
Fue un sábado de enero, seguramente el primer sábado del año. Ma dirigía al local de Todo Música en el centro en plan de rey mago, iba con una idea clara, un cajón peruano para mi hijo y una guitarra ¾ para mi hija.
La ciudad lucía la parsimonia habitual de esa época del año, en la que Montevideo baja tres cambios y se mueve en cámara lenta.
En el comercio me atendió Eduardo, un antiguo compañero de facultad, músico él, desde aquellos lejanos noventa. Me mostró las distintas opciones que tenía para ofrecerme, me habló de cualidades y conveniencias de cada unos de los instrumentos, mientras de fondo se escuchaba a alguien probando una guitarra eléctrica, sonaban punteos de Dire Straits, fragmentos de temas de Eric Clapton, entre lo que pude reconocer. «Es un músico de una banda de cumbias» me dijo Eduardo, «no se cómo se llama, pero es conocido» agregó.
A menos de cincuenta metros había otro local de venta de instrumentos, si bien los argumentos de Eduardo me habían convencido bastante sobre marcas, modelos y prestaciones, me pareció adecuado ver otras opciones. Salí del local y me dirigí hacia la calle San José, mientras esperaba para cruzar del otro lado, exactamente en el semáforo de enfrente veo a Leo Masliah, de chancletas, bermudas y con la chismosa en la mano, camino a hacer algún mandado, la leche, el pan, como cualquiera de nosotros. Si algo le faltaba a esta historia, al entrar al siguiente local el que sale de atrás del mostrador para mostrarme las virtudes de las guitarras es Víctor Nattero.
Salí de allí pensando en esta suma de situaciones, en que en Montevideo pasan estas cosas, en que los tipos que pusieron las canciones en tu walkman están ahí, llevando vidas tan simples como la tuya. La discusión es casi una constante, ¿es un despropósito que estas personas que han hecho aportes tan valiosos a la cultura de nuestro país, estos artistas que han hecho cosas extraordinarias vivan una vida común, tan ordinaria como la mía o la tuya? No sé si Leo preferiría tener una mucama que le haga los mandados o si Víctor sufría por trabajar en una casa de venta de instrumentos musicales, si el guitarrista del grupo de cumbia preferiría haber sido el guitarrista de Los Traidores, pero eligió la música tropical para un sábado de mañana probar guitarras en vez de venderlas. No sé, está claro que todos convivimos con nuestras aspiraciones y frustraciones. Pero Montevideo es así, Uruguay es así, una noche estás sobre el escenario ante gente que te ama y corea tus canciones y a la mañana vas a comprar la leche al almacén. Parecen las dos caras de una misma moneda, ¿una virtud de un país de cercanías?, ¿un país que no valora a sus artistas como es debido? Probablemente ambas preguntas tengan un sí como respuesta dependiendo a quién le preguntes, en qué momento y en qué circunstancias.
Algo de esto volví a pensar hace un par de semanas cuando Juan Bervejillo se presentó en el Bar Mitre, un espacio nuevo para mí en 25 de mayo casi Bartolomé Mitre.
Desde hace un tiempo Juan viene presentándose en boliches, en general son lugares pequeños, para no más de cincuenta personas. Verlo en esos espacios es un privilegio. Juan es historia viva de nuestro rock nacional y sus casi cuarenta años en la ruta, su talento y su oficio pueden apreciarse cuando se sube al escenario, la mayoría de las veces una banqueta o a lo sumo una pequeña tarima en estos bares. «A veces cuando hay algún mango invito al Mireya y a algún otro para que me acompañen, así le dan un poco de color», me cuenta. Pero la mayoría de las veces lo hace solo, con su guitarra, una Takamine Gd5 electroacústica que lo tiene muy feliz. «Para este formato esta es la mejor».
Juan arranca el recital con una lista de canciones escrita en marcador negro, ubicada en el piso al lado de su taburete. El bar ofrece un pequeño escenario elevado unos veinte centímetros del piso, donde una banda de hasta tres músicos podrían desenvolverse sin problemas, el espacio está arreglado con buen gusto, y por detrás una placa iluminada en sus bordes resalta una M que referencia al nombre del lugar.
Las mesas se ubican enfrente al escenario, permitiendo una buena visual desde casi todas ellas.
Juan comienza interpretando las canciones de su lista mientras una hoja y el marcador negro recorren las mesas. «Pongan ahí las canciones que quieren que cante», nos dice. Mientras tanto va desgranando un grupo de canciones, tal vez menos conocidas, algunas nuevas. compuestas en los últimos tiempos y que Juan suele mostrar en sus redes. Cada una de ellas van precedidas de una historia, a veces sobre cómo fue compuesta, otras sobre algún personaje a la que está vinculada, breves historias que facilitan en vínculo con un público que a la tercera canción ya es cautivo, una mesa en el fondo compuesta en su mayoría por chicas que las cantan todas, las aplauden todas y dialogan de una punta a la otra del boliche con el cantante, detrás nuestro otra mesa, redonda, grande, con ocupantes tal vez menos efusivos pero no menos entusiasmados. A nuestra derecha una pareja disfruta del show mientras su hijo pequeño, de no más de tres años se entretiene con un juguete, cercano y ajeno a lo que está sucediendo. A nuestra izquierda un par de chicas también las cantan todas, mientras la pareja de una de ellas disfruta el recital más mansamente, la procesión va por dentro, este es de los míos.
Finalmente, la hoja de papel y el marcador llegan a nuestra mesa, miramos la lista de canciones y agregamos un par, yo incluí Yo jugaré, en tanto Santi agregó ¿Cómo te va che?, canción que viene tocando en su guitarra y se prestaba a observar con atención el trabajo de Juan en su Takamine.
Cuando recibe la lista, el cantante bromea: «¡Qué cantidad! Pensé que era una película y es una serie» y agrega: «Vieron que ahora las series son larguísimas. Yo encontré la solución, miro el primer capítulo y el último, si total en el medio no pasa nada», hay consejo para todo y para todos, el diálogo es permanente, fluido, agradable. Juan tiene todos los recursos, conoce todas las mañas del oficio, maneja las pausas, se toma sus descansos, nos invita a cantar y le da una pausa a su voz mientras las nuestras hacen los coros. El recital termina con el público en su bolsillo, pedimos bises y Juan sube al escenario, hace una canción suave, de las que son para escuchar y no para corear, la vuelta a la calma es perfecta, el recital termina, el cantante baja del escenario, recorre las mesas, saluda a cada uno de nosotros, conversa, se toma algunas fotos, un chico mexicano se acerca, lo felicita por el show y le dice que le quiere dar un regalo, mete su mano en su morral y saca un pequeño búho de cerámica. Las escenas se suceden como instantáneas, como aquellas fotonovelas que leían nuestras madres en la peluquería, sentadas bajo el secador de pelo.
¿No corrés el riesgo de que el recital se vuelva un grandes éxitos al pasar la hoja por las mesas? En otra muestra de oficio y de que el azar no es un caballo desbocado sino un vehículo fiable que forma parte del plan, me responde: «Pero en la primera parte canto lo que quiero». También estas son dos caras de la moneda del artista que se sube al escenario, la eterna disyuntiva, el equilibrio entre lo que el público espera y lo que se quiere mostrar.
De pronto se acerca un señor que felicita a Juan y se presenta, él es el dueño del lugar, «después de trabajar cuarenta años en ANCAP puse este bar para que lo trabaje mi hijo» nos cuenta. ¿Comiste algo? le pregunta a Juan
La noche sigue un poco más, la mayoría de las mesas están vacías, la gente se retiró pronto, nos sentamos en la mesa de atrás, la redonda, llega un plato de papas fritas, la comida del cantante, Juan recoge los sobres de las mesas donde el público aportó lo que cree que valió el show.
¿En qué andás? Le pregunto a Juan. Te llevamos, vamos para el barrio. Pusimos el equipo de guitarra en el baúl, un cuidacoches se acerca a pedir unas monedas, Juan mete la mano en el bolsillo y le entrega un puñado que incluye la púa con la que tocó esta noche.
Nos subimos al auto, mi hijo va al volante camino a tres cruces y entre charlas, anécdotas y promesas de futuras pizzas, no puedo, no quiero perder de vista que, sentado atrás, junto a su pareja, va uno de los que han hecho la historia de la música uruguaya, uno de los que puso las canciones en mi walkman y también va Juan, un amigo.














































