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Las puertas de La Casona de Mauá, ubicada en Piedras 618, se abrieron a las 18:30 horas del sábado 10 de oktubre (lo escribimos así para ser fieles al espíritu festivo de este particular mes para los amantes de Los Redondos y del Dios Solari). Comenzaba así una rumbita que todavía sigue resonando en la cabeza de todos quienes asistimos a esta primera misa. Sin lugar a dudas, la ricotera es una religión con todas las letras. Una y otra vez, sus adeptos se encuentran para renovar una fe que se alimenta de las canciones, de su peculiar poética y de una comunión difícil de explicar con palabras. Las misas ricoteras son mucho más que un homenaje: son un ritual de resistencia, una religión pagana en la que el Indio es profeta.
Hay discos que se llevan como una bandera en el corazón y Oktubre es uno de ellos. Nos enseñó que la libertad, la poesía y el rock pueden reunirse y convertirse en una forma de salvación. En ese disco, donde se perciben las influencias de The Cure y Joy Division tanto en su oscuridad como en su clima sonoro, todo se transforma por una sensibilidad rioplatense, barrial y contestataria, de guitarras filosas y repetitivas, de bajos hipnóticos, climas tensos y una atmósfera casi cinematográfica. Es una obra que se ha convertido en un ritual de celebración que se renueva con cada encuentro.
Y esta primera experiencia de La Rumbita, recorriendo distintas etapas de la discografía ricotera, salvó la instancia con notas de excelencia. La historia, nos cuentan sus hacedores, comenzó con una idea de Santiago “Bigote” López, el reconocido exfutbolista, militante social y ricotero hasta la médula. De diversas reuniones se armó este proyecto colectivo dado en llamar La Rumbita, que con entradas de aporte voluntario, buscando que nadie quede afuera, agotó las localidades. La producción del espectáculo estuvo a cargo de Sebastián Fontes, Santiago López y los músicos que estuvieron en escena. Y el resultado fue todo un éxito. Les cuento cómo se vivió y les dejó una sugerencia final.
La venta de remeras, las performances, las artes plásticas en vivo y hasta gastronomía ricotera ambientaban el espacio preparado para recibir a los fieles. A medida que uno iba recorriendo el lugar se adentraba en una peculiar estética, entre cuadros colgados e imágenes proyectadas en las paredes del santuario ricotero erigido y un escenario alejado de lo convencional que invitaba a fusionarse en alma y cuerpo con la música.
Las primeras dos horas transcurrieron entre música de ambiente, con lo mejor del rock rioplatense, y comidas y tragos de excelente calidad a muy buen precio. Nada mal para arrancar una noche extensa e intensa e ir preparando el alma. Y vaya que fue necesaria esa preparación que también debía ser corporal.
Sobre las 20:30 comenzó el plato fuerte de la noche, con la presencia de la banda en el escenario, compuesta por cinco notables músicos (Valentina Viña, Emiliano Durán, John Bica, Daniel Rogantini y José Calviño) que desde el primer acorde brillaron y lograron transportar a todos los presentes al mejor de los universos posibles.
En sintonía con la ocasión, el hielo se rompió con La dicha no es una cosa alegre, a la que le siguió Vencedores vencidos, ya comenzando a levantar la temperatura de la noche. Después llegaron clásicos como La hija del fletero, Último bondi a Finisterre, Superlógico, El infierno está encantador esta noche, Esa estrella era mi lujo y El pibe de los astilleros.
La noche ya era una delicia ricotera y la presencia de un invitado de lujo como Alejandro Spuntone comenzó a arrimar la cuestión a su súmmum. Spuntone le puso la voz a Un poco de amor francés, Ángel de la soledad y La bestia pop. Aplausos y más aplausos. El clímax, para entonces, ya se expandía más allá de La Casona de Mauá y cruzaba el charco. Conexiones de estados del alma que nos transportan de un lado a otro a través de ese lenguaje universal de la sensibilidad que es la música.
El intermedio estuvo a cargo de un malabarista ricotero que deslumbró a todos con una rutina hipnótica. Y a las 22:30 saltó nuevamente al ruedo La Rumbita, retomando con Una piba con la remera de Greenpeace, a la que le continuaron Tarea fina, Preso en mi ciudad y Motor psico, entre otros himnos ricoteros, antes de que copara el escenario una segunda invitación de lujo, Eugenia Bonilla, quien le puso voz y garra a Perdiendo el tiempo, Mi genio amor y Todo un palo.
La misa alcanzaba entonces altas cotas de entrega, en cuerpo y espíritu, y ya se vislumbraban los pogos finales que terminarían de convertir la velada en una noche inolvidable. Y como un tsunami que se aproxima y crece a cada instante, las olas comenzaron a levantarse cuando La Rumbita arremetió con Ropa sucia, Juguetes perdidos y Nuestro amo juega al esclavo. El pogo explotó en toda su dimensión con Ya nadie va a escuchar tu remera y la mítica Jijiji, cantada a dúo por Spuntone y Bonilla, cerrándose una noche redonda.
Ya era medianoche. Habían pasado cinco horas y media desde que La Casona de Mauá había abierto sus puertas pero nadie parecía tener demasiadas ganas de irse. La jornada continuó con buena música de ambiente y tragos que siguieron alimentando la fiesta.
Una rumbita se armó en una noche redonda y nos fuimos con la promesa de que esta sería la primera de muchas. Si te la perdiste, no cometas el mismo error en el próximo llamado a misa. El Dios Solari y sus ricoteros te estarán esperando por la calle Piedras. Y créeme: vale la pena no faltar a la cita.