
Introducción.
El artículo a continuación presenta una reflexión acerca de la concepción del género como categoría social y las modificaciones que sufre en el pasaje de una organización social en comunidad, a lo que es la propia modernidad.
Los cambios generados en los discursos sociales, permiten entender las relaciones de género ya no desde una dualidad, sino que con la llegada del “nuevo orden”, estamos ante una relación característica de binarismo según Rita Segato.
En este sentido, se citan autoras como Ana María Bach, Silvia Feredici y María Lugones, que desde un análisis basado en la colonialidad del poder y el capitalismo, abordan las relaciones de género a partir de la lógica operante del sistema patriarcal teniendo presente las demandas de la esfera pública en contraposición con el fuero íntimo-doméstico al que históricamente las mujeres hemos sido destinadas naturalmente.
Una resignificación de las relaciones de género en el marco del Estado moderno.
La idea de lo igualitario como carácter del género, es la connotación característica del discurso colonial moderno, enmarcado en la realidad contemporánea. Analizar así una categoría central como lo es género y las relaciones que enmarca, supone según Rita Segato, iluminar a su vez la transformación de aquellos aspectos en las formas de vida de las comunidades a partir de la irrupción del nuevo orden, un nuevo orden que impone el discurso dominante sobre el cual las relaciones de género toman otros significados. Segato (2010) expresa:
(…) el género existe, pero lo hace de una forma diferente que en la modernidad. (…) cuando esa colonial modernidad se le aproxima al género de la aldea, lo modifica peligrosamente. Interviene en la estructura de las relaciones de la aldea, las captura y las reorganiza desde dentro, manteniendo la apariencia de continuidad pero transformando los sentidos, al introducir un nuevo orden ahora regido por normas diferentes. (p.113)
Así el mundo moderno va a modificar las bases de aquellos discursos entorno al género y al sistema patriarcal, en pos de adaptar sus significados y generar nuevas concepciones de cara a las demandas de esta nueva realidad. Al igual que el género, el patriarcado ha existido a lo largo de la historia, adaptándose como nos dice Ana María Bach (2015), a los diversos sistemas en las diferentes sociedades. En sus formatos más actuales, disfrazado de capitalismo.
¿Qué ocurre entonces con los nuevos significantes que se desprenden de la figura masculina y femenina en estos términos?. La acción dominante y opresora ejercida por hombres, ocurre a partir del poder relacional respaldado por la esfera pública comunitaria que, en su universalización y superinflación, no hace más que minimizar el foco de la esfera privada, la vida doméstica e intrafamiliar, al punto de profundizar la brecha desigual de las jerarquías que dichas relaciones de género componen.
En esta lógica, el proceso colonizador toma cuerpo en la esfera pública para complejizar el papel de la figura masculina en detrimento de la figura femenina, a partir de su “domesticación” en términos de Segato, pese a que la esfera privada contenga la real producción de la fuerza de trabajo que sustenta las bases del espacio público, el trabajo reproductivo [1].
[1]Darse cuenta que el trabajo femenino no remunerado que se realiza en el hogar es fundamental para la producción de la fuerza de trabajo no sólo redefine el trabajo doméstico, sino la naturaleza del propio capitalismo y de la lucha en su contra. (Federici, 2018, p.60)
Esta situación de dominación, no es otra cosa que el sistema neoliberal imponiendo su ideología a través de diferentes formas de reproducción globales, desde el extractivismo, pasando por ataques al sistema de bienestar, hasta la deforestación. Los niveles de resistencia más significativos, están fuera de los lugares de trabajo remunerado. Quienes encabezan las luchas hoy, son mujeres que entienden la condición indisoluble que hay entre la lucha por una sociedad sin jerarquías, que no se base en la explotación del trabajo humano y a su vez la lucha por recuperar la naturaleza y la lucha antipatriarcal (Federici, 2018).
De esta manera, las resistencias apuntan hoy por hoy a la reivindicación de la figura femenina como partidaria de una modificación que va más allá de los límites de la frontera impuesta entre la esfera pública y privada. Sin embargo, el capitalismo como sistema ejerce su poder de forma transversal, en todas las estructuras sociales, por lo que pensar en regularizar en mayor medida el trabajo reproductivo, es una de las formas posibles del verdadero cambio, pero no la única. Federici (2018) expresa:
Según la izquierda, como amas de casa, las mujeres no sufren el capital sino que sufren por la ausencia del mismo. Parece que nuestro problema es que el capital ha fallado en su intento de llegar a nuestras cocinas y dormitorios, con la doble consecuencia de que nosotras presumiblemente nos mantenemos en un estado feudal, precapitalista, y que nada de lo que hagamos en los dormitorios o en las cocinas puede ser relevante para el cambio social. Obviamente si nuestras cocinas están fuera de la estructura capitalista nuestra lucha para destruirla nunca triunfará, provocando así la caída del capital. (p.23)
Diversas vertientes del feminismo apuntan a la democracia radical, a la modificación de las prácticas sociales donde son más evidentes las desigualdades de género. Estas se encuentran explícitas e implícitas en todas las relaciones de poder, que ocultan a su vez relaciones de jerarquías. Es así como la colonialidad se vuelve sinónimo de patriarcado en tanto toma cuerpo y se vehiculiza a través de relaciones sociales. Toma cuerpo a su vez, como vimos con anterioridad, mediante la figura del capitalismo como articulador del patriarcado moderno en sí mismo. Federici (2018) plantea: “(…) cuando afirmamos que producimos capital, lo que afirmamos es que podemos y queremos destruirlo y no enredarnos en una batalla perdida de antemano consistente en cambiar de un modo y grado de explotación a otro” (p.29). En este sentido, la demanda de participación femenina en los sucesos de la vida colectiva, implica atravesar estas divisiones entre lo público y privado en tanto espacios fragmentados que subyacen en la idea de jerarquías, para dirigirnos a una despatriarcalización del área doméstica, donde paradójicamente resultan protagonistas las mujeres, en el ejercicio del trabajo no remunerado.
Resulta imposible hablar de género en el mundo moderno, sin tomar en cuenta el binarismo del que hace mención Rita Segato. Dicho binarismo supone una relación suplementar, existiendo una necesidad de figura masculina en función de una femenina y viceversa. Esta es la lógica por la que la aldea – el mundo pre moderno – ha sido desplazada, no existiendo una complementariedad entre géneros, lo que hace aún más evidente la condición masculina sostenida por los espacios no públicos, de manera que la división sexual del trabajo se perpetúa a partir de la naturalización del género femenino vinculado al espacio doméstico. Federici (2018) entiende que el propio Marx:
Insiste en representar al trabajador asalariado como un ente que se autoreproduce. Incluso cuando considera las necesidades que el trabajador debe satisfacer, lo consibe como un comprador de mercancías autosuficiente, e incluye entre sus necesidades vitales la comida, el alojamiento y la ropa, pero curiosamente omite el sexo, ya sea obtenido en el sistema familiar o comprado[2], [2] La desmercantilización supone entre otras cuestiones, culminar con la connotación de objeto con valor de cambio. Dicha connotación se da a lo largo de la historia sobre el cuerpo de las mujeres en términos de prostitución y otras prácticas como la pornografía. lo que sugiere que la vida del hombre proletario es intachable y que trabajo industrial solo corrompe la moral de las mujeres. (p.53)
En el involucramiento del género femenino en tanto la conciencia de sí y para sí, en relación con el sistema mundo moderno, es importante resaltar el hecho de que con el devenir de los últimos años, las organizaciones sociales y los movimientos permiten dar cuenta de las necesidades de cambio de todos los procesos que permean la colonialidad y la legitiman desde quizá en mucho de los casos, la indiferencia de su existencia. Es así como Segato (2010) entiende que:
Las luchas por los derechos y políticas públicas inclusivas y tendientes a la equidad son propias del mundo moderno, naturalmente, y no se trata de oponerse a ellas, pero sí de comprender a qué paradigma pertenecen y, especialmente, entender que vivir de forma descolonial es intentar abrir brechas de un territorio totalizado por el esquema binario, que es posiblemente el instrumento más eficiente del poder. (p.122)
En su reivindicación y resistencia, muchas de las luchas feministas y movimientos sociales sobre todo en Nuestra América -por lo que la condición de dominación implica -, han sido encabezadas por el lema “lo personal es político”. Lo cierto es que el proceso de colonización de la esfera pública, el poder ejercido por el hombre blanco y el discurso de la masculinidad hegemónica, han colocado a la vida privada en la periferia de toda discusión política e ideológica por lo cual, el Estado (En su obra “Los tres grandes retos del Estado de bienestar” (2010), Gosta Esping-Andersen plantea como uno de los tres retos en la contemporaneidad, el desempeño de la mujer en la lucha por alcanzar espacios y escucha popular, a partir de las demandas sociales emergentes de los cambios post-industriales. En este sentido las políticas sociales impartidas por la figura estatal, son deficientes ya que no logran adaptarse al ritmo acelerado que caracteriza las prácticas sociales de reivindicación femenina.) como garante aún se encuentra en vías de desarrollo de herramientas tales como políticas públicas y sociales que respalden la condición de vida de mujeres que, cosificadas y minimizadas, luchan por la transformación de las bases culturales de nuestras sociedades, bases que apuntan hoy a la sistematización de la dominación masculina. Segato (2010) plantea: “Esto significa, para el espacio doméstico y quienes lo habitan, nada más y nada menos que un desmoronamiento de su valor y munición política, de decir, de su capacidad participación en las decisiones que afectan a toda la colectividad” (p.116).
Es entonces este, uno de los desafíos actuales de la despatriarcalización. Apuntar a la deconstrucción de las ideologías dominantes que regulan y crean los marcos normativos por los que el Estado se vale para la creación e implementación de leyes, decretos y otras vías del derecho, en pos de un ordenamiento social. Dicho ordenamiento responde a los intereses que la colonialidad instaura en su lógica moderna patriarcal, exhibiendo pautas de comportamiento desiguales en lo que relaciones de género implica. En otras palabras, la esfera privada se encuentra desacreditada de participación en términos generales, para la colonial modernidad instalada en el aparato represor que supone el Estado como figura de poder absoluto. El feminismo liberal es la corriente que lucha por dichos cambios en la actualidad, entendiendo como la génesis de la desigualdad de género a las disposiciones del derecho escrito.
Resulta interesante destacar algunos planteos que María Lugones (2008) hace, tomando como referencia el concepto de colonialidad del poder propuesto por Anibal Quijano, entendiéndolo indisoluble de colonialidad de género en tanto la lucha de mujeres víctimas del ordenamiento hegemónico en el marco del sistema capitalista contemporáneo. Al respecto, Lugones (2008) nos dice: “Entiendo la indiferencia a la violencia contra la mujer en nuestras comunidades como una indiferencia hacia transformaciones sociales profundas en las estructuras comunales y por lo tanto totalmente relevantes al rechazo de la imposición colonial” (p. 76).
Una de las formas por las que el poder estructurado toma fuerzas a través del relacionamiento social, es la sexualidad. Es vista aquí, como uno de los ejes de dominación más relevantes de la contemporaneidad – implica a su vez una manera de concebir las corporalidades femeninas inmersas en este sistema hegemónico -. Segato (2013) entiende que la sexualidad en estos términos, sufre transformaciones ya que nuestros cuerpos se reducen a meros objetos.
En líneas generales, a lo largo de la historia las mujeres han sido objeto de persecución. En este punto, cabe destacar el trabajo realizado por Silvia Federici en su obra Calibán y la bruja: Mujeres, cuerpo y acumulación originaria (2004), donde estudia la caza de brujas, la persecución y guerra contra las mujeres indígenas, no europeas; y la lucha actual de nuestro siglo, como ejemplos históricos de misoginia. La sexualidad aquí aparece como elemento clave, desde la corporalidad femenina que es expuesta desmedidamente. Federici (2004) plantea:
Más allá de las diferencias ideológicas, han llegado a la conclusión de que la categorización jerárquica de las facultades humanas y la identificación de las mujeres con una concepción degradada de la realidad corporal ha sido históricamente instrumental a la consolidación del poder patriarcal y a la explotación masculina del trabajo femenino. De este modo, los análisis de la sexualidad, la procreación y la maternidad se han puesto en el centro de la teoría feminista y de la historia de las mujeres. (p.27)
Más allá de la condena social y moral que la promiscuidad sexual ha tenido a lo largo de la historia, las mujeres han sido protagonistas de una mercantilización de sus cuerpos a través de diferentes prácticas beneficiosas en tanto satisfacción de las necesidades masculinas. La institucionalización de las prácticas sexuales no maritales – los burdeles por ejemplo- fueron desde los siglos más remotos, considerados “remedios” para prácticas como la homosexualidad o la herejería. Federici (2004) expresa: “Se creía que el burdel administrado por el Estado proveía un antídoto contra las prácticas sexuales orgiásticas de las sectas herejes y que era un remedio para la sodomía, así como también un medio para proteger la vida familiar” (p.82). En este punto, aún condenando socialmente a las mujeres por practicar su sexualidad fuera de sus hogares y a través de vínculos extra matrimoniales -adulterio- la explotación, mercantilización y expropiación de los cuerpos femeninos, han sido moneda corriente en el mundo, y en Nuestra América.
Partiendo de un análisis de la «política del cuerpo», las feministas no sólo han revolucionado el discurso filosófico y político contemporáneo sino que también han comenzado a revalorizar el cuerpo. Éste ha sido un paso necesario tanto para confrontar la negatividad que acarrea la identificación de feminidad con corporalidad, como para crear una visión más holística de qué significa ser un ser humano. Esta valorización ha tomado varios perfiles, desde la búsqueda de formas de saber no dualistas hasta el intento (con feministas que ven la «diferencia» sexual como un valor positivo) de desarrollar un nuevo tipo de lenguaje y de «[repensar] las raíces corporales de la inteligencia humana». (p.28-29)
Es así como la despatriarcalización, desmercantilización y descolonización, suponen los tres grandes ejes de desafío contemporáneos para modificar la manera en que pensamos las relaciones de género en particular, y las relaciones sociales en general. Bien sabemos que son estos, grandes desafíos para las ciencias sociales, la producción del conocimiento en las academias, y la enseñabilidad de las disciplinas tales como la sociología, pero también son desafíos que deben atravesar las estructuras sociales de la comunidad toda, en pos de mejorar los contextos que habitamos, y habitarán las próximas generaciones.
Celebramos las diferentes formas que han tomado los movimientos sociales de las últimas décadas, para modificar las cuestiones de la colonialidad y su ideología traducida en totalitarismo de la esfera pública -en palabras de Segato-, no obstante, aún nos encontramos en vías de un camino complejo, de interpelación absoluta y subjetiva por la propia amenaza que supone para Nuestra América la dominación en términos generales. El retorno a la resignificación del concepto de solidaridad, hace de este un camino posible.
Bibliografía consultada.
➢ Segato. r (2016) La Guerra contra las mujeres. Madrid, España. Traficantes de sueños.
➢ Federici. r (2018) El patriarcado del salario: críticas feministas al marxismo. Buenos Aires, Argentina. Tinta Limón Ediciones.
➢ Federici s (2004) Calibán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Madrid, España. Traficantes de Sueños.
➢ Lugones. m (julio-diciembre 2008). Colonialidad y género. Bogotá, Colombia. Tabula Rasa. Revista de humanidades. Núm 9. pp 73-101.
➢ Quijano. a (1992) Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. Lug/ desconocido.















































