
En la espiral —ascendente o no— de la vida, las relaciones entre el pensamiento y el mundo vivido se vuelven cada vez más complejas. Esa complejidad no aparece como un mero accidente, sino como la forma misma en que habitamos el mundo: un estar siendo indefinido, inestable, siempre atravesado por tensiones. En un sentido profundamente nietzscheano, podría pensarse como un eterno campo de batalla.
En ese campo se enfrentan el ser y el deber ser. La tensión entre lo que somos, lo que creemos ser y aquello que imaginamos que deberíamos llegar a ser se intensifica con el tiempo. Sin embargo, no todos atravesamos esa tensión de la misma manera: algunos la viven como pregunta íntima; otros, como conflicto social; otros, simplemente, intentan evitarla.
Algunas personas deciden interpelar su propia subjetividad, su modo de estar en el mundo, sus deseos, sus contradicciones y sus formas de comprender la realidad. Otras —y me incluyo entre ellas— buscan respuestas en la dimensión relacional del ser social.
En este caso, me preocupa menos lo que somos como entidades autónomas y más lo que somos con los otros. Parto de la convicción de que no existimos plenamente como sujetos aislados. Nuestra identidad, nuestras ideas y nuestras formas de sentir se construyen siempre en relación: con una época, con una comunidad, con una historia compartida y también con los conflictos que nos atraviesan colectivamente.
En ese ejercicio sistemático de interpelarnos, transitamos la vida entre lo que somos y lo que querríamos ser. En mi caso, confieso que la interrogación de lo cotidiano despierta en mí una suerte de reflejos reaccionarios: una tendencia a mirar hacia atrás, a sospechar del presente y a preguntarme si no hemos perdido algo importante en el camino.
El diablo malo me habla al oído derecho y aviva la nostalgia por algo de lo que fuimos. Mientras tanto, el diablo bueno, siempre colgado de la oreja izquierda, intenta convencerme de que estamos mejor que antes, de que ciertos avances son indiscutibles y de que la historia no puede evaluarse únicamente desde la pérdida.
Así, oscilo como un péndulo entre la nostalgia y la euforia, entre el recuerdo de un tiempo que quizá nunca fue tan sólido como lo imagino y la sospecha de que el presente tampoco es tan luminoso como nos gustaría creer.
Con la cuestión política —hablo aquí de la política como práctica, no de lo político en su sentido más amplio— se abre una nueva zona de tensión que exige ser pensada con la misma atención. No me refiero únicamente a las instituciones, a los partidos o a los discursos de campaña, sino a la forma concreta en que una sociedad organiza sus conflictos, procesa sus desacuerdos y decide quiénes conducirán la máquina del Estado.
La caída del debate político me provoca una nostalgia difícil de evitar. No se trata solo de añorar otro tiempo, sino de advertir el empobrecimiento de una práctica pública que debería permitirnos pensar colectivamente los conflictos de la sociedad. Vivimos en un país de ciegos donde los tuertos brillan como luminarias. Los partidos exhiben y empujan al frente a figuras menores, utilizadas muchas veces como carne de cañón, mientras los verdaderos centros de poder permanecen a resguardo. En ese escenario se destaca el político desclasado: aquel que pelea por intereses que ni siquiera son los suyos y que aparece contaminado por el habitus del campo práctico en el que se mueve.
El problema no es solo la ausencia de grandes ideas. Lo más grave es que muchas veces falta incluso la disposición mínima a pensar con seriedad. Así, la mediocridad irracional termina ocupando el lugar que antes correspondía al debate, a la reflexión y a la elaboración política.
Esa nostalgia no surge de la nada. En 1994, Tabaré Vázquez y Julio María Sanguinetti debatían en televisión abierta. El viejo liberalismo político se enfrentaba entonces a una izquierda moderada que, años más tarde, asumiría la conducción del país. Más allá de las diferencias ideológicas y de las simpatías personales que cada uno pueda conservar, aquel intercambio mostraba una escena política distinta.
En un momento de aquel debate, Sanguinetti acusó a Vázquez de marxista. Vázquez respondió citando un texto de Octavio Paz, en el que el intelectual mexicano sostenía que, de alguna manera, todos debemos parte de nuestro pensamiento a Marx. Esa respuesta no era un simple gesto de erudición: mostraba que la discusión podía apoyarse en referencias, lecturas y tradiciones intelectuales reconocibles.
De ese episodio puede inferirse que había una preparación previa y un esfuerzo por sostener la discusión teórica en un nivel exigente. El debate buscaba ser comprensible para el público televisivo, pero sin bajar la vara hasta el barro. Había allí una voluntad de traducir ideas complejas sin vaciarlas por completo de contenido.
Intentar recuperar hoy aquel viejo debate sería, probablemente, un ejercicio inútil, más allá de la simpatía que podamos conservar por uno u otro de sus protagonistas. No se trata de idealizar el pasado ni de suponer que antes todo era más noble o más profundo. Se trata, más bien, de reconocer que ciertas condiciones mínimas para la discusión pública parecen haberse debilitado de manera alarmante.
Los políticos actuales parecen vivir encerrados en los límites inmediatos del mundo vivido: sus fronteras están en lo que ven y en lo que escuchan. Les cuesta enormemente pensar el mundo como totalidad, es decir, comprender críticamente la trama histórica que enlaza cada fenómeno particular con procesos más amplios. Sin esa capacidad, la política queda reducida a reacción, cálculo, consigna o administración de coyunturas.
En ese contexto, las discusiones profundas parecen cada vez más improbables. El terreno ha sido ocupado por el insulto, el agravio sistemático y una violencia simbólica que atraviesa casi todo el espectro político. La palabra deja de funcionar como herramienta de comprensión y pasa a operar como arma de desgaste.
Nuestros dirigentes viven en una arrogancia permanente, que suelen disfrazar de enojo cuando se quedan sin argumentos. Así, lo único que parece crecer es la violencia del agravio, esa forma empobrecida de la política que reemplaza el pensamiento por la reacción inmediata.
Lo más preocupante de este panorama es la desesperanza que produce. Esa mediocridad no solo empobrece el debate público: también alimenta una maquinaria global que, desde hace tiempo, parece más interesada en prepararnos para sobrevivir que en abrir caminos de transformación. La política deja de prometer futuros posibles y se limita a exigir adaptación.
Tal vez esa inquietud tenga una raíz generacional. Quienes fuimos adolescentes en los noventa todavía respiramos los vapores de la utopía. Convivimos con espacios donde se pensaba la resistencia y seguimos resistiendo, a nuestra manera, a la caída del muro, al discurso de Thatcher sobre el supuesto fin de las alternativas y a su reflejo filosófico en Fukuyama.
En los noventa aún nos negábamos a aceptar que vivíamos en el mejor de los mundos posibles. Jugábamos a imaginar cambios y nos aferrábamos a lo que podíamos cuando los verdaderos reaccionarios atacaban los libros marxistas. Eran nuestros libros, no solo por propiedad material, sino porque condensaban una forma de esperanza, una manera de creer que la historia todavía podía ser disputada.
Hoy, tal vez como señala Diego Fusaro, la resistencia ha mutado en resiliencia. La diferencia no es menor. Resistir implicaba reconocer un adversario, construir un nosotros y oponer una fuerza colectiva a un modelo que devasta tanto la naturaleza como la dimensión más profunda de lo humano.
La resiliencia, en cambio, aparece como una virtud individual. Ya no se trata de transformar las condiciones que producen el daño, sino de aprender a soportarlo mejor. Ahora se nos exige recibir el golpe neoliberal, volver a ponernos de pie y prepararnos para el siguiente, incluso cuando lo que viene no sea otra cosa que un nuevo golpe.
Mientras tanto, vuelve a hablar el diablito malo: el de los miles de libros de autoayuda que llenan las vidrieras de las librerías. Nos repite que todo lo que nos ocurre es culpa nuestra y que no deberíamos acostumbrarnos a que el Estado nos ayude, ni a que ayude a nadie. Bajo esa lógica, toda dificultad social se convierte en fracaso personal.
Así se apagó la llama de la utopía y, con ella, cualquier posibilidad de pensar una justicia social fundada en sí misma. La esperanza colectiva fue reemplazada por una pedagogía de la adaptación, por un llamado constante a mejorar individualmente mientras el mundo permanece intacto.
Parece difícil que, en un mundo poblado de emprendedores que han comprado ese discurso, pueda renacer un proyecto colectivo sostenido en la esperanza de una vida con los otros. El sujeto emprendedor se piensa a sí mismo como empresa, como inversión, como marca personal. Su horizonte ya no es la comunidad, sino el rendimiento.
Hoy pareciera no haber más vida que la de uno mismo. También pareciera que la única forma de encontrarse consiste en encerrarse en la propia mismidad, como si todo vínculo con los demás fuera apenas una oportunidad, una carga o una amenaza.
Al sujeto emprendedor le importa cada vez menos construir mundo con los otros. Y, sin embargo, quizá allí se encuentre todavía la pregunta decisiva: si podremos volver a imaginar una forma de vida común que no reduzca la existencia a competencia, adaptación y supervivencia.