¿Murió a tiempo la gigante Violeta Parra?

¿Cómo quedan, Señor, durmiendo los suicidas? Una pregunta ontológica cuya respuesta ignoramos porque desconocemos los argumentos divinos que llevan al ser humano a quitarse la vida. La angustiante pregunta que Gabriela Mistral, lacerada por su propio dolor, formula en su dramático poema “Interrogaciones”, trasciende la simpleza de nuestra propia comprensión de la vida y de la muerte, como acto mecánico de la existencia humana.

Violeta Parra se suicidó el 5 de febrero de 1967. Era domingo. “Morir no es todo; es necesario morir a tiempo”, dijo Sartre. ¿Mueren a tiempo los suicidas? ¿Murió a tiempo la gigante Violeta? Ibsen le responde a Sartre: “no se puede morir en el medio del quinto acto” (Peer Gynt, Acto V). No, no murió a tiempo Violeta Parra, pues aún estaba en medio del quinto acto, y su vida era la consagración de una poesía que es, precisamente, un canto a la vida.

Pero Violeta Parra optó por morir en medio del quinto acto. Morir una muerte más compleja, más violenta, y que ocurre en el hic et nunc del espacio y del tiempo íntimo del suicida. Al suicida no lo asiste nadie, a veces ni siquiera su conciencia consciente o inconsciente. Nadie, excepto Dios, conoce los inextricables laberintos de la mente del ser humano que se arrebata la vida.

Es cierto que ella había intentado suicidarse en 1966, poco después de grabar Las últimas composiciones, lo que hizo algo más de cien días después con un disparo en la sien. Algunas de sus letras son como un triste epitafio de su trágico fin: “Y su conciencia dijo al fin / Cántale al hombre en su dolor, / en su miseria y su sudor / y en su motivo de existir” (Cantores que reflexionan).

El suicidio de nuestra insigne Violeta y su mensaje hecho de muerte, representa en términos culturales, un entrópico acto comunicativo, porque es depositario de una profunda y contradictoria serie de signos socio-culturales. Pero, tal vez, como Montaigne en sus Ensayos, ella pensó que “La muerte voluntaria es más bella. La vida depende de la voluntad de otros; la muerte, de la nuestra”.

No sé si la muerte voluntaria es más bella o menos bella, pero sí sé que es trágica. Violeta buscaba respuestas que nunca encontró. Tampoco sabemos respuestas a qué. Su propia madre se preguntaba por qué lo había hecho, “si era una mujer valiente”. Y sí lo era. Tal vez por lo mismo fue que lo hizo. ¿Son valientes los suicidas?

Poco antes de su muerte, le había confesado al periodista y escritor Tito Mundt: “Me falta algo, no sé qué es. Lo busco y no lo encuentro. Seguramente no lo hallaré jamás”. Tal vez en esta última frase se encuentre la razón de su suicidio, la certeza de no hallar jamás ese algo que le faltaba a su vida. Una vida llena de contradicciones y paradojas.

Tú le diste gracias a la vida, Violeta, porque te había dado tanto. Porque te había dado el canto de todos que es tu propio canto. Quién sabe si no fue por eso que tu hermano Nicanor te pidió que salieras de tu tumba, tomaras tu guitarra e hicieras lo que hiciste con tanta simplicidad, talento y poesía: cantar. Cantar y componer.

¿Por qué no te levantas de la tumba / A cantar a bailar a navegar en tu guitarra? […] / Qué te cuesta mujer árbol florido / Álzate en cuerpo y alma del sepulcro / Y haz estallar las piedras con tu voz Violeta Parra” (Defensa de Violeta Parra). Sí, Violeta, ¿por qué no te levantas, aunque sea en mis sueños, tomas tu guitarra y cantas Gracias a la vida?

Sí, Violeta, yo también le doy gracias a la vida, porque tu muerte trágica no consiguió acabar con tu poesía que es el mayor canto a la vida que pueda imaginarme. Esa es tu mayor contradicción y tu mayor belleza poética, porque así eras tú, Violeta Parra: un bello y contradictorio canto a la vida.

 

 

 

 

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.