Rebelión de la granja de George Orwell - foto Federico Meneses www.cooltivarte.com

De Rebelión en la granja a 1984

Cuando se lee ‘1984’ (1949), la célebre novela de George Orwell, nacido como Eric Arthur Blair, la pregunta que asalta de inmediato es si alguna vez la Humanidad vivió alguna época utópica, como la que Tomás Moro describe en ‘Utopía’ (1516). La RAE nos dice que “Utopía deriva del latín moderno y se refiere a una isla imaginaria con un sistema político, social y legal perfecto, descrita por Tomás Moro en 1516”. Luego nos entrega dos definiciones sobre el término: “Plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización” y “Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano”. El periplo por el término utopía lo cerramos con la definición que Juan Manuel Santiago recoge del libro ‘Las cien mejores novelas del ciencia ficción del siglo XX’, y cita en su conferencia presentada en la Feria del Libro de Cádiz en 2003, a propósito de la Jornada de la Ciencia-Ficción organizada por el Ayuntamiento: «Utopía. Obra que describe un futuro estado feliz de la humanidad, en el que cada persona tiene satisfechas sus necesidades y existe un gobierno benévolo que provee de todo lo necesario (o bien el gobierno ha desaparecido absolutamente, tras resultar innecesario). El nombre procede de la obra homónima de Tomás Moro (que viene del griego utopos, ningún lugar)«.

¿Por qué detenerse en este concepto utopía si ‘1984’ representa exactamente lo contrario de un “mundo feliz”, la obra homónima de Aldoux Huxley, antecedente directo de la novela de Orwell? Porque se ha dicho que ‘1984’ es una obra distópica, es decir, una representación “ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana” (RAE). Por su parte, la definición que aparece en ‘Las cien mejores novelas de ciencia ficción del siglo XX’, nos dice que distopía es la “contraposición a «utopía», obra en la que se describe una sociedad opresiva y cerrada sobre sí misma, generalmente bajo el control de un gobierno autoritario, pero que es presentada a los ciudadanos de a pie como una utopía”. El problema es que Orwell vivió la distopía del Gran Hermano, la construcción del “mundo feliz” propuesto por la dictadura stalinista, y su obra más que una distopía se asemeja más a la construcción de un mundo de dolorosa ironía y triste sarcasmo. Por eso el lenguaje simbólico, mordaz, avasalla la dignidad humana representada por Winston Smith, que trabaja en el Ministerio de la Verdad y Julia, funcionaria del Departamento de Novelas para las nuevas generaciones. Ambos terminan remedos humanos luego de los horrendos castigos recibidos. Winston es torturado en los calabozos del Ministerio del Amor. ¡Qué brutal ironía!

Las palabras construyen realidades, y el Gran Hermano posee un nuevo diccionario para describir su “mundo feliz” que ya se encuentra en su undécima edición: el ‘Diccionario de neolengua’: “¿No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente?”, le dice Syme, encargado de la undécima edición a Winston. Al final, continúa Syme, “acabaremos haciendo imposible todo crimen del pensamiento. En efecto, ¿cómo puede haber crimental si cada concepto se expresa claramente con una sola palabra, una palabra cuyo significado esté decidido rigurosamente y con todos sus significados secundarios eliminados y olvidados para siempre?”. Pero Winston Smith ya había cometido un crimental puesto que estaba escribiendo un libro prohibido y teniendo reuniones también clandestinas con Julia. Eran seres condenados por el Gran Hermano y su doctrina totalitaria por no haber respetado los principios soberanos de obediencia al Partido (Ingsoc, Socialismo inglés), el Gran Hermano: La guerra es la paz; La libertad es la esclavitud; Y La ignorancia es la fuerza. Discurso panfletario sustentado en el terror y la muerte, escrito en el frente del Miniver, Ministerio de la Verdad en la nueva lengua.

En un texto clásico de George Orwell que sería el prólogo de otra de sus grandes novelas, ‘Rebelión en la granja’ (1945), titulado ‘Libertad de Prensa’, el escritor desnuda el vasallaje que tanto la prensa inglesa como la propia política rinden a Rusia: “En este instante, la ortodoxia dominante exige una admiración hacia Rusia sin asomo de crítica […]. Cualquier crítica seria al régimen soviético, cualquier revelación de hechos que el gobierno ruso prefiera mantener ocultos, no saldrá a la luz […]. El servilismo con el que la mayor parte de la intelligentsia británica se ha tragado y repetido los tópicos de la propaganda rusa desde 1941 sería sorprendente, si no fuera porque el hecho no es nuevo y ha ocurrido ya en otras ocasiones. Publicación tras publicación, sin controversia alguna, se han ido aceptando y divulgando los puntos de vista soviéticos con un desprecio absoluto hacia la verdad histórica y hacia la seriedad intelectual”. No, no hay distopía en ‘1984’, sino pura constatación de una vivencia política enmarcada en la ironía atroz de un régimen totalitario muy vigente en varios lugares del mundo del siglo XXI. ‘1984’ no es la proyección de ninguna ficción, pues Orwell la sintió en carne propia en su desencanto de la doctrina soviética y de las otras doctrinas totalitarias surgidas durante la guerra, como el fascismo. Basta recordar que ‘Rebelión en la granja’ es una idea de 1937 cuya redacción terminó en 1943, pero el libro anduvo de un editor en otro buscando su impresión. Uno de ellos estaba decidido a publicarlo, pero entregó la siguiente respuesta para no hacerlo, según se lee en el citado texto ‘Libertad de Prensa’: «Me refiero a la reacción que he observado en un importante funcionario del Ministerio de Información con respecto a Rebelión en la granja. Tengo que confesar que su opinión me ha dado mucho que pensar… Ahora me doy cuenta de cuán peligroso puede ser el publicarlo en estos momentos porque, si la fábula estuviera dedicada a todos los dictadores y a todas las dictaduras en general, su publicación no estaría mal vista, pero la trama sigue tan fielmente el curso histórico de la Rusia de los Soviets y de sus dos dictadores que sólo puede aplicarse a aquel país, con exclusión de cualquier otro régimen dictatorial”.

1984’ no es ninguna distopía. Es simplemente una radiografía feroz de lo que es un régimen totalitario llevado a la narración, que solo tiene de ficticia la armazón del relato pero no la metáfora que representa: “El Gran Hermano Te Vigila”; bebe tu Ginebra de la Victoria y fuma tus Cigarrillos de la Victoria. Nosotros los latinoamericanos conocemos muy bien al Gran Hermano vestido con ropas diversas pero usando el mismo lenguaje, desde el castrismo cubano al pinochetismo chileno; desde el somacismo, primero y el orteguismo después, nicaragüenses hasta el vidalismo argentino y el velasquismo peruano; desde el strossnerismo paraguayo y el bordaberrismo uruguayo al madurismo venezolano. Todos los dictadores tienen un enemigo común: “el enemigo del pueblo que ellos aman y protegen”, como en ‘1984’: “Como de costumbre, apareció en la pantalla el rostro de Emmanuel Goldstein, el Enemigo del Pueblo […]. Los programas de los Dos Minutos de Odio variaban cada día, pero en ninguno de ellos dejaba de ser Goldstein el protagonista”. ¿Recuerdan los bandos militares de nuestras dictaduras latinoamericanas? Ninguna diferencia. Como leemos en ‘Libertad de Prensa’: “Las ideas impopulares, según se ha visto, pueden ser silenciadas y los hechos desagradables ocultarse sin necesidad de ninguna prohibición oficial”. Lo que ocurre es que en todas las dictaduras históricas y literarias, siempre hay animales más animales que otros como en ‘Rebelión en la granja’, y los Siete Mandamientos propuestos por el Viejo Mayor, el cerdo que transmite sus ideas revolucionarias a los animales de la granja, terminan siendo pura letra muerta.

Bellos mandamientos que van desapareciendo por orden de Napoleón, el cerdo jefe con la complicidad de los otros líderes: “Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo. / Todo lo que camina sobre cuatro patas, nade, o tenga alas, es amigo. / Ningún animal usará ropa. / Ningún animal dormirá en una cama. / Ningún animal beberá alcohol. / Ningún animal matará a otro animal. / Todos los animales son iguales”. La sátira perfecta de ‘Rebelión en la granja’ la representa Squealer o Chillón, el cerdo que cumple la función de portavoz y es un experto en oratoria. Cualquier semejanza con la realidad, es pura coincidencia.

En estos momentos, nuestro Gran Hermano, Napoleón, son las redes sociales que lo vigilan las veinticuatro horas del día; alienan su pensamiento y le dicen cómo vivir, qué comer, cómo vestirse, cómo amar. Qué y cómo odiar.

Pero recuerde que siempre habrá animales más animales que otros.

 

Imagen portada – Archivo – Rebelión de la granja de George Orwell – Foto © Federico Meneses

 

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.