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Anoche descubrí la Sala Rondeau, un espacio que parece pensado para esos conciertos donde la cercanía transforma la escucha. Hay espectáculos que necesitan intimidad para desplegar todo lo que son, y este fue uno de ellos. Recién abierta en La Aguada, la sala combina un equipo de trabajo cálido con un sonido y una iluminación cuidadosamente resueltos, creando una atmósfera acogedora donde la música encuentra el lugar para respirar. Habitar en este caso las canciones que nacen en el encuentro entre Julieta Diaz y Diego Presa resultó muy fácil.
Me gusta pensar que la cercanía entre ellos dos genera el lugar de la composición, de la intimidad, el origen y que el quinteto (completado por Ariel Iglesias, Santiago Peralta y Checo Anselmi) como experiencia en vivo es el movimiento, la potencia colectiva. No como dos proyectos distintos, sino como dos estados de una misma obra.
Cada canción nace en un espacio íntimo, se puede sentir en ellas la cercanía con Julieta y Diego, se puede identificar la producción musical que define el universo sonoro de cada canción. Ese primer impulso, pensado para dos voces, crece cuando se encuentra con el quinteto. Allí aparecen nuevas texturas, contrapuntos y dinámicas que expanden la emoción original sin perder de vista su esencia. La noche nos propuso recorrer ese camino: desde el origen de cada canción hasta su despliegue colectivo.
Ambos llegan al proyecto con universos artísticos propios, pero lo interesante no está en las diferencias, sino en la manera en que se encuentran. Hay una conversación permanente entre la voz de Julieta y la música de Diego, una afinidad que no responde solo a lo técnico, sino a una sensibilidad compartida. El timbre de ella parece encontrar un espacio natural dentro del paisaje sonoro que él construye, y esa escucha mutua termina definiendo la identidad musical.
Esa conexión que parece fruto de una coincidencia da lugar a la sinergia que se percibe en los pequeños gestos: en los silencios, en los tiempos que se dan, en la forma en que una decisión musical abre lugar para la otra voz. Hay algo coreográfico en esa dinámica; una danza donde ninguno necesita imponerse para que el conjunto avance.
En estos tiempos que muchas veces premian la afirmación de la individualidad, el proyecto encuentra fuerza en otra dirección. Construye desde el diálogo, la escucha y la confianza. No se trata de diluir las identidades, sino de descubrir qué aparece cuando dos miradas dejan de buscar protagonismo y empiezan a construir un lenguaje común.
Quizás por eso la intimidad que propone el concierto no tiene que ver únicamente con el formato quinteto o la cercanía física. Es una intimidad que nace cuando se deja de escapar del encuentro con el otro. Cuando la música deja de ser una demostración para convertirse en una conversación. Y el público, más que un espectador, termina siendo invitado a formar parte de ella.
Formamos parte, entonces, de un territorio donde la verdad ya no pregunta y los bordes dejan de tener límites. Un lugar donde la búsqueda nunca termina; donde llorar es también volver a una misma, donde hay que poner el cuerpo para comprender lo que sucede por dentro y descubrir la luz del río.
Un lugar del que a veces hay que partir para poder regresar, si es que todavía no nos encontramos. Donde el rocío se posa sobre flores negras y las bestias agonizan bajo una mirada dulce. Donde se seca el llanto, cae el sol y el lobo sigue gritando hambre.
Allí también se busca un hogar, un techo. El tordo vuela en línea recta como un dolor nuevo. Se aprende a callar hacia adentro, a mirar la espera y a vivir sin tiempo. Hay dolor, corazón, nervio y piel. Hay decisiones que solo pueden tomarse cuando una llega a la encrucijada.
Es un lugar donde el frío no hace más que volvernos fuego: un tornado dulce, un perfume, una piel. Donde las palabras recuperan algo de sagrado y abrir el cuerpo puede ser un acto de libertad. Donde besarnos es volver a empezar el amor.
Es el lugar donde el azul ya es casi noche, donde una quisiera ser bruma. Donde todavía se vuelve a Gabo y a Zitarrosa, donde refleja el rojo, una y mil veces rojo. Un lugar donde, finalmente, todo cala hasta el hueso.