
El nombre de Roberto Fernández Ibáñez* dentro del mundo fotográfico y la cultura visual de nuestro país, es una marca registrada de sus búsquedas y hallazgos en torno a sus obras. Su última exposición en la Sala del Museo Torres García y la anterior edición de un libro de autor: “Contemporaneidad de las Brujas”, que motivó a que esta fuera exhibida, nos hablan no sólo de su trabajo como voraz artesano, sino también la de un artista y poeta consustanciado con las realidades de su tiempo. Una mente despierta y atenta a las fluctuaciones positivas y negativas de los cambios. En su libro, Fernández Ibáñez se adentra en el siniestro mundo de las inquisiciones de aquellas mujeres que por ser diferentes o libertarias, eran condenadas y apartadas de la sociedad, cuando no a sufrir torturas y ser condenadas al cadalso o a expirar entre las llamas de una hoguera. Para esta realización el autor se basó en realizar una serie de retratos, utilizando como modelos a reconocidas fotógrafas del medio y otras actividades vinculadas al arte. Generando una simbiosis, como si las condenadas fueran a su vez avatares de los personajes asesinados por pertenecer al mundo de la cultura. De esto y de sus nuevas búsquedas nos habla RFI en esta entrevista. Un artista que excede sus propias fronteras, un alquimista de hogueras y líquidos químicos. De vapores y luces, y también de encierros en esos altares misteriosos, esos cuartos que mantienen vivos ciertos misterios. El cuarto oscuro donde las imágenes cobran la independencia de su vida.
En alguno de los recordados Fotogramas que realizaba el entonces CMDF perteneciente a la División de Información y Comunicación de la Intendencia de Montevideo, un reconocido fotógrafo me habló de la admiración que sentía por tu obra. Por cómo manejabas los contrastes de luminosidad en tu obra, en los trabajos básicamente realizados en blanco y negro. Llegados a este punto, le señalé sorteando las diferencias, que tu obra me remitía en estos aspectos a los trabajos de Chema Madoz, no sólo por el manejo de la luz, sino también por la carga conceptual y poética en los que podía encontrar cierta vinculación. Una evocación directa a la poesía visual que Madoz a través de su relación con Joan Brossa ha desarrollado desde sus inicios. A diferencia de tus fotografías inspiradas en los haiku japoneses, donde la imagen adquiere su valor referencial a través del contenido literal. Te sientes reflejado en estas apreciaciones.
–Seguramente las obras que te remiten al trabajo de Chema Madoz son las que pertenecen a mi serie FOTOGRAFÍAS PENDIENTES, que comencé en 1988. Fue una serie de veintidós imágenes, y luego di por terminada esa etapa lúdica. No quería repetirme en esa temática porque tenía otras obras en mente, trabajos introspectivos relacionados con el haiku, al descubrir la estética japonesa y la filosofía Zen, en 1992. El cambio fue profundo a todo nivel. Mi fotografía se tornó minimalista. Comencé a sentir una especial empatía con mi entorno, y en un momento inesperado los haiku surgían en el instante en que tomaba las fotografías. Como imagen y palabra nacían simultáneamente, consideré que no tenía derecho de separarlas. Así tuvieron origen mis series de fotografía y haiku, que aún continúo creando alternadamente, mientras trabajo en otras temáticas tales como el medio ambiente, la condición humana, la ficción, la metáfora, etc
Muchos saben de tus orígenes buceando en el mundo de la química, algo fundamental para concebir algunos de tus trabajos e inmiscuirte en caminos de experimentación, como en la obra expuesta en el Subte municipal en la cual asumías el papel de un alquimista en búsqueda de respuestas. Un mundo particular tan onírico como masónico. En aquel momento te realicé una entrevista sobre dicha obra y hablamos sobre Fulcanellí y otros místicos en busca de la piedra filosofal. Te ves de esa manera, sé que ya te lo han preguntado, y que otros de tus colegas ven en ti esa especie de iniciativa creativa. ¿Te concibes como un alquimista de la imagen, a sabiendas que los principios de la física (la luz, el tiempo) y la química son en sí la base de la fotografía analógica?. Te lo pregunto para profundizar en esto y no caer en lo reiterativo de la magia del descubrimiento fotográfico, la espera de la aparición de la imagen en el cuarto de revelado, todo lo ya sabido. Quiero ir hacia lo profundo que me puedas decir en torno a esto, me refiero a la espiritualidad, a ese acto de comunión con los misterios, algo que los alquimistas llevaban a cabo…
-Mi relación con la alquimia nació hace muchos años atrás, cuando un libro de Pawels y Bergier, “La Rebelión de los Brujos”, citaba a personajes míticos como Fulcanelli y su obra literaria. Por aquel entonces yo era un adolescente que se sorprendía fácilmente con ese tipo de lectura, y quedó en mi memoria hasta que comencé los estudios de química. Años más tarde vi un paralelismo entre los términos utilizados por la alquimia y las etapas del proceso fotográfico analógico en el laboratorio: revelación y revelado, fijación de la materia alquímica y fijado de las fotografías, las abluciones alquímicas y el lavado como final del procedimiento. A esto se le sumaban los elementos presentes en la búsqueda de la transmutación de la materia para obtener el oro filosofal, y muchas sustancias químicas que forman parte de las emulsiones fotográficas y su modificación durante el revelado. En ese punto, vislumbré que mi “transmutación” sería la conversión de la Plata negra del papel fotográfico en Plata “colorida” mediante la acción de la luz y los productos químicos con los que trabajo. En ese sentido, acepto que se me conozca como el alquimista de la Fotografía, sólo por mi intención de investigar nuevas técnicas y procesos dentro de lo analógico, y por el desarrollo de su máximo potencial creativo, que para mí, se encuentra en el laboratorio. En cuanto a lo espiritual, el trabajar con la materia me lleva a un estado especial, que nunca surge cuando me toca hacer trabajos con imágenes digitales. No es lo mismo estar sentado frente a un monitor que en el ámbito casi místico del laboratorio, utilizando las manos, inmerso en una experiencia que involucra varios sentidos trabajando a la vez.
En uno de esos celebrados Fotogramas del CdF, hubo una disertación tuya sobre esos misterios o encuentros, a través de la experimentación. Recuerdo que presentaste un video donde la luz de una llama era (aquí me vas a tener que ayudar porque no acierto recordar) la fuente de luz para fijar imágenes sobre un papel sensible, constituyéndose como un elemento de exposición del o los objetos. Hay un artista estenopeico israelita Ilan Wolff que capta sus imágenes gracias a la exposición de la luz que refracta la luna, experimentando además con las diferentes fases lunares. ¿Esta inmersión compositiva marca diferencias con los hallazgos que puedes obtener del mundo de los algoritmos?
-Te refieres a las obras de la serie “La Mano (En La Caverna Roja)”.
Las obras se realizan creando imágenes que surgen al exponer el papel fotográfico a una llama en la oscuridad del laboratorio, seguido de una interacción de productos químicos con los que obtengo colores a partir de papel fotográfico blanco y negro (allí donde sólo deberían aparecer negro, blanco y tonos de gris). Es un proceso largo e inspirador, en el que voy improvisando en cada imagen creada. Por supuesto, cada una es irrepetible.
Hice un libro de artista sobre el tema de una caverna que se encuentra en nuestro país, y que aún no fue descubierta por la ciencia, con lo cual fui el individuo privilegiado en acceder a su interior y ver las pinturas rupestres que allí se encontraban. Ojalá pueda publicar ese libro, que trata sobre uno de los posibles orígenes del arte.
Con respecto a trabajar con algoritmos y crear mediante la experimentación, la diferencia es abismal. Al algoritmo hay que proporcionarle datos para obtener un resultado, mientras que en los procesos experimentales está presente la improvisación, el azar y la posibilidad del error, el cual muchas veces conduce a situaciones, consecuencias y efectos inesperados. Este último camino es el de un aprendizaje constante.
Este mundo de la post fotografía como lo ha dado en llamar Foncuberta, aún no había sido horadado por la inteligencia artificial, lo cual también promueve otras instancias no sólo de conceptualizaciones en torno a la imagen contemporánea, sino a promover aún más la banalización de la misma. ¿Cómo ves el mundo de la imagen en general, ahora con el auge de la utilización a ultranza de la IA?.
-La Inteligencia Artificial se ha metido en la médula de todo cuanto se crea. Lo que en un comienzo fue un tratamiento de datos, ahora se convirtió en un ente que toma decisiones. Por ejemplo, hoy en día se está dejando que la IA escoja personal laboral, cuando antes era siempre un ser humano quien evaluaba a otro y decidía sobre su aptitud para el cargo. En el ámbito artístico, la IA también llegó para quedarse. ¿Quién y cómo podría extirparla? Como un virus creado en un laboratorio y que “se fugó” inoculando a la sociedad en su totalidad, hay que aprender a convivir con él, y evaluar su uso para actividades específicas.
Usualmente al hablar sobre fotografía, nos detenemos en dos principios básicos: el tiempo y la luz. Olvidamos el papel esencial que cumple el agua en los procesos de la fotografía analógica. Tan importante como lo es en la industria atómica para la refrigeración de los reactores nucleares. Ya Muybridge utilizaba placas de colodión ** humedecido para capturar imágenes. Pero el agua es quién disuelve los químicos que se usan en el proceso del revelado, o para diluirlos en las cantidades exactas, y hacen que estos penetren en la película o en papel fotográfico. El agua cumple aquí funciones determinantes.
-Pocos saben que la IA demanda millones de litros de agua como parte del enfriamiento en su proceso, de modo que cada vez que la empleamos, estamos generando un impacto ambiental negativo y un gasto enorme de un recurso natural cada vez más escaso. Según una proyección para 2030, la demanda hídrica global de la IA sería igual al consumo anual de agua de 1.300 millones de personas, por lo que no debería utilizarse indiscriminadamente. Pienso que sólo debería estar al servicio de temas relacionados con la salud y para alcanzar una vida sustentable.
En el ámbito de la imagen, el uso de la IA no me emociona, ni me seduce, ni me despierta misterio, ni poesía. Hay quien necesita de ella para sus trabajos, y respeto su opción. En mi caso, relaciono el resultado con el proceso que lo generó, y prefiero que mi trabajo sea todo lo humanamente posible tanto en su concepción como en su realización. Más allá de la IA, veo un mundo donde la cantidad creciente de imágenes generadas impide ver la calidad que seguramente se esconde detrás de ese caos visual. Considero absolutamente necesaria una instancia de rigurosa autocrítica al momento de generar imágenes (y poner nuevos objetos en el mundo), y otra de crítica especializada, que en nuestro país, se ha ido perdiendo.
En tu trabajo, “Contemporaneidad de las Brujas”, tanto en el libro como en su versión expositiva, tomas como punto de partida la mirada prejuiciosa hacia la mujer desde la antigüedad, sus juzgamientos y apremios hasta los actos de violencia y femicidios actuales. ¿Lo haces a manera de denunciar estos hechos en los momentos actuales? Es curioso cómo esta mirada hacia la mujer ha virado con el tiempo. Sobre todo, a partir de la Edad Media, donde comenzó realmente la Inquisición y la caza de brujas. Si vamos hacia la cultura helénica, en sí la mujer tenía categorías también de diosas con sus cualidades tanto benefactoras como oscuras. En las culturas celtas, por citar sólo una de esas características, estas eran consideradas hechiceras. No sólo poseedoras de conocimientos malignos, sino también como sanadoras. Ni que hablar en diversas poblaciones indígenas de nuestro continente de norte a sur. También pienso en la obra de Miller “Las Brujas de Salem”, el sabido proceso en el poblado estadounidense de Salem que llevo a la condena a un grupo de mujeres. Lo cito porque este concepto tiene también sus aristas políticas. La Caza de brujas en Estados Unidos en los años 50 por ejemplo. Las miradas de tus brujas, esos retratos donde además aparecen rostros reconocidos de nuestra cultura, parecen ir más allá de esas circunstancias primordiales. No había conocido trabajos tuyos anteriores enfocados al retrato en sí como hasta ahora, era al menos una faceta que desconocía. ¿Esto es nuevo para ti, o al menos en llevarlos a un corpus expositivo donde lo que predomina es el rostro, la mirada del otro?
-El proyecto “Contemporaneidad de las Brujas” llevaba como subtítulo “para denunciar un crimen de Lesa Femineidad”. Mi intención es mostrar que los hechos de violencia hacia la Mujer tuvieron su origen en expresiones de odio que se perpetuaron hasta nuestros días, y de diferentes formas. La discriminación estuvo presente desde los primeros textos de los dogmas. Por supuesto que esto tuvo y tiene aristas políticas, porque la sociedad y su comportamiento responde a la realidad de cada momento histórico. La caza de brujas fue también una forma de controlar bienes y vientres. Recordemos que los bienes materiales de las “brujas” quedaban en propiedad de los victimarios, muchas veces, de la iglesia. Por eso es que paralelamente a la cuestión expositiva, en el libro pido una disculpa de las autoridades eclesiásticas por aquellos actos horrendos llevados a cabo por la Inquisición, y por los juicios de los que ninguna acusada sorteaba la condena.
Respecto a mi trabajo en retratos, en 1989 realicé la exposición “Ella”, en el Instituto Anglo Uruguayo, con fotografías de mujeres en múltiples ámbitos laborales, de modo que el retrato no es un camino nuevo, Pasaron muchos años hasta que en 2018 surgió mi interés en enfocarme en la violencia cotidiana y los preocupantes datos estadísticos. Así nació “Contemporaneidad de las Brujas”, proyecto que fui completando con textos y poemas de mi autoría. En medio de esos años tuve otros temas en los que quise incursionar. No me gusta repetirme. Hay muchas temáticas para abordar fotográficamente, y en esa búsqueda uno aprende continuamente cosas interesantes y enriquecedoras.
En la muestra de Minerva las imágenes giraban en torno al tiempo. Me refiero “al tiempo en torno al tiempo de los libros”. Su mutabilidad, en tanto son catalogados como luego descatalogados, como identitarios o pertenecientes a una colección que puede permanecer inmutable o dispersa y el sello de pertenencia sólo es comparable a lo que podríamos definir “antiguos trozos de una heráldica intelectual”. Cuando la contemplación es fugaz, ¿no percibes que estas quedan instaladas como elementos decorativos, meros testigos no ya de la acción que reproducen (x ejemplo en periodismo gráfico un desastre natural, un bombardeo, etc.), sino del trabajo de quién las realizó? Me refería a esos tiempos de cambios de manos o de estanterías que es también, diferentes maneras de concebirlos.
-Mi relación con el uso del tiempo está estrechamente ligado a los libros de mi biblioteca, desde el constante aporte de ideas para generar otro tiempo (el fotográfico), como el de la percepción cada vez más presente de mi propia finitud. Me consta que hay algunos libros que quedarán estáticos es sus estantes, sin ser leídos. Otros van cambiando de lugar a medida que los consulto para alimentar mi imaginario; y digo ‘consulto’, porque más que leerlos de principio a fin (con el paso del tiempo me transformé en un lector desordenado), extraigo pasajes que considero claves. Los japoneses llaman Tsundoku al arte de convivir con libros que quizás jamás serán leídos, pero que pasan a formar parte de una vida ‘latente’ dentro de la biblioteca. La serie expuesta en la Librería Minerva tuvo mucho que ver con esa idea de libros leídos o todavía por leer, que interaccionaban con objetos significativos que fui coleccionando o conservando a lo largo del tiempo, algunos de ellos, desde mi niñez.
Para esa serie, la expresión “Ex Libris” (que en Latín significa “de la biblioteca de…”), apuntaba al libro como objeto de culto, más que a lo que se conoce como un “Ex Libris” identificatorio, que era una especie de etiqueta personal especialmente diseñada, y que se adhería en la primera página del libro, indicando a su propietario.
Y hay también otro tipo de tiempo que está presente en ese grupo de imágenes: el tiempo venidero de mi ausencia. No puedo evitar preguntarme acerca del destino final de mis libros. Lo que durante décadas concebí como una unidad integral de mi vida, muy probablemente se disgregará como mi propio cuerpo.
Háblame de tus nuevos proyectos y de si alguna vez has pensado realizar alguna serie de trabajos en color.
En 1991-1992 hice una serie analógica en formato medio, en color, la cual también imprimí las ampliaciones en un tamaño de 50x60cm, lo que fue un desafío como autodidacta. La serie se llamaba “Ojos de Topo”. Como los topos son miopes, quise mostrar fotográficamente mi mundo cotidiano a través de la mirada de un miope. Puede verse en mi sitio web. Actualmente, las imágenes que tomo en color son digitales, y aún no he mostrado esos trabajos. En un futuro no muy lejano veré la posibilidad de hacerlo, pero por el momento estoy trabajando con técnicas analógicas en mi laboratorio, en las que obtengo colores muy extraños e interesantes con mis fórmulas químicas sobre papel blanco y negro tradicional.
Respecto a mis nuevos proyectos, estos son los títulos de las series: “El Sol y la Luna antes de Colón”, “Sin motivo aparente”, “Erosiones”, “Diseños para un ala de mariposa”, “Cosas que pasan: Inventario”, “Haced con ellas lo que queráis”, “Frágil”, “Para salvar a un bosque”, y un par más que aún no tengo definido su nombre. También tengo pendiente investigar mi archivo de más de cuarenta años y ver imágenes que nunca imprimí. Todo esto implicará muchos años trabajo, y espero que mi vida se extienda lo suficiente como para poder concretar algunos de ellos.
*Roberto Fernández Ibáñez (Montevideo, 1955)
Fotógrafo y escritor, recibió el Premio Morosoli de Plata en Artes, en reconocimiento a su trayectoria artística y su contribución a la cultura uruguaya.
Ganador del Fondo Concursable para la Cultura 2022, Ministerio de Educación y Cultura.
Ganador de “Canelones PRENDE, Fondos Culturales”, en las Ediciones 2022 y 2023.
Expuso su obra en Uruguay, Argentina (Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba), Brasil (Porto Alegre, Ceará, Fortaleza), Estados Unidos (Houston, Maryland, Washington DC, New Haven, Massachusetts, San Francisco, Colorado), Colombia, Bolivia, China (Lianzhou y Pingyao), España, Italia (Catania, Caltagirone, Sicilia), Países Bajos, Australia y Portugal.
En Uruguay expuso individualmente en el Museo Torres García, en la Sala Carlos F. Sáez del MTOP, en el Subte Municipal de Montevideo, en el Archivo Histórico Municipal (Cabildo), en la Sala de Exposiciones del MEC, en el Espacio Cultural de San José de Mayo, en la Alianza Cultural Uruguay-EEUU, en la Galería y Museo La Puerta de San Juan, en la Galería del Notariado, entre otras salas y centros culturales.
Su trabajo se encuentra en The Museum of Fine Arts Houston USA, en la Fototeca Latinoamericana FoLA, Argentina, en la Mediterraneum Collection, Italia, y en colecciones privadas internacionales.
Expositor seleccionado a la Bienal Houston FotoFest International Discoveries, 2007 y 2015.
Ganador del Premio Descubrimientos del Festival de la Luz en Argentina en 2004 y 2010.
Invitado a exponer en Head On Photo Festival, Australia, en la Bienal Fotográfica Bogotá, Colombia, en el Mediterraneum Photo Festival 2023 de Sicilia, en la Bienal FotoFest Houston, USA, y en el Pingyao International Photofestival, China, donde recibió Premio a la Excelencia como la mejor exposición del Festival, con la curadoría de Alasdair Foster.
Su obra fue publicada en Uruguay, Argentina, Brasil, Reino Unido, Dinamarca, Corea del Sur, Puerto Rico y Estados Unidos. Dio conferencias acerca de su obra y procesos creativos en Uruguay, Argentina, Colombia, Estados Unidos, Australia, Brasil e Italia.
Primer Premio en el Quinto Salón Municipal de Artes Plásticas y Visuales, Montevideo.
Recibió el Premio Mediterraneum Collection en Sicilia, Italia, 2023.
Como poeta fue invitado a la Feria Internacional del Libro y la Lectura (Caaguazú, Paraguay), al Festival Internacional de Poesía FIP LIMA (Perú), al Festival Internacional de Poesía (Arequipa, Perú), y a la Feria Internacional de la Promoción de la Lectura y el Libro (San José, Uruguay), con sus trabajos sobre Fotografía y Haiku.
Publicó los libros “Otra Alquimia” (CdF Ediciones, 2023), “Contemporaneidad de las brujas” (Editorial Yaugurú, 2023), y el poemario “Ecos del Silencio” (2024).
**En 1851 Frederick Scott Archer crea el proceso del colodión húmedo, una tecnología innovadora para la época. Se vertía un líquido viscoso, conocido como colodión (una mezcla de alcohol, éter y nitrocelulosa) sobre una placa limpia de vidrio. Para que el sistema funcionara y la imagen quedara registrada, había que recubrir la placa y introducirla dentro de un recipiente con nitrato de plata pata hacerla sensible a la luz, y meterla luego dentro de la cámara. Capturar la toma y revelarla. Esto tendría que llevarse a cabo dentro de los 10 o 15 minutos siguientes, antes que la placa se secara y quedara inutilizada.
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