Allá por el lejanísimo 1981, Leo Maslíah a quien conocí de manera fortuita (ya lo escribí hace tiempo eso) me convidó a ir a un espectáculo que compartiría con otro músico a quien yo desconocía. Era un domingo, y el boliche quedaba en Pocitos. Cuando llegué había tres personas. Y esos tres únicos espectadores, más mi humilde presencia, fuimos los únicos testigos del recital. El colega a quien yo no conocía era Fernando Cabrera. Esa noche lo escuché por primera vez, pero como solista. A las tres canciones yo estaba transpirando. Eso que hacía aquel joven flaquito, esmirriado y de pelo largo era lo que yo trataba de hacer. Quedé estupefacto. Yo había ido a escuchar a Leo y terminé admirado de Cabrera, del “efecto Cabrera”, de esa melancolía que solo el barrio de El Prado le pudo trasladar energéticamente a su música. Yo le llamo “el sonido del oeste”, la zona de Belvedere, Sayago, etc.
Aquel Cabrera cantó para mis 18 años – por primera vez- “Agua”, “Paso Molino”, “Tablado del Colombes”, por ejemplo. Al otro día de aquel recital magnífico de estos dos mostros le pregunté a Leo si tenía algo para escuchar de “su amigo”. Me prestó el casete de MONTRESVIDEO. ¡Vaya nombre! Eran tres montevideanos y ahí vislumbré que ese flaquito, esmirriado y tímido era un genio. Aquel casete fue determinante para mí. Lo gasté. Y una de las canciones más potentes y profundas de aquel laburo es “María Elena”, un réquiem para la abuela de Fernando.
Oigan estos arreglos de voces, el glisando alucinante (y alucinado) de Cabrera en la primera parte del estribo final, ¡el TEXTO! Te deja los pelos de punta esta canción, aún hoy, luego de cuatro décadas.







































