
El pasado viernes 23 de octubre de 2026, Gonzalo Brancciari presentó su nuevo trabajo discográfico en la Sala Rondeau, en una noche de intensidad musical, sensibilidad y emociones compartidas. Entre la memoria familiar, la celebración de la vida y la energía del rock, el artista uruguayo demostró que siempre existen razones para seguir creyendo.
En la entrevista que le realizamos a Gonzalo Brancciari para Cooltivarte días antes del espectáculo, nos habíamos aproximado al universo creativo de un músico que atraviesa una etapa particularmente significativa de su trayectoria artística y personal. Aquella conversación nos permitió anticipar algunas de las sensibilidades, búsquedas e inquietudes que encontrarían su expresión en la presentación de su nuevo trabajo discográfico. En la entrevista, Brancciari había anticipado que la presencia de tres guitarristas sobre el escenario respondía a una intención muy concreta: “queremos dar un impacto fuerte desde el sonido”. Y aquella promesa encontró en la hermosa Sala Rondeau una respuesta contundente. La riqueza instrumental terminó convirtiéndose en una de las grandes protagonistas de la noche.
Sin grandes artificios, con una estética predominantemente minimalista, el escenario fue adquiriendo diferentes dimensiones expresivas gracias a un inteligente despliegue de luces y la riqueza interpretativa de Brancciari y sus músicos. Los rojos intensos, los azules profundos y las tonalidades violetas contribuyeron a construir distintas atmósferas, acompañando los cambios de intensidad de un repertorio que transitó entre la energía del rock y la intimidad de las composiciones más personales.
La grandeza de un espectáculo no siempre reside en la monumentalidad de sus recursos materiales. En ocasiones, alcanza con la sensibilidad de quienes interpretan, la complicidad de quienes escuchan y esa misteriosa alquimia que convierte una sucesión de sonidos en una experiencia compartida. Y esto fue lo que pasó desde el primer minuto, desde que comenzó a sonar Todo bien, la canción que abrió el encuentro entre Brancciari y el público. Inmediatamente después llegó Rompimos el molde, y entre ambas composiciones el músico y su banda terminaron de romper el hielo en la Sala Rondeau. El juego de palabras resulta casi inevitable, pero también sugerente: romper el hielo para encontrarse con los demás y romper los moldes para animarse a construir una identidad artística propia. Y desde los primeros momentos quedó planteada una de las características centrales del espectáculo: la convivencia entre la sensibilidad del cantautor y la potencia colectiva de una banda de rock.
Las guitarras eléctricas aportaron energía y profundidad sonora, mientras que los pasajes acústicos permitieron descubrir otros matices interpretativos. La batería y el bajo sostuvieron una propuesta musical dinámica, con diferentes intensidades y una presencia instrumental que enriqueció las composiciones.
Brancciari alternó su protagonismo vocal con la interpretación de guitarras acústicas y eléctricas, compartiendo el escenario con músicos que contribuyeron a construir una experiencia colectiva antes que un simple acompañamiento instrumental. El repertorio tampoco se limitó a las canciones de Elijo creer. Hubo espacio para recuperar composiciones de trabajos anteriores y también para presentar canciones inéditas, estableciendo un recorrido por el pasado, el presente y los posibles caminos futuros de su creación musical.
Uno de los momentos de mayor sensibilidad llegó con Las chicas del fondo, una composición dedicada a dos mujeres profundamente significativas en la historia familiar del músico: su madrina y la hermana menor de esta, ambas bordeando el centenario de vida. La canción, que en el disco Elijo creer interpreta junto a su tío Emiliano Brancciari, cantante de No Te Va Gustar, permitió introducir una dimensión especialmente íntima en el espectáculo. Más allá de su construcción musical, la composición constituye un homenaje a los afectos, a los vínculos familiares y a esas presencias que acompañan nuestra existencia y contribuyen a construir nuestra identidad.
Pero si Las chicas del fondo permitió dirigir la mirada hacia la memoria y los afectos construidos a lo largo del tiempo, Tiene sentido nos trasladó la atención hacia el comienzo mismo de una nueva vida. La bellísima canción, dedicada a su pequeño hijo Inti, dejó entrever la importancia que esta nueva etapa familiar adquiere en el presente del músico y fue uno de los puntos altos del espectáculo.
Resulta particularmente significativo que, durante una misma noche, la música haya permitido reunir dos extremos del tiempo humano: las vidas de dos mujeres que superan los noventa años y la de un niño que apenas comienza a descubrir el mundo. Quizás allí encontremos una de las claves más profundas del universo sensible que atraviesa Elijo creer: la necesidad de reconocer que nuestra existencia adquiere sentido también a partir de las vidas de quienes nos precedieron y de aquellos que llegan y llegarán después de nosotros.
Durante el concierto, Brancciari también compartió algunos aspectos de su nueva vida familiar. Contó que, junto a su pareja Bianca y al pequeño Inti, a quienes dedicó el espectáculo, se estableció en las proximidades del balneario Parque del Plata, un cambio que destacó como muy significativo y que encontró su expresión musical en Pies en el agua, una vital composición vinculada al lugar donde actualmente transcurre su existencia. Hay algo profundamente sugerente en esa imagen: los pies en el agua, el contacto con la naturaleza y la posibilidad de encontrar otros ritmos para la vida. En una época caracterizada por la aceleración permanente, donde las exigencias cotidianas parecen imponernos una relación cada vez más vertiginosa con el tiempo, elegir dónde y cómo vivir también puede representar una forma de preguntarnos qué cosas verdaderamente importan. La geografía deja entonces de ser simplemente el espacio que habitamos para convertirse en parte de nuestra identidad. En ese sentido, Pies en el agua permite reconocer el diálogo permanente entre la vida y la música, entre los lugares que elegimos para construir nuestro presente y las canciones que nacen de esas experiencias.
Porque, al final de cuentas, se trata también de aprender a reconocer lo realmente importante, como recalca Brancciari.
Más allá de los momentos de particular sensibilidad, uno de los grandes méritos del espectáculo estuvo en la calidad del despliegue musical. La formación que acompañó a Brancciari, integrada por Santiago Cutinella y Luisina Isnardi en guitarras, Emiliano Aquino en batería, Fabiana Espinosa en bajo y Fernando Espinosa en teclados, constituyó uno de los grandes pilares del espectáculo. Lejos de limitarse a acompañar al cantante, los músicos aportaron una sólida identidad sonora colectiva, alternando momentos de mayor intensidad rockera con pasajes de mayor intimidad acústica. La interacción entre las guitarras, la solidez de la base rítmica y la presencia escénica de los músicos contribuyeron a sostener un concierto dinámico y musicalmente convincente.
El resultado fue una puesta que demostró que el minimalismo no necesariamente implica pobreza expresiva. Por el contrario, cuando existe una propuesta artística sólida, la austeridad puede convertirse en una virtud estética.
En ese equilibrio entre sencillez visual y riqueza sonora, el concierto encontró lo mejor de su identidad.
El tramo final del espectáculo reservó otro de los momentos destacados de la noche: la participación de los músicos Federico Lima y Lucas Cary, cuyos aportes enriquecieron el espectáculo y contribuyeron a generar el clima ideal para la interpretación por parte de Brancciari de Elijo creer, la canción que da el nombre al disco y que refleja en buena medida su sentido conceptual. Creer no necesariamente supone desconocer las dificultades, las incertidumbres o las contradicciones de nuestra existencia. Tampoco implica aceptar ingenuamente que todo habrá de resolverse favorablemente. Quizás creer represente, precisamente, una decisión consciente de continuar apostando por aquello que consideramos valioso, incluso cuando no existen garantías sobre el porvenir. Creer en los afectos, en la posibilidad de construir nuevos proyectos, en la capacidad transformadora de la música y en la necesidad de encontrar sentidos compartidos para nuestra existencia.
Y finalmente, ante el entusiasta pedido de un bis por parte del público, llegó Ya se fue, la canción elegida para despedir el espectáculo. Y hubo algo particularmente sugerente en esa elección. Después de una noche dedicada a creer, recordar, celebrar la vida y encontrar nuevos sentidos para la existencia, el concierto concluía evocando, desde el propio título de la canción, aquello que inevitablemente se marcha. Porque también la música, como la vida, está hecha de instantes que no pueden retenerse. Cada concierto constituye una experiencia irrepetible, un encuentro que comienza sabiendo que habrá de terminar. Sin embargo, algo permanece después de que se apagan las luces: las emociones compartidas, las canciones que continúan resonando y la memoria de aquello que, durante un tiempo, conseguimos vivir juntos.
Gonzalo Brancciari y su banda ofrecieron en la Sala Rondeau un espectáculo musicalmente sólido, visualmente atractivo y atravesado por una sensibilidad que encontró en los afectos familiares, la memoria y los nuevos proyectos de vida algunas de sus principales fuentes de inspiración. Las expectativas que habíamos construido en nuestra entrevista previa encontraron, de esta manera, una notable respuesta.
Una de las virtudes más interesantes de Elijo creer consiste en recordarnos que, entre la memoria de quienes nos precedieron, la esperanza depositada en quienes recién llegan y los paisajes que elegimos habitar, la vida continúa ofreciéndonos razones para encontrarle sentido. Porque, después de todo, elegir creer también es una manera de elegir vivir. Como la música misma.
@pablo.romero1974 Gonzalo Brancciari: razones musicales para seguir creyendo El pasado viernes 23 de octubre de 2026, Gonzalo Brancciari presentó su nuevo trabajo discográfico en la Sala Rondeau, en una noche de intensidad musical, sensibilidad y emociones compartidas. Entre la memoria familiar, la celebración de la vida y la energía del rock, el artista uruguayo demostró que siempre existen razones para seguir creyendo. @Gonzalo Brancciari @EMI ♬ sonido original – Pablo Romero García
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