
El miércoles 21 de octubre de 2026, el particular universo de Alias Tuk, un ser proveniente de Las Pléyades, ese cúmulo de estrellas ubicadas dentro de la constelación de Tauro, encontró un escenario especialmente apropiado en Andrómeda Bar, ubicado en la esquina “Jaime Roos” de Durazno y Convención.
Nuestro peculiar artista, acompañado por Los Niños Eternos, ofreció un concierto íntimo que invitó a recorrer otros universos para reencontrarnos con nuestra propia humanidad. Hay viajes que no necesitan naves espaciales ni recorrer distancias siderales. Como un juglar del cosmos que llegó a nuestro planeta para descubrir sus músicas y compartir las propias, Alias Tuk desplegó una propuesta tan singular como su personaje.
A veces alcanza con una canción para trasladarnos hacia territorios desconocidos, descubrir otros mundos y, así, encontrarnos finalmente con nosotros mismos. Quizás por eso resulte particularmente sugerente que Alias Tuk haya encontrado en Andrómeda una de las estaciones de su recorrido por la Tierra. Detrás de sus enormes anteojos, su antena cósmica muy parecida a un tenedor creado por los humanos, su vestimenta futurista y una estética que remite a imaginarios extraterrestres, se encuentra un músico uruguayo que ha construido una propuesta artística difícil de encasillar. Un ser realmente único. El rock, el folk, la psicodelia y la canción popular confluyen en un universo creativo donde la experimentación sonora convive con el humor, la imaginación y una particular sensibilidad hacia el sentido de la existencia humana y las relaciones que tejemos.
Su trayectoria incluye una destacada participación en Got Talent Uruguay y la publicación de trabajos como Joya, editado en 2024. Canciones como Hey, Cambiarlo todo y El devenir forman parte de una producción que invita a explorar cuestiones vinculadas con la transformación, el amor y la experiencia de vivir.
Hay algo profundamente filosófico en la construcción de su personaje. A la par que la humanidad desarrolla una notable capacidad para explorar el universo, continúa encontrando dificultades para comprender el pequeño mundo que habita y para aprender a convivir con quienes lo comparten. Tal vez por eso resulte tan atractiva la imagen de un viajero sideral que llega desde las estrellas para recordarnos aquello que, en medio del vértigo cotidiano, corremos el riesgo de olvidar: nuestra capacidad de amar, de maravillarnos y de reconocernos en los demás. Y acaso allí resida una de las paradojas más interesantes de Alias Tuk: cuanto más extraterrestre parece su personaje, más humana resulta la búsqueda que propone su música.
El Andrómeda Bar Cooperativo, por cierto, parecía concebido para recibir a un visitante de otra galaxia. Una iluminación que alternaba tonalidades azules, verdes y violetas, teléfonos de disco y objetos de otras épocas conformaban una ambientación tan singular como la del propio artista. En medio de aquella escenografía, un teléfono rojo descansaba sobre una pequeña mesa, muy cerca de los músicos. La imagen encerraba una paradoja fascinante: un viajero sideral, rodeado de tecnologías del pasado, dispuesto a comunicarse con nosotros mediante uno de los instrumentos más tradicionales de la música popular: una guitarra.
Pocos minutos después de las 21:30 horas comenzó el galáctico espectáculo. La cercanía del espacio permitió construir, desde los primeros acordes, el propósito de construir una atmósfera de guitarras, melodías y líricas profundas que envolvió al público. La primera parte del concierto tuvo a Alias Tuk como protagonista, acompañado por su guitarra. Sentado frente al micrófono, con sus característicos anteojos y una vestimenta de amplias telas y hombreras pronunciadas, fue recorriendo algunas de sus composiciones más conocidas. El formato acústico permitió aproximarse a una dimensión más despojada de su propuesta, donde las canciones ocuparon el centro de la escena. Entre ellas destacó Hey, una de las composiciones que mayor difusión ha alcanzado dentro de su repertorio y que constituye una referencia importante de su recorrido musical. En ese contraste entre la singularidad visual del personaje y la sencillez de una guitarra acústica apareció uno de los aspectos más atractivos de la noche. La extravagancia de Alias Tuk no necesitaba traducirse en una instrumentación compleja: bastaban su voz, sus canciones y las posibilidades expresivas de la guitarra para sostener con solvencia aquella primera parte del recorrido. Y vaya si se disfrutó.
La segunda parte del espectáculo marcó uno de los momentos de mayor riqueza musical de la noche. La irrupción de Los Niños Eternos en el escenario significó mucho más que la incorporación de nuevos instrumentos: representó una verdadera expansión del universo sonoro de Alias Tuk. La intimidad del formato acústico inicial dio paso a una propuesta de mayor densidad instrumental, donde la calidad interpretativa de los músicos y el notable ensamble que lograron construir se convirtieron en protagonistas. El bajo eléctrico, las guitarras, el cajón peruano y otros instrumentos de percusión se integraron en un entramado musical de gran cohesión, enriqueciendo las composiciones sin perder la identidad de las canciones.
Lejos de limitarse a acompañar al cantante, Los Niños Eternos aportaron personalidad, matices y riqueza rítmica, potenciando cada una de las canciones que iban llegando. La solidez instrumental y la naturalidad con que se articularon las distintas intervenciones demostraron que la calidad de un ensamble no reside únicamente en la destreza individual de sus integrantes, sino en la capacidad de escucharse, complementarse y construir musicalmente. El resultado fue uno de los momentos más logrados del espectáculo, dejando en evidencia el valor artístico que Los Niños Eternos incorporan a la propuesta de Alias Tuk.
También el nombre de sus compañeros de viaje parece encerrar una metáfora sugerente. Los Niños Eternos evocan esa dimensión de la infancia que no necesariamente debería desaparecer con el paso del tiempo: la curiosidad, la imaginación y la capacidad de sorprendernos frente a lo desconocido. Una sensibilidad que parece encontrar correspondencia en el carácter lúdico y experimental de la propuesta musical.
Justamente, uno de los rasgos más singulares de Alias Tuk es su particular sentido del humor. Lejos de construir un personaje distante o solemne, el músico incorpora una mirada lúdica e irónica que encuentra expresión en sus letras, en sus intervenciones durante el espectáculo y en su identidad escénica. Ese humor constituye algo más que un recurso para comunicarse con el público. Forma parte de una concepción artística que parece reivindicar la posibilidad de observar nuestra existencia desde perspectivas diferentes, cuestionar ciertas convenciones, reírnos de nosotros mismos y encontrar en lo cotidiano motivos para la imaginación, la sorpresa y la sonrisa cómplice.
Una expresión particularmente lograda de esa sensibilidad llegó con una versión de I Will Survive, el clásico popularizado por Gloria Gaynor a finales de los años setenta, que contó con el inconfundible sello de Alias Tuk. Nuestro artista presentó una adaptación en español, con una impronta rioplatense cercana a la milonga y una dosis de humor que le otorgó una personalidad propia. Una verdadera joya. La transformación resultó especialmente interesante. La ironía y la picardía de la interpretación permitieron abordar desde otro lugar una temática universal: la capacidad de sobreponernos a las adversidades. Porque acaso una de las manifestaciones más profundamente humanas de nuestra existencia sea precisamente esa posibilidad de reírnos de nuestras propias desventuras.
En ese sentido, el humor de Alias Tuk no aparece como un elemento ajeno a su propuesta musical, sino como una de sus formas de expresión más características. Una manera de recordarnos que la música también puede ayudarnos a relativizar nuestras dificultades, tomar distancia de nosotros mismos y encontrar nuevas razones para seguir adelante.
Hacia el final del espectáculo, la imagen de Alias Tuk rodeado por Los Niños Eternos ofreció una síntesis particularmente significativa de lo vivido en Andrómeda. Aquel viajero sideral que había comenzado su recorrido acompañado por su guitarra terminaba compartiendo el escenario con los músicos que habían contribuido a expandir su universo sonoro.
En el saludo final, con los brazos levantados y las sonrisas de los integrantes del grupo, quedó plasmada una de las dimensiones más humanas de la experiencia musical: la posibilidad de construir algo colectivamente y descubrir que una canción puede convertirse en un territorio compartido.
La noche había permitido apreciar las distintas facetas de un artista que combina la composición, la experimentación, el humor y una singular construcción escénica. Desde la intimidad de las primeras interpretaciones hasta la riqueza instrumental del ensamble, Alias Tuk y Los Niños Eternos ofrecieron un recorrido musical donde la imaginación encontró diferentes formas de expresión. Y así, entre antiguos televisores, teléfonos de otras épocas y canciones que parecían viajar por diferentes galaxias, Alias Tuk completó su paso por Andrómeda.
Tal vez nunca sepamos de qué planeta llegó este singular visitante. Pero después de escucharlo, acaso podamos comprender un poco mejor el nuestro.
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