Total de casos confirmados de COVID-19 por millones de personas

Tiempo y espacio en las epidemias literarias y reales: el covid-19

En todas las épocas la humanidad ha sido azotada por plagas y pandemias que la han tenido en la cuerda floja, y desnudado la naturaleza humana en todo su extenso abanico ético y moral. Para no ir tan lejos, pensemos solamente en el Éxodo bíblico, que describe minuciosamente la tarea encomendada por Dios a Moisés y Aarón, de enviar a las tierras de Egipto las diez plagas que exterminarían al faraón y su ejército, salvando al pueblo de Israel: “El Señor dijo a Moisés: […] Yo pondré terco al faraón y haré muchos signos y prodigios contra Egipto […], sacaré de Egipto a mis escuadrones, mi pueblo, los israelitas, haciendo solemne justicia” (Éxodo, 7, 1-5). La sexta plaga interviene directamente en la salud humana ulcerando su cuerpo y provocando dolorosas pústulas: “Tomaron hollín del horno, y a la vista del faraón, Moisés lo arrojó hacia el cielo, y hombres y animales se cubrieron de úlceras y llagas” (Éxodo, 9, 10).

El siglo XXI no sería la excepción, y de la noche a la mañana, en un remoto lugar de China, apareció el covid-19, que todos conocemos como coronavirus. La enfermedad se esparramó por el mundo con la rapidez con que vuelan las modernas comunicaciones, descomponiendo los países y matando personas. El terror se apoderó del planeta Tierra y redujo a los hombres a su mínima significancia, golpeando sus egos hasta dejarlos en la nada, aislándolos en sus casas como animales enjaulados y obligándolos a pensar nuevas formas de relacionarse, pues no se puede vivir del mismo modo que se vivía, cuando el mundo se cae a pedazos. En este sentido, no hay diferencias entre el terror literario que imponen las plagas y el terror vivido por los hombres de carne y hueso.

Como suele ocurrir con los virus literarios, que muchas veces anteceden a los virus reales como el que ahora nos afecta, todo tipo de especulaciones teóricas y no teóricas surgen en torno a su origen, incluyendo las teorías conspirativas que en nada ayudan a la tranquilidad mundial. No es el propósito de esta columna tratar estas teorías (la prensa mundial las ha publicado profusamente y descrito minuciosamente también), sino simplemente revisar aquellos textos literarios que, a nuestro juicio, mejor representan las vivencias del hombre del 31 de marzo de 2021, sumergido en la incertidumbre de su propia existencia, y su relación con las epidemias vividas por la humanidad en las épocas que ellas describen. Vivencias que no difieren mucho de las vividas por el hombre medieval, que huye de la peste negra que asoló su época, y muere con ella, o el hombre que muere con la Gripe Española, que poco o nada tiene de española. O, más recientemente, el pánico colectivo que se desató por el Sida o el Ébola. La historia de las epidemias no es otra cosa que la lectura de sus intertextualidades de tiempo y espacio, del mismo modo que lo es la lectura de las distintas obras literarias escritas sobre ellas y, por cierto, de la intertextualidad que se establece entre ficción y realidad.

El término intertextualidad, tal como lo define el diccionario del Centro Virtual Cervantes, “es la relación que un texto (oral o escrito) mantiene con otros textos (orales o escritos), ya sean contemporáneos o históricos; el conjunto de textos con los que se vincula explícita o implícitamente un texto constituye un tipo especial de contexto, que influye tanto en la producción como en la comprensión del discurso”. Las plagas que han azotado a la humanidad, ficticias o reales, no tienen ningún origen divino, como las plagas bíblicas, ni tampoco el propósito de imponer justicia, según leemos en Éxodo 7,4. Ellas responden a errores humanos, intenciones humanas, a procesos inherentes a la realidad degenerativa de los cuerpos. O al mito barthesiano, que no es otra cosa que “la manera que tiene la cultura de pensar acerca de algo, de conceptualizarlo o de entenderlo” (John Fiske, Introducción al estudio de la comunicación, Colombia, Editorial Norma, 1984), como es comprendido el hiperbólico diluvio de Cien años de soledad, que configura una hipérbole de la hipérbole bíblica del diluvio: “Llovió cuatro años, once meses y dos días”. Diluvio que el pueblo atribuye a las consecuencias de la peste bananera traída por la Compañía Bananera comandada por el omnipotente norteamericano Mr. Jack Brown, y que culmina con la matanza de tres mil macondinos en la plaza del pueblo: “No llovía desde hacía tres meses y era tiempo de sequía. Pero cuando el señor Brown anunció su decisión se precipitó en toda la zona bananera, el aguacero torrencial que sorprendió a José Arcado Segundo en el camino de Macondo”. Y la decisión del señor Brown no es otra que la de suspender, mientras llueva, la firma del acuerdo con los trabajadores consistente en dos puntos: reforma de servicios médicos y construcción de letrinas en las viviendas. Luego vendrá a destrucción de Macondo.

Esta comprensión que responde al mito popular del diluvio, cuyo responsable es el poderoso Mr. Brown, tuvo interpretación semejante en la Edad Media, a propósito de la Peste Negra: “Because they did not understand the biology of the disease, many people believed that the Black Death was a kind of divine punishment—retribution for sins against God such as greed, blasphemy, heresy, fornication and worldliness” (History.com, 2010). “Uno de los métodos para ser perdonados fue tallar el símbolo de la cruz en la puerta principal de las casas con las palabras “Señor, ten piedad de nosotros”. Y Boccaccio, en la Primera Jornada del Decamerón, escrito entre los años 1348 y 1353, comenta así la peste que asuela Florencia: “llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección que había comenzado algunos años antes en las partes orientales privándolas de gran cantidad de vivientes”. No deja de ser curioso que por estos días, en diversos lugares del planeta, se dice y se lee que estamos en las manos de Dios, o que el covid-19 es un castigo de Dios, como lo dijo hace algún tiempo un senador de la República de Chile. También se decía y se leía en el siglo XVI.

La novela histórica Los Novios, texto fundamental de la moderna literatura italiana, de Alessandro Manzoni, publicada en 1823, en una primera versión y en 1840, la versión definitiva, describe con crudo realismo en el capítulo XXXI, especialmente, la Peste Bubónica que azotó la ciudad de Milán entre los años 1629 y 1631. La Gran Plaga de Milán, como se le llamó, mató a 280.000 personas de las regiones de Lombardía y Veneto. Manzoni describe la desidia de las autoridades para tomar las medidas adecuadas y a tiempo, el comportamiento de los poderosos, la inequidad social y la irresponsabilidad de la población, aspectos que hoy, a propósito del covid-19, se reproducen con pasmosa y vergonzosa semejanza: “[…] quien en las plazas, en las tiendas, en las casas, dijese una palabra del peligro, quien adujese motivos de peste, era acogido con mofas incrédulas, con desprecio iracundo. La misma incredulidad, mejor dicho, la misma ceguera e idea fija prevalecía en el senado, en el Consejo de los Decuriones, en cada magistrado”.

¿No se escucha parecido a los dichos de Donald Trump o de Jair Bolsonaro? Ellos se mofaron del covid-19 y llamaron a mantener la máquina de la economía a pleno vapor, y al pueblo a seguir su rutina diaria con absoluta normalidad. Hoy sus países sufren con fuerza inclemente los efectos de la pandemia y son el mejor ejemplo de los modernos representantes de los magistrados, del senado o del Consejo de Decuriones de la época que describe Manzoni en su novela. Si la conducta de los líderes mundiales ha sido en muchos casos reprobable, también lo ha sido el actuar de la gente frente a la pandemia. La prensa mundial ha registrado casos diversos de comportamientos egocéntricos que desprecian olímpicamente la vida social, el bien común. Gente que acapara artículos de primera necesidad, gente que festeja, gente que va de un lado para otro sin respetar las medidas legales y preventivas. Gente, en una palabra, sin ninguna conciencia social. Sin duda, la sociedad requiere de normas que velen por la salud pública, y es lo que cada país ha hecho hoy, bien o mal, a tiempo o a destiempo, pero lo ha hecho. Ayer también.

En Diario del año de la peste, publicada en marzo de 1722, el autor de Robinson Crusoe, Daniel Defoe, narra con exacerbado realismo, la peste que asoló la ciudad de Londres en 1665. Entre las medidas impuestas por la autoridad londinense de la época, se encuentran: vigilancia de toda casa contaminada, limpieza de los coches de alquiler, limpieza de las calles, sacar la basura lejos de la ciudad, prohibición de las representaciones callejeras y los festejos públicos, estricto control sobre el consumo de bebidas en tabernas, cervecerías, cafés y bodegas. La normativa sobre la prohibición de festejos, dice así: “Que todo festejo público, y especialmente el de las sociedades de esta ciudad, y cenas en tabernas, cervecerías u otros lugares de diversión común, sean restringidos hasta nueva orden y permiso; y que el dinero ahí gastado se ahorre y emplee para beneficio y alivio de los pobres atacados por la peste”. Cualquier semejanza con “el ahora” es pura coincidencia. En todo caso, y dada la realidad de la naturaleza humana que, como dice Sartori, más involuciona que evoluciona, la última parte de la cita hoy es una perfecta utopía.

El covid-19 no solo se extiende por el mundo con incontrolable rapidez, sino que arrebata vidas como Greas hambrientas, aquellas hermanas horribles de la mitología griega cuyos nombres son las propias pandemias y sus historias de exterminio: Pemphredo, que es la alarma; Enyo, el horror y Deino, la muerte. Recordemos solamente que los muertos de Guayaquil, ciudad costera del Ecuador, coparon casas, calles y cementerios. La información era dramática en los inicios de la pandemia: “Ecuador anunció el domingo que retiró casi 800 cuerpos de personas que fallecieron en sus viviendas en las últimas semanas en Guayaquil, epicentro del coronavirus en el país, tras colapsar los sistemas hospitalario y funerario por la pandemia” (Infobae, del 12 de abril de 2020). Como la Peste Negra que asoló Europa, y de la que habla Boccaccio en su mencionado Decamerón: “Era tan elevado el número de muertos que escasearon los cajones, y los cadáveres fueron puestos encima de simples tablas. Y un cajón contenía dos y tres muertos”. Hoy, un año después, los muertos del mundo suman millones y la realidad supera cualquier ficción. Se ha avanzado de la alarma al terror y de este a la muerte desatada en todos los confines de la tierra.

Mudan los nombres de las plagas, pero sus consecuencias son siempre dantescas y remueven la vida social, política, económica y cultural de los estados. Una de las hipótesis más aceptadas de la llegada de esta pandemia al viejo continente, es la que presenta Ana Luisa Haindl en su ensayo La Peste Negra: “Los mongoles llegaron al Mar Negro trayendo la peste, y una de sus tácticas para atacar a los italianos era catapultar sus cadáveres infectados, ‘bombardeando’ enemigos. Los mercaderes habrían zarpado a Europa contagiados de ese modo y, a través de las rutas comerciales, se propaga la peste, primero por las costas mediterráneas, llegando a Francia, Italia y España en 1348, para luego continuar su camino por el norte, hacia Alemania, Inglaterra, Escandinavia y el Báltico”. Podemos afirmar, de acuerdo con esta hipótesis, que los mongoles fueron de los primeros en iniciar la guerra bacteriológica que tanto ha dado que hablar desde las grandes guerras del siglo pasado, y que ha poblado la historia, la literatura y el cine de espionaje.

Llama la atención que hoy como ayer, la realidad histórica y la ficción literaria se enredan y entrecruzan no solo en cuanto a los orígenes de la peste, sino también respecto de sus teorías y de los falsos curanderos y opinólogos sobre el covid-19, que abundan en los programas televisivos, radiales y redes sociales. En esa Primera Jornada, Boccaccio comenta que debido a la naturaleza de la peste que no aceptaba ningún tratamiento “se hizo enorme la cantidad de curanderos, así como de científicos. Hombres y mujeres que nunca habían recibido una clase de medicina”. ¿No escuchó o leyó algo parecido por estos días? El diario El Mercurio del miércoles 31 de marzo de 2021 (Vida, Ciencia, Tecnología), trae el siguiente título: “La pandemia de la desinformación y de las teorías conspirativas también enferma a la sociedad”. Y en el primer párrafo leemos: “Las personas vacunadas son bombas de relojería bacteriológicas ambulantes y una AMENAZA para la sociedad”, circula un mensaje en las redes sociales acompañado de una imagen con dos cartuchos de dinamita conectados a un detonador. Otro mensaje asegura que “Las personas vacunadas (…) son las que tienen más posibilidades de infectar a otras personas con supercepas”.

La revisión de la historia de las pandemias así como la revisión literaria de las mismas, coinciden con pasmosa exactitud no solo en el comportamiento que las autoridades han tenido respecto de ellas, sino también en el propio comportamiento ciudadano frente a estas plagas que en distintas épocas de la Historia han asolado a la Humanidad. Historia y Literatura han narrado de la mano la tragedia humana; se han influenciado y enriquecido mutuamente yendo de la ficción a la realidad y de esta a la ficción.

El covid-19 no es más que otra de las grandes plagas sufridas por el hombre. Sobre él la Historia ya escribió sus primeras páginas y la Literatura sus primeros capítulos.

 

 

Imagen portada: Total de casos confirmados de COVID-19 por millones de personas wikipedia.org

 

 

 

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Alejandro Carreño T.

Alejandro Carreño T.

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.