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LOS HILOS

Guillermo Baltar Prendez by Guillermo Baltar Prendez
29 abril, 2026
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LOS HILOS por Guillermo Baltar Prendez
LOS HILOS por Guillermo Baltar Prendez – Fuente imagen Gemini

1.

 

¿Cómo escapar de aquellos drones gigantes, cuando se abalanzaban de manera brusca e imprevista? Birdman* había dejado de atravesar los cielos, y las usinas de héroes se habían consumido, tras la rebelión de los últimos prototipos de la industria Westworld**. Las agencias de información de cada país intercambiaban especulaciones y hallazgos con los centros de inteligencia y espionajes más avezados. Apegados a sus bancos de datos, trazaban coordenadas y algoritmos tratando determinar en qué lado se hallaban las cosas reales y en donde las ficticias. La post posmodernidad podía ahora materializarse en circundantes mundos paralelos, y las dimensiones expandirse más allá de lo que hasta entonces se consideraba posible. Un mundo extraño para que dé tan extraño había dejado de llamarse mundo, y hoy solamente era conocido como El Otro. Al ser ungido Rey, Macbeth empuño un cetro embebido en sombras cegadoras. Hubiese deseado que los ciervos del bosque carecieran de ojos y que las canicas de los niños se fundiesen en el metal de la tierra. Fleance sólo atino a correr mientras su padre era asesinado. El bosque se lo tragó mientras Baquo fenecía. No había épica en el festín de la coronación. Sólo una agitación sigilosa y cimbreante, sobre el cauce por donde las profecías navegaban. Aguas tumultuosas que advertían: “No partas hacia el Monte de Birman. Cuídate de la sangre que por ambición has derramado” ***. Cuidaos del niño y de sus alas ahora que los tres estrépitos de la lluvia han partido. No importa que camines sólo por la noche. Lo hecho, hecho está. No puedes quitar de encima las consecuencia de tus actos. ¿No es acaso esto lo que las escrituras nos enseñan? ¿Habrás encendido las hogueras? Has quemado los cuerpos de tus enemigos y sin embargo no puedes alejarte del mal. Eres el mal. Un mar de confusión que la razón desprecia. 

 

2.

 

¿Acaso creíste que habría un mañana para los niños que ordenaste marchar? Subir las cimientes, lacerar los campos, arrasar las cosechas, electrocutarse bajo una furia desquiciada y 

febril? Esas manchas de reseca indican que el invierno aún no las ha lavado. Que el pánico llega cada noche a la alberca donde acudes. Al granero desierto donde yacen cruces invertidas y sólo atinan a señalar las luces del poniente. Miserables los rostros de ojos blancos. Los caballos agarrotados. Las pociones contra las enfermedad del alma. Quién duerme sólo en su alcoba muere solo. Quién piensa su final apenas se pavonea entre las luces circundantes. El grito. Esa despavorida quijada. Desenvainada en el territorio otoñal al que has llegado. Entonces buscas un lugar. Un sitio al que sea imposible renunciar. Los espíritus avanzan entre un cielo destruido y sólo puedes guiarte por tu instinto, púes has dejado de confiar. Los espíritus avanzan sobre la tierra que se vuelve yerma. Pétrea, dura como un yunque, sin encontrar encimeras donde poder ganar tiempo y templar los nervios. La tierra arde sobre las cabalgatas del viento. Sobre un escenario embadurnado de brumas. Una cartografía de paneles trágicos donde la luna no osa desvestirse, ni gatillar su osamenta de astro. Entonces te vuelves y la llamas. Buscas su número, enciendes la mecha, tomas el aparato y los digitas uno a uno. Da tono. Esperas con el estómago girando. No responden. Salta el contestador. Nada dices. Apagas la señal. Sigues en camino. Es invierno y aún no le has alertado de los peligros. Del helado viento y los amigos. El oso, la loba, el enorme ciervo. 

 

3.

 

La fraternidad habitual de esos espacios descongestionados. A veces el lince llegaba con su cría. Los habitantes de Westworld acudían a ellos. Podían devorarla de un zarpazo, pero la Corona hacía valer el peso de la ley. La tradición no escrita y aquello de “no matarás en vano”. Parecía gracioso ya que los machos sólo querían despedazar a sus enemigos. Así como Macbeth había decidido eliminar a todo adversario. Real o ficticio.

4.

 

Llegados a este punto, no era inverosímil entrever la posibilidad de un desenlace nada auspicioso. Saltaba a la vista la lista de errores cometidos. Pero ese nudo. Esa argolla trenzada en interminables e intrincadas vueltas, permanecía inalterada. 

 

5.

 

Se había despedido. Lo había abandonado en un círculo solitario. Había aparcado en las afueras de la ciudad mientras el mundo al que quiso pertenecer, comenzaba a ser invadido por una horda de saltimbanquis grotescos y enervados, cachorros de una civilización perdida. Sólo el ilusionista comprendía aquella irrupción de sombras. Aquel goteo interminable de arañas enmascaradas y la razón de aquel ajusticiamiento innombrable en el pueblo de Salem. Un día como otros en los años del Señor, entre la furia y la displicencia absoluta. 

 

6.

 

En el pub del pueblo aún funcionaba un reproductor de música. Un trasto de procedencia desconocida al que alguien había equipado de baterías. Viejos cassettes apilados unos sobre otros. Blues y country. Alguna ranchera, boleros, algún tango tan perdedor como cualquiera. Marvin Gave se despachaba ahora. Un soul oscuro para estaciones destempladas. Macbeth acodado sobre la barra. Su herida se había convertido en un tapón plástico. Un sello de lacre cuyo peso lo hacía cada tanto arquearse hacia delante. Bebía una pinta de granos oscuros. El cantinero había marcado la espuma con un hierro candente. Declan tras la barra lo contemplaba con cierta conmiseración. El autoproclamado Rey, aún andaba tras aquel grupo de viejas indigentes. Evadidas tras un manantial ceniciento, mientras la lluvia comenzaba a descender sobre los campos de Escocia. Pero ahora, dentro de esa taberna ignoraba cómo se había trasladado hasta ella y quién se había hecho cargo de sus vendajes. Apisonar sus heridas y volverlo a la vida tras ser atravesado una y otra vez por diferentes espadas. 

 

“Búscate un trabajo…” Escucho a sus espaldas. “Por allí hay un granero, quizás necesiten ayuda…” Declan le sirvió otra pinta. “Esta va por la casa” dijo el irlandés, sólo que esta vez obvio el hierro candente. Macbeth mojo sus labios en la espuma gruesa y gorda de aquella malteada negra. Marvin Gave dio paso a All Green. El soul continuaba siendo tan oscuro como dominante y contagioso. Hablaba de almas descarriladas y sobre las consecuencias presumibles de los desastres. Posibles inundaciones y campos anegados. Sobre los bordes del río arañados por caimanes, donde la vegetación hundía sus ramas como intrincados tentáculos. Un cableado inescrutable de vegetales y plásticos, una irrigación hacia un futuro sin rostro. Una diálisis al cuerpo endemoniado y aséptico. 

 

7.

 

Llego una anciana. Desprolija y sucia. Luego otra. Finalmente una más seguida de una niña. Tres espectros gitanos taladrando el vaho de aquel espacio poblado por algunos lugareños. Declan las vio al llegar. Aparecieron de la nada bajo el cobertor de agua. La lluvia arreciaba y sus ropas parecían pesar cientos de rocas. Avanzaban sobre la madera del piso, dejando un rastro húmedo y largo como la cola de un caimán. Nadie durmió esa noche. Los relámpagos arreciaban y los truenos desembocaban en intermitentes parpadeos. ¿Y qué de esas almas encadenadas que nunca vieron el océano? ¿Que apenas escucharon el gorgotear del agua resbalando a través de las ramas? ¿Las personas unidas por un sueño cuánto pueden durar? ¿Cuánto si ese sueño se ve atravesado por la tragedia? Dos rostros desbaratados y una búsqueda improbable. Entonces debes elegir que camino seguir. Tomar la responsabilidad y correr. Buscar la llaga. La llave del dolor o la felicidad. Intentar rastrearla. Llegar al descubrimiento como al abrir aquella caja de viejos cromos e insectos disecados dentro de pequeños tubitos. Autitos descoloridos y oxidados y una delgada bailarina en su pax de deux dentro de una pequeña y deslustrada cajita musical. Esa cajita que alguna vez había buscado para regalársela. Para ofrendársela como un gesto de afecto y reciprocidad.

 

8.

 

Una cajita antigua. La bailarina se inclinada hacia uno de sus lados. Girabas la cuerda y ella giraba vuelta tras vuelta. Una entrecortada melodía comenzaba a sonar. Notas de un vals vienes que acompañaba aquella rotación estática y singular. Como si en ese pequeño escenario, se trasladase una parte de un mundo imaginado. Un pequeño souvenir de un acto conciliatorio. Macbeth se puso en pie. Evito detenerse ante una mesa de pool, aunque tomó al azar un taco delgado y puntiagudo. Volvía a sentir el cetro en sus manos. “No quiero escucharlas!”; vocifero dándole la espalda a las tres ancianas mientras se escabullía por la puerta de emergencias. Estas apenas le prestaron atención. Una de ellas alcanzó a balbucear: “No te escaparas rey de las sombras…”. En la calle la lluvia había dado paso a un frío intenso. El cielo se había despejado y una luna hermosa brillaba con inusual claridad. Sobre un recodo. Hacia un callejón unos hombres encendían un fuego para calentarse. Unas viejas ollas extraída de algún basural servían de recipiente donde incendiar papeles, viejos trozos de gruesos cartones, maderas de viejos muebles y artefactos irreconocibles. Macbeth creyó entrever viejas visiones. Preso de un deja vu se encontró sumido en un tiempo al que alguna vez hubo de pertenecer. Cuando la soldadesca acampaba y en torno a una fogata se calentaban, o mientras esperaban alguna rendición que terminará con una temporada de asedio sobre algún fortín o castillo enemigo. Escucho una risa y visionar en el cielo la figura de Birdman. Ese pajarraco mitad hombre mitad ave. Ese superhéroe que ya no se preguntaba que se decían los hombres y las mujeres cuando hablaban de amor. Observaba como ciertas muchedumbres se iban convirtiendo en hordas y algunas de ellas se encaminaban hacia edificios gubernamentales con el rostro cubierto con la máscara del Joker. (El chico de la motocicleta parecía un extraño en el paraíso. Engullido por un gusano temporal recordaba ahora ciertos peces de colores y aquellas disputas con otras pandillas). Las bandas se agrupaban en torno a un pogo irregular extendiéndose a través de avenidas y parques. Los grupos represivos comenzaban a tomar posiciones y las emisoras televisivas comenzaban a desplegar sus aparatos técnicos. Lisbeth Salander finalmente había ingresado en la orden de las hermanas capuchinas. Estas habían reproducido sobre el manto que cubría los atributos de su fe, los rasgos de aquel dragón que permanecía inmune ante cualquier intromisión. Las capuchinas llevaban ahora por distintivo un hermoso dragón negro. Enigmático y desafiante. Lisbeth ya no llevaba su ordenador personal. Acudía a aquel santuario tan sólo con un pequeño y antiguo ábaco hallado en una tienda de emigrantes, en un barrio periférico de Estocolmo. Su castillo de hielo era ahora una celda de reclusión. Aunque haya resguardado entre sus pertenencias, un vibrador de múltiples opciones. Transparente y con zonas corrugadas, al que podían incorporarse diversos accesorios. Por ejemplo si deseaba una penetración doble o una succión clitoriana. Durante las noches podía escuchar el griterío de la multitud, extendiéndose a través de las ramificaciones del archipiélago. Parecía que un rumor universal se expandía incomprensiblemente por cada continente. Un rumor espectral y simultáneo, esparcido con la rapidez de un efecto domino. 

 

9.

 

Macbeth continuaba buscando sus territorios perdidos. Se alejó de aquel despedazado callejón y se encamino nuevamente hacia las tierras de Birman. Él tampoco podía comprender esos cambios bruscos de tiempos y lugares. Tan sólo se dejaba llevar, arrastrar por ese desconocido vuelo que lo zarandeaba de un tiempo a otro. Así se vio llegando hasta las puertas del convento. Golpeó con su improvisado cetro. La llovizna arreciaba una vez más y se transformaba en cristales frágiles. Agua nieve helada que chamuscaba la hierba de jardines y parques. Hécate aún no sabía si el próximo encuentro se haría al rayar el alba. Si sería a través del trueno, el relámpago o la lluvia. Había invertido por esta vez el encuentro y no sería a la hora del poniente. Quería reunirlas para ascender rápidamente por las colinas y volverse nuevamente bruma. 

 

10.

 

Macbeth también ascendía por las pendientes. Tan lejos le resultaba Forres como cualquier otro lugar en la tierra. Lisbeth se negó a recibirlo. Nada podía hacer por él. Continuó arrastrando su taco de billar, que de tanto trajinar se había afinado en su punta convirtiéndose en una filosa, puntiaguda y dura lanza. El desbaratado Rey parecía ahora un espectro en busca de sí mismo y de su propia autonomía corporal. El misterio descendía desde el cielo. Un mar de nubes se abatían como un inmenso turbante. Desplegado e inquieto por el que se filtraban azulados hilos de luz. De tanto en tanto algún ave extraña cruzaba sobre su cabeza y creía escuchar las inescrutables voces de las brujas. Lamentaba haber extraviado aquellos dientes de lobo y los ojos disecados de serpientes que había hurtado. Pensaba que podían servirle como antídoto del propio veneno que había producido. Mientras tanto, el capitán Fausto quería largarse. Debería haberlo hecho, cuando desde su rincón  sombrío, vio como lo hacía Macbeth tras empuñar aquel taco de la mesa de pool. No lo había hecho y ahora, viendo como Siebel**** dormitaba, se preguntaba qué camino seguir. Altmayer y Frost escupían fuego cada vez que intentaban hablar o señalar algún rasgo digno de atención. Pero él, Fausto, continuaba perdido en sí mismo. Lejos ya del camino emprendido por Macbeth quién impertérrito continuaba subiendo aquella cuesta irregular e inestable. Trastabillo más de una vez pero los tampones de sus heridas se mantenían intactos. Sabía que no recuperaría su honor. Sabía que Lady Macbeth ya no existía y que sólo podría consolarse si Lagerta, la Reina Vikinga, le permitía acceder hasta la Muralla Norte y saber si Jon Snow acordaría cederle el paso. Bajo tales circunstancias, pensar en Margot Robbie le llevaba a pensamientos impronunciables. ¿En qué me habéis convertido ahora que los pájaros huyen incendiados? El hijo del Rey ha huido. ¿Acaso Tiberio no ha muerto también asesinado? ¿Se puede brillar cuando siempre se ha vivido preso de la oscuridad? ¿Cuándo la “bestia pop” aún no había sido incubada?

 

11.

 

El fantasma del Rey Duncan se levantaba cada noche. Husmeaba tras las volquetas donde orinan los hombres de la calle. Pensamiento tras pensamiento azotaban la mente de Macbeth, convertido en un indescriptible espectro. Que yermos los campos. Los desolados callejones por los que los cantos rodados buscaban no colisionar entre sí. ¿Quién acompañara el vuelo del dragón? ¿La cinta de Pierrot, la risa del Joker una vez caída la tarde y la rueca nocturna atraiga las hilanderas de Velázquez o las máscaras de Avignon? Convertido en un tsunami de la existencia, Macbeth y su fantasma continuaba ascendiendo hacia la cima del monte. Buscaba aquellas brujas que inundaron de sed y sangre las playas de Normandía. Un día “D” de la humanidad para salvarla de sí misma. El día en que Adolfo fue proclamado canciller y poco después firmó un pacto con Josef. Y más tarde mientras el destino se aferraba a lo inexorable los muchos Macbeth que en él había se multiplicaron en los vientres de Yocastas y Medusas. Y entonces intentaron aprender a vivir en el infierno. El Monte Sinaí quedaba muy distante. Birdman aún continuaba en las aulas de los crematorios y el paciente inglés sólo era un émulo de otros pacientes. Fausto deambulo por las calles. Busco a Margot para contarle su furia. Sólo la halló en las marquesinas de un cine de Marvel. Las sombras del adulterio son las ínsulas de la traición. Y no hay honor en ello. No hay más que tormento y mezquindad. Pero eso lo sabía. O lo aprendió ignorando que el mañana se haría cada vez más y más estrecho y que los túneles de salvación terminarían por derrumbarse. Lo supo su respiración. Sí acaso sus exhalaciones así podrían llamarse. Lo has debido saber cuándo cogiste aquel madero del billar, y ya en los entresijos finales del otoño, marchaste hacia el bosque improbable en busca de Ecáte y sus hermanas. Sonaban entonces las alarmas.

 

12.

 

 Kieyv era bombardeada y apenas te llegaban rumores de esa guerra que penalizaban nombrar. Absorto en sus heridas y preguntas, avanzaba hacia el final del trayecto. La lanza se había partido y ahora el trozo de madera que llevaba en sus manos, tanto podía asemejarse a una batuta sin orquesta, o a los restos de lo que podía haber sido una varita mágica, pero ya sin trucos ni ilusiones. Los nombres del diablo se fundían en el barro. Como herrajes candentes se inscribían en el lodo. Fausto buscaba su Lolita entre páginas de un libro que no llegaba a su número fatídico. Las aguas de Aqueronte se aproximaban y las barcazas se ondulaban al ritmo del oleaje. Una voz le llego finalmente: “Quién no tenga nada que esconder que lance la primera piedra !…” Giro su rostro y vio la figura del lastimoso Macbeth. Proseguía viaje tras las largas alambradas que  separaban el callejón de la avenida. Sonaban las sirenas de los radio patrulla y de los coches de asistencia móvil tras los últimos tiroteos entre las autoridades y bandas rivales. A la distancia, la figura del monte se dibujaba dentada e irregular sobre el horizonte. La ciudad diezmada por los interminables bombardeos era una tierra de escombros y arenas. Un paisaje disecado como gazas apegadas a los huesos. Los padres lloraban a sus hijos y estos a sus abuelos Tres brujas se desvanecían entre la oscuridad de la maleza, y las brasas de la hoguera habían dejado de humear. Sólo lo hacían ahora los restos de los barcos que habían sido abordados. El mar era un estrecho de penalidades. Continuo ascendiendo. Su taco de billar era apenas una daga quebradiza. El bosque de Birman lo esperaba. El castillo de Dunsínane era una luna iluminada. Macbeth lo miró por última vez. Continúo ascendiendo. Las risas de la brujas resonaron en el aire y el viento se tornó cobrizo. Sólo su torso avanzaba. Su cabeza una vez caía, era jaleada sólo por los empellones de sus pies.

 

*Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)- Película de Alejandro González Iñárritu estrenada en 2014

 

* Westworld. Premiada Serie de Ciencia Ficción de HBO emitida entre 2016 y 2022

 

*** “No partas hacia el Monte de Birman. Cuídate de la sangre que por ambición has derramado” Parte del diálogo original de la obra Macbeth de William Shakespeare, 1623

 

**** Siebel. Escena referente a una situación acontecida en una taberna, narrada en la obra Fausto de Goethe editada entre 1808 y 1832. 

 

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Guillermo Baltar Prendez (Montevideo, 1957). Licenciado en Periodismo por la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, donde realizó estudios de Comunicación Visual y Tecnologías de la Información. Estudio cámara y fotografía en Madrid, incursionando dentro del diseño gráfico y el audiovisual. Estudió Edición y Post Producción Digital en la ECU. Desde 1976 escribe en los medios culturales más importantes del país. En los años ochenta creó los ciclos de conciertos de rock y exposiciones del Cabaret Voltaire de Montevideo. Publicó libros de poesía y participó de lecturas y performances. Todas las horas son del tiempo es su séptima muestra individual en Uruguay desde su regreso al país a fines de 2004. Ese año estrena Íconos –trabajos digitales sobre la obra de Eduardo Darnauchans– en el hall del Teatro Solís, coincidiendo con el homenaje que la Junta Departamental tributara al cantautor. Desde sus inicios integra la redacción de la revista Dossier, donde publica artículos y entrevistas, y es el responsable de la sección de crítica fotográfica. Se desempeña como curador y gestor independiente. Desde 2009 organiza la muestra colectiva De cajón: Fotografías encontradas, en el Espacio Cultural de México. Es coordinador de los Talleres de Arte y Fotografía, y de realización audiovisual “Corto Doc” (este último junto a Mariana Oliva) en la Escuela de Fotografía Taller Aquelarre, así como de otras instituciones públicas y privadas. Dictó cursos para egresados universitarios en la Facultad de Arte (Ienba), dentro de los programas de Educación Permanente; también impartió seminarios sobre Fotomontaje en el Instituto Universitario BIOS. En mayo de 2010 año expuso Pequeñas canciones en la sala del CdF. En el Fotograma-11 expuso Lennon-Darnauchans: correspondencia secreta.

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