
Pasamos de las noches gélidas al particular aroma de las tardecitas de primavera en cuestión de horas. Alrededor del Antel Arena, un enjambre de autos y grupos caminando a paso apresurado anuncia que no va a ser un fin de semana cualquiera.
Las tres noches del descanso semanal tienen banda sonora. Tan Biónica vuelve a Montevideo para tocar tres veces seguidas en el Antel Arena. El año pasado fueron dos. Esta vez son tres.
Agradézcanle a Nintendo.
No es una teoría sobre la industria musical ni una explicación particularmente sofisticada sobre el funcionamiento interno de una banda. Es Mario Kart.
Chano lo contó antes del regreso: durante años, el videojuego funcionó como un territorio neutral para los integrantes de Tan Biónica. Ahí podían competir, discutir, reírse y volver a ser pibes. En algún momento dejaron de jugar. Y cuando dejaron de jugar, se separaron. Ahora volvieron a hacerlo.
Él es el honguito. Press start!
Pero antes de que aparezca el honguito, está Balta.
Facundo Balta tiene una tarea complicada: salir a tocar delante de un Antel Arena que todavía está entrando en clima, con miles de personas que compraron una entrada para ver a otra banda y que, inevitablemente, están mirando el reloj interno de la noche. Es el trabajo ingrato del telonero: conseguir que una multitud que está esperando deje de esperar.
Balta lo intenta desde el escenario, con la soltura de quien conoce ese lugar aunque todavía no le pertenezca. Hay grupos que siguen conversando, gente que busca su ubicación, otros que ya levantan el teléfono para registrar las primeras canciones. De a poco, sin embargo, el murmullo empieza a bajar.
El Arena presta atención.
Y eso ya es bastante.
Después llega El Regreso.
La estética mesiánica.
Ese tipo frágil y magnético, el hombre roto y el niño juguetón, aparece frente a un escenario enorme y se pone al frente de una banda que durante años pareció haber llegado a su última página.
Tan Biónica arranca con “Santa María”, “Ella” y “Perdida”. Después llegan “Arruinarse”, “Las cosas que pasan” y “Beautiful”. Los clásicos no están reservados para el final: aparecen de entrada, como si la banda supiera que nadie vino a hacer una introducción.
Chano se mueve entre la guitarra y el piano. Mira las tribunas. Mira hacia el fondo. En algún momento se emociona.
Y entonces aparece Montevideo.
Ir a la fotogalería
Ver esta publicación en Instagram