![]()
Montevideo de película: cómo el cine aprendió a filmar la ciudad
Durante buena parte del siglo XX, Montevideo apareció en la pantalla como un telón discreto. Se la veía gris, quieta, de paso, casi siempre a la sombra de Buenos Aires, que concentraba la industria, los estudios y las estrellas del Río de la Plata. Filmar acá era una rareza, y cuando ocurría, la ciudad rara vez era protagonista.
Eso cambió con el nuevo siglo. Una generación de directores uruguayos decidió mirar su propia ciudad sin complejos, con sus silencios, su humor seco y sus rutinas mínimas. Al mismo tiempo, productoras extranjeras descubrieron que esas calles podían contar historias propias y también hacerse pasar por otras.
De “25 Watts” a la ciudad que se ve en las series
El punto de quiebre suele situarse en “25 Watts” (2001), de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, que siguió a tres veinteañeros a lo largo de un fin de semana en el que no pasa casi nada. Ganó el Tigre de Oro en Rotterdam y demostró que el aburrimiento montevideano podía ser materia de cine. Tres años después, “Whisky”, de los mismos directores, fue premiada en Cannes y consolidó una forma de narrar hecha de pausas, miradas y gestos contenidos.
Las producciones más recientes, sobre todo series y cortometrajes, retratan además una capital que esas películas apenas insinuaban: la de las noches largas y los vínculos que hoy se arman, y se desarman, desde la pantalla del celular. En ese universo conviven las aplicaciones de citas, los grupos de mensajería y los portales de anuncios donde se busca compañía con términos como escorts Montevideo, parte de un paisaje urbano contemporáneo que el audiovisual local empezó a mostrar sin dramatismo ni moralinas.
Esa mirada más franca sobre la ciudad real, con sus soledades y sus formas nuevas de encontrarse, es uno de los rasgos que distinguen al audiovisual uruguayo de los últimos años frente al de generaciones anteriores.
Una ciudad que también actúa de otras
Montevideo tiene una ventaja que los productores conocen bien: su arquitectura permite muchas épocas y muchos lugares en pocas cuadras. La Ciudad Vieja puede pasar por un puerto europeo, los edificios art déco del Centro sirven para historias de los años treinta y la Rambla ofrece horizontes que no delatan en qué orilla se filmó. A eso se suman programas públicos de incentivo a la producción audiovisual que buscan atraer rodajes internacionales.
Para técnicos, actores y proveedores locales, cada rodaje significa semanas de trabajo y una oportunidad de formarse junto a equipos con más experiencia.
La mirada del mundo vuelve a Uruguay
Pocas películas pusieron tanto al país en la conversación global como “La sociedad de la nieve” (2023), de J.A. Bayona, sobre los jugadores de rugby uruguayos que sobrevivieron en la cordillera en 1972. Nominada al Oscar a mejor película internacional, llevó la historia a millones de espectadores y despertó un renovado interés por Montevideo, los lugares de sus protagonistas y la memoria de aquella tragedia.
Ese tipo de éxitos funciona como vidriera involuntaria: el público que descubre una historia uruguaya en una plataforma de streaming termina, a veces, buscando la ciudad en un mapa.
Dónde se ve el cine montevideano
La capital sostiene un circuito cultural que va más allá de las salas comerciales. La Cinemateca Uruguaya, fundada en 1952, es desde hace décadas el corazón de la cinefilia local y organiza el Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay. Las salas independientes, los ciclos en centros culturales y la programación de los teatros completan una oferta que dialoga con otras disciplinas, como muestra la llegada de nueve vestidos recuperados de Lorca y Margarita Xirgu al escenario del Teatro Solís.
Esa trama de espacios es la que permite que el público se forme, que los realizadores encuentren dónde mostrar su trabajo y que la ciudad tenga una vida cultural propia todo el año.
La próxima escena
El cine uruguayo dejó de pedir permiso para filmar su ciudad. Hoy Montevideo es escenario, personaje y, cada tanto, actriz que interpreta a otras capitales. Lo que viene dependerá de que haya financiamiento sostenido, formación técnica y salas que sigan apostando por historias propias. La ciudad, al menos, ya demostró que tiene mucho para contar frente a la cámara.