
Debo confesar que soy una privilegiada. A los 7 años accedí a la maravillosa biblioteca de mis abuelos, que incluía un tocadiscos y una selección de vinilos. Allí pude descubrir en largas tardes veraniegas la música que escuchaban mis abuelos, mi madre y mis tíos. Entre tango, folklore, porteñada, un disco llamó poderosamente mi atención, por su portada dorada. Y luego que lo escuché por primera vez, pasó a ser mi favorito: diez canciones increíbles, que no se parecían a nada que hubiera escuchado antes, llenas de ritmo pero también de armonía y melodía, con letras que podía entender y con textos alusivos a las composiciones, impresos junto a las fotos de sus integrantes.
Pasaron años y no hubo otro disco que pudiera superar ese dorado ejemplar, en el living, durante las obligadas siestas fue mi eterno acompañante: me lo sabía de memoria, canción tras canción. Supe que ese grupo había tenido una corta trayectoria, que sus integrantes habían seguido carreras en solitario, cada vez que veía o escuchaba a Rada o a Chichito Cabral, me remitía a aquel experimental trabajo, con la certeza de que nunca iba a poder presenciar un concierto en vivo. Hasta el 2026 que se empezó a hablar de un espectáculo homenaje, liderado por Ruben Rada. Lamentablemente el Negro no pudo ser parte, pero su familia y otro de sus fundadores, Daniel “Lobito” Lagarde, decidieron seguir adelante y nos regalaron dos noches increíblemente conmovedoras.
A sala llena, el auditorio nos recibe en la segunda jornada, sonando canciones de Mateo, de Rada, en diferentes versiones, mientras la gente se acomoda.
Cuando se apagan las luces, ya hay aplausos y gritos de festejos, se siente una efervescencia en el aire que es interrumpida por el potente riff de Dedos, mientras sube el telón y descubrimos a los artistas parados sobre un precioso damero en blanco y negro, que remite a la gráfica del segundo disco del grupo. El auditorio explota de emoción mientras suenan las voces de Matías, Lucila y Julieta, también del Lobito y se proyectan gráficos del arte original de los discos, imágenes en blanco y negro que reconozco de la contratapa. La canción incluye un solo de bajo de Lagarde y de Gustavo Montemurro en teclado, ambos presentados con orgullo por Matías al que no le conocía la voz y al cantar descubro que se parece mucho a la de su padre. No tanto en el timbre (aunque se nota el parecido) sino también en sus inflexiones.
Sigue una potente versión del ¿blues? No me molestes, liderada por Julieta Rada, que hace vibrar a todo el auditorio. Luego Matías nos da la bienvenida, y agradece nuestra presencia, nos cuenta que “el objetivo era capturar la esencia de Totem”, antes de dar paso a una canción de Eduardo Useta, “el líder junto al Lobito”: Pacífico, cantada a dúo por Lucila y Julieta, mientras se proyectan registros de publicaciones (artículos de diarios y revistas) de Totem.
“Esta noche termina siendo una noche de homenaje, también a Chichito que además de ser el creador del nombre del grupo: Todos Tenemos Música, fue el mejor compositor de canciones de pescadores, vamos con una de ellas: Orejas”, que suena en la voz de Julieta mientras se proyectan imágenes de Chichito y de las distintas tipografías de Totem, en el fondo del escenario. Gran destaque del teclado de Montemurro y la percusión de “Coby” Acosta.
Presentan luego De este cielo santo, un canto de amor filial donde se luce “Dinamita” Pereda en la guitarra, con imágenes de Ruben y su padre detrás. Me conmueve el simbolismo de los tres hermanos Rada cantando la canción que su padre le hizo a su abuelo, lagrimeo pensando en mi padre y veo que al final, Matías me imita secándose los ojos.
Con una dedicatoria a Eduardo Rey y su familia, llaman al escenario al “Lobo” Núñez, Noé Núñez y Sergio Martínez, para hacer con tambores el candombe La lluvia cae para todos igual, mientras la gente comienza a hacer la clave con sus palmas. Al finalizar, dan las gracias DE VERDAD, se les ve a todos muy conmovidos.
Sigue otro candombe de Eduardo Useta: Todos, que hace más de 30 años no escuchaba y sin embargo me acordaba de la letra, que increíble la memoria emocional. Gran predominio de las guitarras junto a los tambores, que terminan la canción mientras Dinamita baila desenfrenado y Matías les despide nombrando a los percusionistas “hermanos de la vida”.
Lucila y Julieta se sitúan al centro del escenario, tomadas de la mano, para hacer Mañana, también de Useta. Me suena a canción de cuna, y es conmovedor sentir a los tres cantar ahora, como hijos, sabiéndose herederos de tanto amor, y con Gonzalo el hijo de Eduardo formando parte de la producción de este espectáculo, en el registro audiovisual. Confirmo la emoción, ya que al terminar las hermanas se abrazan mientras Matías las aplaude.
Todo mal, canción de Rada y Lobito, con gran lucimiento de las tumbadoras y los hermanos Rada haciendo sonidos con sus voces, da paso a Días de esos de Chichito Cabral, canción “que la venimos tocando mi padre hace tiempo”, nos cuenta Matías, mientras vemos más fotos, algunas inéditas, de actuaciones de la banda y se vuelve a lucir Coby en la percusión mientras las guitarras dialogan.
Esta vez es el momento de Julieta de agradecer al terminar, para presentar un “temón”: Manos de Rada y Lagarde, y luego Lucila nos presenta “uno de los hits del Lobito, inspirado en un poema del cubano Nicolás Guillén”, e invita a Lagarde a contarnos de qué se trata, mientras vuelven los tamboreros al escenario. Lobito nos explica entonces que “la palabra “Chévere” tiene un significado virtuoso ahora, más amable, pero que hasta los años 30 tenía una connotación más al gigoló, el tipo que vivía de las mujeres, y que de tanto estar metido en esa violencia se vuelve él mismo una navaja. Es una canción rítmicamente poética; aunque el mensaje es bastante sórdido, espero que les guste igual”.
Es increíble descubrir el registro vocal de Matías al cantar, versátil como su padre, que al terminar nos confiesa que “es una bendición que el Lobito haya aceptado acompañarnos, hay que pensar que él tenía 16 años cuando grabó este disco”.
Lucila presenta entonces “otra canción de mi padre, es muy importante su letra. Hace poco grabamos una versión con el Enano de la Vela (Puerca), en un proyecto que estábamos empezando: Quién va a cantar, pueden ir a buscar el video”. Qué triste que la letra de Biafra sigue estando tan vigente como cuando fue compuesta, pero muestra el costado comprometido de El Negro, sin dudas.
Toca el turno de uno de los temas más recordados de la banda: Heloísa, Julieta nos invita a pararnos para acompañar bailando, o quizás haciendo “un grito de locura” en alusión al lema de Rada. El público responde de inmediato, poniéndose de pie y alucinando con el solo de guitarra de Matías al borde del escenario, mientras sus hermanas lo admiran y aplauden, y el Lobito goza en su silla, totalmente entregado a la música.
Julieta nos cuenta entre risas que se burlaban de Lucila cuando preveía que al concierto vinieran las infancias, pero “ver a este niño (bailando y cantando en la platea) que haya entendido a Totem, es todo lo que está bien”.
Es momento de agradecer “al equipo técnico, a la producción, el diseño, los registros audiovisuales, los archivos del diario El País, recordar a Santiago Ameijenda que iba a ser parte y a último momento no pudo; a Diane Denoir, cantante, artista y pareja del Lobito Lagarde, a Gonzalo Useta, en definitiva a toda la familia unida de Totem; al estudio de grabación donde ensayamos, a Micaela por el vestuario y el amor, a Silvina Natale por la difusión, a Patricia Jodara, actual manager y pilar de esta familia, a todo el personal del Sodre, al Flaco Palleiro que creó el piso de damero y la gráfica del segundo disco (¡cómo no me di cuenta que el diseño tenía que ser de Palleiro!) y que además nos recibió en México, en la villa olímpica, y nunca nos olvidaremos; a Fernando García, el médico de columna de mi padre; a ustedes por venir y a nuestros hijos que los amamos. A vos Ruben Rada, papá, muchísimas gracias, hoy se puede soportar mejor la emoción, por darnos la vida, por enseñarnos la libertad de disfrutarla, por todo esto; el amor de todos, a ustedes por acompañarnos, por llenar el teatro, el aplauso es para ustedes también. No nos vamos a olvidar de estos días jamás. Vamo’ arriba Negro”, finaliza la retahíla de agradecimientos con el teatro de pie, saltando y bailando en los pasillos mientras suena Negro y esa maravilla de Matías cantando y emulando los registros y vocalizaciones de su padre, al grito de ¡Dale negro!
Una vez más presentan a todos los artistas arriba del escenario: Gustavo Montemurro, Daniel “Lobito” Lagarde, “Tato” Bolognini, Santiago “Coby” Acosta, Federico “Dinamita” Pereda, “Lobo” Núñez, Noé Núñez, Sergio Martínez, Lucila Rada, Matías Rada y Julieta Rada.
Agradecen de nuevo, empieza un solo de batería hasta que entran los tambores para hacer la Descarga.
Un acierto este homenaje, ya lo era con Rada, y más aún con sus herederos musicales. Hay memoria y es bueno traer el recuerdo de esa maravilla de banda que marcó a tantas generaciones. “Creo que voy a llorar” anticipó la persona a mi lado a un amigo, y tenía razón.
Al ritmo de los tambores se retiran los músicos, la clave suena desde el público hasta que aparece una cuerda de tambores liderada por el Lobo Núñez y compuesta por todos los músicos, terminando al borde del escenario, hasta que se van haciendo madera pero siguen tocando tras bambalinas un buen rato más, mientras el auditorio escucha y celebra, sin moverse del lugar, hasta el último golpe. Luego del aplauso final las luces siguen tenues, la gente pide otra, hay esperanza de un bis. Luego de varios minutos vuelven todos al escenario, agradecen y presentan a un invitado especial, Nelson Cedrés “el baterista de papá” para hacer una canción “que no la voy a presentar, para que se sorprendan”, y nos enseñan “el pasito salvación” para que podamos acompañar la coreografía.
Suena Quién va a cantar y todos sabemos quiénes. Dale Negro.
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