguay.
Durante una extensa – y necesaria – conversación con Natalia Soboredo y Federico Cáceres, repitieron, desde distintos lugares, una misma intuición: Que la honestidad sigue siendo un acto profundamente contracultural.
Mientras buena parte del presente exige productividad constante, éxito permanente y felicidad obligatoria, Incluso insiste en otra forma de estar en el mundo. Mostrar la fragilidad. Aceptar el cansancio. Hablar de aquello que duele. Construir espacios donde nadie tenga que fingir estar bien.
Quizás por eso sus recitales se parecen menos a un espectáculo que a una reunión. Los escenarios permanecen bajos. Las bandas miran tocar a otras bandas. No existen jerarquías visibles.
Los músicos terminan abrazándose con el público como si todos hubieran llegado al mismo lugar por caminos diferentes.
El Tacua Noise, cuya su nueva edición montevideana será que el próximo 22 de agosto, funcionará exactamente bajo esa lógica.
No organiza solamente conciertos. Organiza una comunidad y esa diferencia resulta decisiva.
Hay una frase que sobrevuela todo Uruguayan Sadness.
No aparece necesariamente escrita en una canción. Aparece como horizonte:
Repensar de dónde venimos y cuáles son las tradiciones que queremos seguir repitiendo. Y, sí, hace falta crear nuevas tradiciones.

Incluso si es un susurro soviético: “La honestidad no está del lado de la felicidad obligatoria”
Uruguay siempre intenta negar algo que, en el fondo, todos sabemos: que somos un pueblo bastante introspectivo. Pareciera que hay una obligación de mostrarnos siempre optimistas, cuando en realidad nuestra cultura tiene otra sensibilidad. Creo que este disco resume una filosofía que ustedes vienen construyendo desde hace años. ¿Lo sienten así?
Federico Cáceres: “Sí. Incluso nació – y este disco también se grabó – con lo que hubiera en casa: computadoras viejas, guitarras usadas, equipos limitados. Hoy eso ya es casi una búsqueda estética, pero al principio era simplemente la forma que teníamos de trabajar. Aprendimos a querer esas herramientas porque fueron las que nos permitieron hacer canciones.
Tengo una guitarra con la que grabé los primeros discos de Incluso. Era de Facundo, de VHS. Está toda intervenida, golpeada, llena de historia. Nunca la cambiaría por otra porque ahí quedaron todas esas noches de desvelo componiendo.
También teníamos un sello independiente casi ficticio que llamábamos Gaze Free Records. La idea era llevar todavía más lejos el espíritu Lo-Fi. Para mí era importante dejar incluso los errores en las grabaciones. Si estaba registrando una guitarra y se movía un cable, ese ruido podía quedar en el disco. Me gustaba mostrar la canción tal como había nacido: humana, imperfecta, sin maquillaje”.
Lo que para ustedes puede ser un “error”, para quien escucha termina siendo una estética muy definida.
Federico Cáceres: “Exactamente. Y también una forma de trabajar. Muchas canciones nacen y se terminan en un mismo día. Si sobreviven a ese impulso inicial, probablemente terminen formando parte de un disco. Si no, quedan por el camino. Nunca fui de corregirlas durante años, Nuestra honestidad no está del lado de la felicidad obligatoria”
¿Sienten que todavía existe cierto prejuicio hacia quienes hablan de las emociones? Como si mostrar tristeza fuera acercarse peligrosamente a lo cursi.
Federico Cáceres: “Si alguien nos ve arriba del escenario capaz piensa: “¿Quién los obligó a subir?”. (Ríe). Pero nadie nos obligó. Nosotros elegimos hacer estas canciones. Nos gusta ser reales”.
Natalia Soboredo: “Creo que eso se dio de forma muy espontánea. Las primeras canciones las compartíamos entre cuatro paredes. Después esas cuatro paredes se transformaron en escenarios, pero nunca dejamos de sentir que simplemente estábamos mostrando algo muy íntimo.
Con el tiempo esa espontaneidad se volvió una búsqueda consciente.
Queremos seguir transitando un camino donde la honestidad sea lo principal.
Y, en nuestro caso, la honestidad no está del lado de la felicidad obligatoria.
Vivimos en una época donde parece que siempre hay que sonreír, donde estar triste casi molesta a los demás. Sin embargo, cualquier persona atraviesa momentos difíciles. Lo raro sería no hacerlo.
Hay una presión constante para esconder esas emociones.
Y creemos que ahí hay un problema mucho más profundo que la música”.
Esa sensación también aparece en el Tacua Noise.
Natalia Soboredo: “Totalmente. Todo lo que hacemos —los proyectos musicales, el festival, los espacios que intentamos generar— nace del deseo de construir lugares donde cualquiera pueda ser quien realmente es.
No tener que ponerse una máscara para pertenecer.
Que simplemente una sensibilidad compartida alcance para sentirse parte. Por eso insistimos tanto en que los escenarios sean bajos. Que las bandas puedan mirar tocar a las otras bandas. Que el público y los músicos compartan el mismo espacio.
La horizontalidad no es solamente una decisión organizativa. Es una forma de entender cómo queremos relacionarnos”.
Federico Cáceres: “Nunca nos interesó tener un gran headliner.
Nos gusta que una banda que recién empieza pueda estar viendo tocar a otra con más recorrido, y viceversa.
Que nadie sea más importante que nadie.
Eso también es el Tacua Noise“.
“Encontrarnos en la tristeza también puede ser una forma de comunidad”
Cuando estuve en Tacuarembó el año pasado sentí exactamente eso. No sabía quién era público y quién iba a subir después al escenario.
Natalia Soboredo: “Porque esa es la idea. Una cosa es la grilla. Otra muy distinta es la escena.
La escena también son quienes organizan, quienes escriben, quienes sacan fotos, quienes viajan para cubrir el festival, quienes llegan solos y terminan hablando con alguien.
Todo eso forma parte de una comunidad viva.
Después entendimos otra cosa. Que encontrarnos desde la tristeza también puede ser una forma de vincularnos. No para quedarnos ahí sino porque reconocer esa sensibilidad compartida también puede hacernos sentir mejor”.
“La fragilidad también puede ser un acto político”
Hay algo que siempre me llama la atención. En sus recitales se abrazan, se besan, muestran cariño arriba del escenario con una naturalidad que todavía cuesta encontrar en otros ámbitos.
Federico Cáceres: “Capaz alguno dirá: “Qué cringe”. Pero si en ese momento sentía ganas de abrazar a Nati, la abrazaba”.
Natalia Soboredo: “Estamos muy bombardeados por discursos que nos dicen que siempre tenemos que ser exitosos, fuertes, productivos.
Todo el tiempo construyendo una imagen y casi no queda espacio para mostrarse roto, vulnerable o simplemente cansado.
Nosotros preferimos construir lugares donde eso también tenga lugar porque la vida no consiste en correr permanentemente detrás del éxito. Consiste también en detenerse, pensar y compartir con otros aquello que uno realmente siente”.
El Tacua Noise será el 22 de agosto en Sala Rondeau y apenas tres días después sale Uruguayan Sadness. No deja de ser llamativo que eligieran justamente el 25 de agosto, una fecha tan cargada de simbolismo para Uruguay.
Federico Cáceres: “Me gusta elegir fechas incómodas para los lanzamientos. Cuando salió Vorkutá, con Hangwire, elegí el 1° de mayo y me decían: “No pongas un feriado, es el Día de los Trabajadores”. Justamente por eso.
Ahora pasará algo parecido. Algunos amigos me preguntaban si no era raro sacar un disco ese día porque era la independencia uruguaya y les decía: justamente por eso: Es necesario generar una pregunta. Abrir una conversación”.
En la gacetilla aparece la idea de resignificar la independencia abrazando nuestra tristeza y nuestra melancolía como parte de la identidad uruguaya.
Federico Cáceres: “Sí. También hablamos de la idea de una soberanía en la memoria“.
Natalia Soboredo: “Más que discutir la independencia, lo que nos interesa es repensar de dónde venimos. Preguntarnos cuáles son los valores que queremos abrazar. Cuáles son las tradiciones que queremos seguir repitiendo y si en algún momento también tenemos que crear nuevas tradiciones.
No porque todo lo anterior haya estado mal. Hay muchísimas cosas valiosas. Pero creemos que es necesario mirar nuestro pasado de forma crítica para pensar hacia dónde queremos ir”.
Una sensibilidad que también nace en el interior
Muchas veces se asocia a Tacuarembó exclusivamente con el folclore, pero ustedes eligieron otro camino.
Federico Cáceres: “Sí. Creo que mucha gente espera que una banda de Tacuarembó haga folclore. Nosotros encontramos otra raíz: El post-punk.
Ahí descubrimos que el sonido también podía expresar tristeza, dolor, introspección.
Joy Division, The Smiths, The Cure, fueron y son artistas que nos mostraron que la música podía hablar de esas emociones sin esconderlas. Ese lenguaje terminó siendo muy importante para nosotros”.
Natalia Soboredo: “Igual uno nunca puede escapar del lugar donde se crió.
Más allá del género musical, siempre aparece la sensibilidad del territorio y ahí sí sentimos que estamos profundamente ligados a nuestras raíces.
La tristeza, si se quiere llamar así, siempre estuvo presente pero también descubrimos algo muy lindo y es que encontrarnos en esa sensibilidad también puede ser una forma de construir comunidad. No para quedarnos encerrados en la tristeza sino porque compartirla también nos hace sentir acompañados”.
También pienso en Darnauchans. Él podría haber hecho solamente música tradicional. Sin embargo decidió mirar hacia otros lugares.
Federico Cáceres: “Exactamente. Nunca negamos nuestras raíces.
La Patria Gaucha. El folclore. Todo eso está. Pero al mismo tiempo existe una contracultura. Está viva y necesita sus propios espacios. Eso también intenta mostrar el Tacua Noise.
Que desde Tacuarembó pueden surgir otros sonidos y que esos sonidos también forman parte de la identidad del departamento.
No reemplazan ninguna tradición. Construyen nuevas”.
Muchos artistas sienten que para desarrollarse tienen que irse a Montevideo. Ustedes eligieron otro camino.
Federico Cáceres: “Sí. Ya ser una banda de Tacuarembó parecía difícil. Imaginar tocar en Montevideo parecía todavía más lejano pero nunca quisimos sentir que para crecer había que abandonar el lugar donde nacimos.
Algunos vivimos un tiempo en otros lados. Otros nunca se fueron. Pero todos elegimos volver. Quedarnos. Porque esta también es nuestra tierra y desde acá también se puede construir una escena”.
“El disco terminó encontrando su propio nombre”
Volviendo a Uruguayan Sadness, parece un disco pensado como una obra completa, no solamente como una colección de canciones.
Federico Cáceres: “Sí. Este disco fue mucho más conceptual. El nombre Uruguayan Sadness venía dando vueltas desde hacía tiempo, pero cuando apareció “Tristeza uruguaya” sentimos que esa canción condensaba todo lo que queríamos decir.
A partir de ahí entendimos cuál era realmente el eje del disco.
Hay canciones que siguen hablando de despedidas, de pérdidas o de recuerdos, pero todas quedaron atravesadas por esa misma idea. Incluso incorporé textos hablados y poemas que había escrito antes. Todo empezó a dialogar entre sí. La memoria es el verdadero territorio soberano“
Natalia Soboredo: “Fue muy difícil ponerle palabras. Pensábamos mucho en el mundo en el que vivimos.
En la obligación permanente de estar felices. En las modas. En el consumo. En todo eso que cambia constantemente. Y ahí apareció una idea que terminó atravesando todo el disco.
Lo que dura poco se pone de moda y después desaparece. En cambio, la memoria permanece.
Por eso sentimos que la memoria es la verdadera independencia y el verdadero territorio soberano.
Es aquello que sigue formando parte de quienes somos. De nuestra identidad. Incluso para quienes nacimos muchos años después y no vivimos la dictadura porque esa historia también nos atravesó. Todavía forma parte de nosotros. Todavía hay cosas que siguen sin resolverse y por eso recordar también es una forma de construir soberanía”.
A su vez, el corte “Tristeza uruguaya” nace de una historia profundamente personal.
Federico Cáceres: “Sí. Durante mucho tiempo la única persona que me habló de Luis Alberto Camacho fue mi madre. Era su hermano. Ella me contaba todo lo que sabía. Lo que recordaba. También lo que nunca había podido saber.
Con el resto de la familia prácticamente no se hablaba del tema. Era un silencio enorme.
Después empecé a buscar. Pude ponerme en contacto con otros familiares. Con personas que también estaban reconstruyendo esa historia. Con gente que compartía una misma ausencia y ahí entendí que no era solamente una historia de mi familia. Había muchas otras familias haciendo exactamente el mismo recorrido.
También empecé a buscar documentos, fotografías, cartas que amigos de Luis Alberto le habían entregado a mi madre hace muchos años. Busqué registros oficiales. Leí expedientes.
Incluso utilicé herramientas de inteligencia artificial para reconstruir el lugar exacto donde había ocurrido el operativo en Buenos Aires, porque las calles habían cambiado de nombre desde 1976.
Encontrar ese lugar no cambia lo que pasó pero también es una forma de acercarse.
Algún día me gustaría ir aunque ya no quede nada porque la memoria también necesita lugares”.
Muchas veces la memoria aparece asociada únicamente al dolor. Sin embargo ustedes hablan de ella desde otro lugar.
Natalia Soboredo: “Sí. Nos preguntábamos mucho cómo encontrar luz dentro de un tema tan duro porque parece que cuando uno habla de desapariciones forzadas solamente pudiera hablar desde la oscuridad.
Y no. También queríamos permitirnos recordar a esas personas desde la vida. Desde lo que fueron. Desde sus vínculos. Desde su humanidad. Abrazar esos recuerdos. No para negar el horror sino para impedir que el horror sea lo único que permanezca.
Creo que eso también es una forma de justicia”.
Federico Cáceres: “Hay algo que también me emociona. Espero que esta canción le haga bien a mi madre porque siento que durante muchísimo tiempo cargó esa historia casi en soledad y me gusta pensar que ahora puede mirar este disco y sentir que su hermano sigue estando. Que sigue siendo nombrado. Que nuevas generaciones van a conocer quién fue. Que su historia no desapareció junto con él y que su muerte no fue en vano”.
Escuchando a Natalia y Federico resulta inevitable comprender que Tristeza uruguaya nunca fue solamente una canción. Es un acto de restitución.
Durante décadas el terrorismo de Estado intentó borrar cuerpos, nombres e historias. La canción hace exactamente lo contrario. Vuelve a nombrar. Vuelve a reunir fotografías, cartas, recuerdos y voces. Convierte una memoria familiar en patrimonio colectivo.
Quizás por eso Uruguayan Sadness eligió nacer un 25 de agosto.
Porque la independencia no termina cuando un país rompe un vínculo colonial, también empieza cuando una sociedad decide no olvidar y cuando entiende que la soberanía más profunda no siempre está dibujada en un mapa.
A veces habita, sencillamente, en la memoria.