
Decía Bertrand Russell: “los mejores trabajos tienen otro elemento que es aún más importante como fuente de la felicidad que el ejercicio de una habilidad: el elemento constructivo”; agrega, “podemos distinguir la construcción de la destrucción por el siguiente criterio: en la construcción, el estado inicial de las cosas es relativamente caótico, pero el resultado encarna un propósito” (2002, pág. 105).
Hay varias cosas interesantes en lo que expresaba Russell, pero es más interesante aún la vigencia con la que lo podemos leer hoy, casi cien años después. Sabida es la opinión que el filósofo tenía al respecto del capitalismo y sabidas son sus opiniones al respecto del trabajo abstracto, en virtud de cómo leyó e interpretó tanto al materialismo histórico como a los principales anarquistas de fines del siglo XIX. Por lo tanto, comencemos más adelante, asumiendo de dónde partimos.
En primer lugar, parecería redundante afirmar que el vínculo entre trabajo y felicidad se presenta especialmente fuerte cuando la acción de trabajar se define como acción sobre el mundo. Más aún, la relación es aún más potente cuando dicha acción redunda en un bien social, en el universo de lo común, es decir cuando trasciende los límites de lo individual, proyectándose como parte de un proyecto colectivo orientado por el propósito que enmarcaba la acción.
En segundo lugar, y ya con el pensamiento pleno de Russell, podríamos decir que una acción es propiamente feliz cuando se configura como acción constructiva, cuando su fin último se plantea trascender esa suerte de caos inicial al que refiere el autor. En este sentido, los ejemplos son múltiples y no sólo se reducen a la literalidad de la expresión. Un niño que llega a la escuela de hoy, bombardeado de basura de las redes, experimenta una situación de caos cognitivo. Es acá donde los docentes intervienen reordenando sus esquemas de pensamiento, de forma de que todo ese exceso de información con el que conviven los niños de hoy no se manifieste como enfermedad, como expresión del malestar en la cultura. En este caso, el noble propósito del docente se encarna en el mundo: se forma al sujeto que será parte de una futura sociedad, producto de esta y productor a la vez, agente. Es poco probable que un docente experimente mayor placer que el de ver a su alumno actuando sobre el mundo y para el mundo, para los otros. Por otra parte, no debería haber causa mayor de felicidad para el “gran” docente, que ver a su alumno superándolo. En otro orden de cosas, es más fácil aún poner ejemplos de trabajos con propósitos concretos cuando se trata de acciones de sujetos sobre objetos, una poiesis, en términos aristotélicos, que evidencia su valor productivo en la manifestación concreta del propio producto. Este puede ser el caso de los artesanos o de los artistas en general.
Sin embargo, lo preocupante hoy no es el trabajo que construye, sino la manifestación proliferante de trabajos destructivos los cuales, muchas veces, se asocian con servicios populares, es decir que suelen ser de consumo masivo. Para el caso de este análisis, el énfasis estará puesto en dos actores centrales, los periodistas, y los políticos de profesión.
Decir que vamos a referir a todos los periodistas porque son todos iguales sería caer en aquello que me enseñó un gran profesor de Filosofía en mi tránsito por la educación secundaria, una falacia de atinencia por generalización apresurada. Por tanto, es preciso aclarar. No vamos a hablar de todos los periodistas sino de una especie en particular que puebla el mundo, nuestra América, nuestro Uruguay, y que se ha instalado, de un tiempo a esta parte, en Maldonado: los odiadores seriales. Hagamos en este caso un ejercicio opuesto al que veníamos haciendo. Vamos a partir de lo concreto. Las mañanas de la televisión local se han poblado de programas periodísticos que no tienen otro propósito que el de gestionar el odio de sus espectadores. Su tarea es destruir, destruir, destruir y seguir destruyendo todo lo que se les cruza por el camino. Para ello, no les basta con el odio de quien lo conduce, sino que invitan otros odiadores seriales los cuales, ellos sí cargados de falacias, enganchan un juicio de valor con otro para etiquetar de forma deliberada cualquier tipo de acción sobre la que se manifiesten.
Este tipo de odiadores, que incluye tanto al periodista como a sus invitados, no persigue más propósitos que los propiamente destructivos. En general, los discursos se caracterizan por carecer de elementos propositivos o porque, cuando los tienen, son aún más básicos que sus juicios de valor. Por otra parte, suelen manejar como argumento central el elemento distintivo que caracteriza a cualquier enunciado reaccionario. Afirman, a viva voz, que todo está muy mal y que lo anterior siempre fue mejor. Es decir que parecerían conocer la historia, pero los límites de su propuesta son tan básicos que son incapaces de usarla para proyectar hacia delante, ya que su única propuesta sería el retorno a ”los viejos valores”. Está claro que su lectura de la historia es, por lo menos, parcial.
Otro elemento distintivo de este tipo de programas es que sus conductores suelen usarlo como espacio catártico. Su rostro se transforma en el rostro del odio cuando avanzan sobre los drásticos juicios que disparan como ráfagas; su mirada es la mirada de la enfermedad neurótica que ha encontrado una mejor cosa que tratarse en terapia, opción que hubiese sido mejor no solamente para él, sino para el resto de los mortales que los escuchan.
Un último elemento sobre estos gestores del odio. Siempre, siempre, son incapaces de medir el daño que generan en la gente, mucho más aún en aquellos que atraviesan problemas de salud mental como los que existen en la sociedad post-postmoderna. ¿Qué necesidad tiene un sujeto deprimido de escuchar una serie de improperios que brotan como cascada de la boca de un sujeto aún más enfermo al que alguien tuvo la brillante idea de ponerle un micrófono y convertirlo en comunicador?
Un segundo espécimen que abordar son los políticos de profesión. Al igual que decíamos anteriormente, no todos. Nos referimos, en este caso, a esos que usan su lugar de servidor público y lo que ello significa en términos de alcance popular para bombardear las redes sociales con discursos de odio cuyo único contenido es precisamente ese, el odio. Lamentablemente, esta nueva especie la importamos de otros países, pero parecería ser que nos está comiendo. Son influencers de poca monta que parecen despertarse cada día pensando a quien van a odiar. Su tarea en la política se reduce a eso, son destructores. En general, se caracterizan porque, de analizar su labor en términos de propósitos, nadie puede recordar qué proyectos han gestionado o qué incidencia ha tenido su tarea de servidor público en la actualidad de nuestro país.
Otor rasgo distintivo del político odiador de redes es su bajo manejo conceptual y su tendencia sistemática para apelar a argumentos anclados en lo que solemos llamar sentido común. A modo de ejemplo, si se trata de educación, parece ser que está todo mal y el argumento, transite por el camino que transite, recae siempre en la pérdida de los valores absolutos, la pobreza espiritual en la que estamos sumergidos. Lo paradójico de sus afirmaciones no es su permanente recurrir a Kant. Se trata, en otro sentido, del llamado a una suerte de valores universales que son los mismos que ellos pisotean cuando disparan de forma sistemática sus discursos de odio, embarrando sin pudores a quien se les ocurre, bajo la impunidad que parecería otorgarle el erigirse como figuras de orden público.
Vayamos a un ejemplo más de lo contra fáctico de estos personajes, muy propio de Maldonado y probablemente de nuestro país. Este núcleo de políticos odiadores, a la vez que ataca un determinado sector político camiseteando, como si de un equipo de fútbol se tratase, justifica lo que hace su sector con el único argumento de que “acá se hace así”. Si se les pregunta, la respuesta es siempre la misma: “siempre se ha hecho así y así se hará”. No logran salir jamás del nudo argumentativo en el cual se meten y, mucho menos aún, son capaces de justificar de forma legítima las acciones de los propios, ya que los mueve y los moverá siempre la disciplina partidaria y sus propios intereses por sobre los mismos criterios éticos a los que ellos llaman a los gritos cuando escriben en sus redes. Son capaces, inclusive, de saltearse toda la historia política del Estado, del Leviatán hasta hoy, para postular la autonomía de las instituciones públicas cuando sus amigos políticos así lo decidan. En ese sentido, pueden decir que quienes gestionan instituciones públicas están habilitados a decidir cuándo desmarcarse del Estado, cuándo barrer para abajo de la alfombra, inclusive cuándo manipular a su libre albedrío los dineros públicos con total impunidad agregando, además, que será el propio pueblo el que defienda sus acciones corruptas. ¿De verdad existe este pueblo?
Pero existe una cosa peor aún que “esos” periodistas y “esos” políticos de profesión. Se trata de la fusión de ambas cosas. Esa especie que podríamos llamar periodistas-políticos a los que les cuesta esconder su camiseta. Esos mismos que no temen morderse la lengua cuando los suyos son arrastrados por casos visibles de corrupción, entregándose a la inagotable tarea de justificar lo injustificable. Son esos que tienen, dentro de su bajo volumen de virtudes, la habilidad de desviar el foco de atención hacia lo menos importante. Son, en definitiva, los gestores del odio que jamás pasarán a la historia por sus aportes constructivos cuyo mayor mérito será, siempre, haber logrado tapar el sol con un dedo.












































