
¿Quién va a cantar?
Apuntes colaborativos de Cooltivarte
Podríamos hacer un homenaje a Rada con sus letras, sus canciones y quizá con eso alcanzaría, pero no. Para recordar al Negro Rada no alcanza solo con eso.
Para recordarlo elegimos hacer un trabajo colaborativo. Podríamos tomar las crónicas ya publicadas, en el portal hay más de 50 páginas en los resultados de búsqueda, me atrevería a decir que es uno de los exponentes con mayores resultados de búsqueda solamente en este portal, ni que decir en el resto de los medios de comunicación. Las galerías de fotos, todas sus letras y canciones y aun así no alcanzaría, porque el Ruben Rada trascendió todo eso.
Por eso surgió desde la interna en hacer este gran trabajo entre todas y todos, va para vos Negro Rada este humilde homenaje, de donde sale, desde el fondo de los tiempos, desde el “rompe el rocanrol las calles”
“Tocá che Negro Rada / tocá grita la hinchada,
tocá y cantá tranquilo / dejá, no pasa nada”
Cantó para todos y fue Zapatito, Ritchie Silver, Ruben y Rubén dependiendo del lado del Río de la Plata que uno se pare.
Fue RubenRá para chicos y grandes, llenó varias salas con canciones y cuetes que hacían la alegría de unos y otros.
Fue actor, conductor de radio, ahora de stream, todo lo que tuvo que ser fue.
Le cantó a todo y a todos, a la novia que fue, al amor que terminó, al “negro que vivís soñando”, a Figari, a John Lennon, al País, al cantor, a Heloisa, a Biafra, a Montevideo, a Gardel, al propio Negro Rada, a Doña María, a Don José, al Flaco Zitarrosa, al rock, a la plena, al tango, al candombe, a la murga, a la vida, a la muerte.
Cantó para que todos los niños tengan en el mundo su lugar.
La partida del Negro Rada nos deja un vacío enorme, enorme. Tan grande que nos va a costar mucho tiempo darnos cuenta de su ausencia y por suerte quedan las grabaciones, pero hasta hace nada, sus shows en vivo eran una verdadera locura, ese vacío quedará y algo que se esperaba con locura no va a pasar. El Totem no va a juntarse nunca más.
Su música, y no sólo su música, ha sido parte de nuestras vidas desde la infancia, cruzando generaciones y géneros musicales con una autenticidad inigualable.
Es imposible no evocar su regreso al Uruguay, marcado por aquel histórico baile en el Carrasco Casino Hotel, un candombaile, como los de antes, que reunió a tanta gente con la organización de Joventango, recuerdo imborrable y como dijo otro grande “lindo haberlo vivido pa poderlo contar”.
Rada no solo brilló en el escenario, sino que compartió con colegas y amigos, dejando una huella en cada músico que buscaba tocar a su lado. Su legado vivirá en el ritmo del mundo y en la memoria de quienes fuimos testigos de su magia. ///
///
En cuantos fragmentos se rompió la taza de café que sostenía cuando me enteré?.
Los quedé mirando fijamente, estupefacto. No era la taza. Tampoco el humeante charco negro. Eran los fragmentos.
Uno era de mi adolescencia, cuando se compraban CD’s truchos de esforzada manufactura.
La tapa escarlata y su imagen con la constante sonrisa, las palmas hacia el cielo en un gesto de agradecimiento, una ofrenda que lo acompañó toda la vida. Esas canciones sonaban todo el tiempo en los programas argentinos y eran éxitos rotundos. En algunos de esos programas Rada se animaba a actuar, a conquistar siendo el. Porque la vida le había enseñado a sacar lo que llevaba en el corazón para ganarse la vida. Y le fue bien.
Parecía que la repercusión en la vecina orilla lo había capturado para siempre.
Pero un track era la constatación de todo lo contrario, una canción llamada “Mi país”.
El tiempo la hizo calar tan hondo que parecía que se había reescrito el himno nacional.
El trozo grande que aún mantenía el asa entera era el mundial de Sudáfrica. Llevaba un tiempo largo viviendo fuera, y junto a la creciente ilusión futbolística, la voz del negro enumerando cotidianidades que solo él y yo podíamos compartir hacia emanar las lágrimas hasta desbordar la capacidad de los párpados.
Vi otra pieza chiquita, y enseguida supe cuál era: el día que me atreví a revolver los discos de vinilo de mi padre y me detuve en seco en un personaje en blanco y negro coronado unas letras enigmáticas que parecían decir Tótem.
Ya no sé cuántos pedacitos más había. Dejé de contar.
Por qué una era verlo en la barra de La Pasiva del shopping Punta Carretas saludando a todos los que debía atravesar para llegar a ella y, una vez allí, seguir el coloquio con una anciana recauchutada en piezas de oro o debatir con el mozo. También le daba por saludar a un joven con acento raro que soñaba con ser periodista.
Otra pieza era la sonrisa de mi padre cada vez que ponía ese disco.
La taza no tiene arreglo y me parece que algo dentro mío, al menos por un tiempo, tampoco.
Parece que la palabra estrella se le asigna a aquellos que brillan entre la oscuridad, que se destacan del resto. Yo hoy entiendo que se le puede decir así a alguien que simplemente es tan inabarcable como sempiterno.
Hasta siempre Negro!
Era navidad de 1983. La mínima apertura que nos devolvió a esta democracia seguía en duda. Había pasado el Grupo Vocal Universo cantando aquella canción de la murguita que iba creciendo, habían pasado Washington y Cristina cantando algo que no puedo recordar. Frente a la Hitachi en blanco y negro, mi tío lloraba de emoción.
De pronto la imagen deja ver un escenario con unas congas, y el aullido entusiasta del público -a mis diez estaba a años luz de la magia de los recitales de rock- Comenzó a sonar un beat cuadrado, una voz hizo que ese beat fuera más lento, hasta dar paso al Rock de la calle, a mi espalda, la voz de mi madre dijo “pero ese es Rada! …el del show del mediodía…” En mi recuerdo, de la misma tele, después sonó una canción que hablaba de que en los conciertos pasan cosas raras. Me llevó añares aprender que esa canción era Blumana.
La cosa se pone negra, fue mi puerta de entrada.
Años después en los almuerzos mensuales del Centro de Exalumnos, uno de los animadores, creo que Jorge del Pino, cantaba con su voz de barítono muchas de esas que sabemos todos. Mi oreja fue capturada por una especie de enjambre de notas que las cuerdas altas de su guitarra lanzaban al aire dibujando un bordado que me recuerda a los de la arquitectura de la Alhambra. Jorge cantó una canción sobre Gardel, y la muchacha que pasaba relojeando el tamboril. Fue la primera vez que me animé a meter un Chas chas chas, chas-chás, tímido, bajito como pa’ que no moleste.
Por la misma época, Jaime Roos celebró los diez años de su primer disco con un recital en el Parque Central (que todavía no era “Gran”). Para los bises, Popo Romano arrancó un groove de bajo que me sigue poniendo a bailar. “Un homenaje, a un grande, Rúben Rada”, dijo Jaime, y arrancó a contar de una fruta pequeñita que nos llena de placer.
Finales de los 90. Con un grupo de jóvenes canadienses vamos a “los tambores” un domingo en la calle Isla de Flores. Uno de ellos -un flaquito de 17 años- estuvo los tres meses que vivió en Uruguay escuchando discos de Rada y El Kinto. En un momento, le señalé a uno de los que venía tocando, al fondo, que en un corte, aprovechaba a tomar un trago del tetrabrik que le pasaron. “Ese es Rada, Chris”. El gurí me miró con ojos desorbitados. “¿Really?” “Yes, young man” El flaquito se llama Chris Martin, es hoy un guitarrista que hace blues de ribetes filosos y ritmo vibrante con su Chris Martin Trio. Pueden seguirlo.
“Rubenrá, Rubenrá, tira cuetes sin parar”. Las carcajadas de mi madre y mi hijo escuchando el CD de Rada para niños, son de los recuerdos más lindos que tengo de esos momentos en que te das cuenta que sos el puente entre una generación y la otra.
Rock pegado a la raíz más bluesera, candombe puro y duro sin tambores, disco con un sabor que prende fuego las caderas, canciones descacharrantes sobre osos que se tiran pedos, manzanas en la mañana, los tambores del domingo con un vino que viaja de mano en mano.
Rada, Rúben, Rubén, el negro Rada es en la vida de la gente un latido vivo, un puñado de canciones en las que toda forma de amor vale la pena. Y eso no muere, porque se reproduce cada vez que suena una canción suya. Porque cada uno tendrá sus imágenes, sus vivencias, sus recuerdos. Y por ello mismo, mil veces Rada seguirá viviendo en esta tierra en la que no dejó de regar amor y música.
Ver esta publicación en Instagram