
Me incomoda la frase “Mayo, mes de la memoria”. Sé que la intención es darle una entidad temporal a la lucha por las personas desaparecidas, pero la memoria no es solo tiempo: sostiene la esperanza, la reivindicación y la búsqueda incansable. Eso no se rige por un calendario. Es una acción política que interpela constantemente.
Son un montón de historias, anécdotas y heridas las que caminan. Enseñan. Transmiten. Dan ejemplo de que a pesar del intento por silenciar y entorpecer el camino, vendrán más. Alguien seguirá.
El recuerdo de las personas desaparecidas no son los carteles ni las banderas. Esos son símbolos. El verdadero recuerdo está en lo que hacemos. En la calle, en el trabajo, en el estudio, en el ocio, en el bondi. Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y los Familiares de acá lo saben. Ponen el cuerpo. ¿Cómo no hacerlo? Siempre ponemos el cuerpo. Sin eso, nada.
Y en eso, la resistencia ha sido siempre tarea feminizada, aunque no siempre reconocida. La maestra que enseña con perspectiva crítica. La abuela que cocina en el comedor del barrio. Por eso, no nos puede dar lo mismo estar que no estar. El compromiso material/físico es sinónimo de la memoria, archivo vivo. Rita Segato -antropóloga feminista- nos habla del cuerpo como territorio de conquista, como lugar donde se escriben mensajes de poder. Lo vemos en la crueldad de los crímenes cometidos. La violación, el mutilamiento, la tortura. El fin no es la muerte o la no-existencia: el fin es advertencia, el intento de disciplinamiento. Frente a esto, el cuerpo que desobedece es subversivo.
Mientras los archivos estatales y las políticas han fallado en su intento de reconstrucción y reparación, lo que sostuvo y sostiene el no olvido es el trabajo invisibilizado de miles de mujeres, identidades feminizadas y disidencias en los hogares y en las ollas, al cuidado de las otredades. Nos quisieron excluir de lo público sin darse cuenta de que la verdadera lucha está “puertas adentro”. Es la mayor resistencia.
La calle se habita. Caminar es movimiento y ejercicio. El mismo que debe caracterizar a las sociedades en la acción diaria. El silencio invita a re-pensar las prácticas de nuestra comunidad, escuchar activamente las demandas. La justicia no es un pedido, es una exigencia, y es urgente que se tenga en cuenta si queremos construir una vida libre de violencias en clave de derechos.
Siempre alguien nos hace falta, no nos acostumbremos a su ausencia física, aunque estén presentes.













































