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Premiar al arte con arte: los quince años de COOPARTE
La fachada del Club Uruguay es una de las joyas arquitectónicas de Montevideo. En una noche fría y despejada, si uno encuentra el banco indicado sobre la calle Sarandí, los arcos de sus sucesivos ventanales parecen transportar el edificio a otro tiempo, como si los salones de baile europeos que inspiraron al arquitecto Luis Andreoli hubieran encontrado un hueco en la atemporalidad.
Al caer la tarde, las luces del segundo piso ya estaban encendidas.
Los invitados comenzaban a llegar para una celebración que, quince años atrás, probablemente ninguno de sus protagonistas hubiera imaginado de esta manera: una noche de encuentros, nombres recuperados por la memoria, nombres pronunciados con la emoción todavía a flor de piel y otros que, por distintas razones, esperaban su momento.
Arriba, la cultura uruguaya se preparaba para reencontrarse.
COOPARTE cumplió 15 años.
Y la celebración era, en realidad, bastante más grande que un aniversario. Era el encuentro de una comunidad que durante una década y media había aprendido a organizar, a planificar y, sobre todo, a defender el hecho cultural como trabajo.
La respuesta había comenzado a construirse en 2011, cuando músicos, productores y artistas de distintos puntos del país decidieron convertir una posibilidad ofrecida por la legislación cooperativa en una herramienta concreta para el sector. La Ley de Cooperativas, aprobada a fines de 2008, había incorporado la figura de las Cooperativas de Artistas y Oficios Conexos, permitiendo formalizar actividades históricamente atravesadas por la intermitencia, la irregularidad de los ingresos y los contratos por función.
COOPARTE irrumpe en la escena respondiendo a una necesidad real de dignidad y visibilidad. Y no fue nada fácil llegar hasta el martes 8 de septiembre de 2026 con esa bandera a cuestas.
En 2010, desde la Asociación de Manager y Productores Musicales del Uruguay, Prom.Uy, comenzó a gestarse la idea de crear una cooperativa que permitiera facturar y realizar aportes sociales. Poco después se sumaron músicos y artistas, muchos de ellos vinculados a la disuelta Asociación de la Música Popular Uruguaya, ADEMPU.
Con el respaldo de AGADU y de su entonces presidente, Alexis Buenseñor, las reuniones preparatorias desembocaron en una asamblea multitudinaria celebrada el 6 de setiembre de 2011 en la Casa del Autor, en la sala Mario Benedetti. Allí nació formalmente la Cooperativa de las Artes del Uruguay.
Quince años más tarde, en el segundo piso del Club Uruguay, los papeles y las fechas quedaron por una noche en los escritorios y la sonrisa de Buenseñor reflejaba el fruto del trabajo realizado. Porque, como dijo Sheila Bonino, presidenta de COOPARTE, el camino se creó para que lo transiten melodías, letras y colores, pero se cimentó con Excels y estatutos.
Los que habían estado desde el comienzo. Los que llegaron después. Los que alguna vez compartieron escenario, sindicato, cooperativa o canción. Los que venían a recordar a quienes ya no estaban. Y los que, quizá sin saberlo todavía, comenzaban a formar parte de la memoria futura de COOPARTE.
Una vez me dijeron que es muy fácil distinguir entre alguien que escribe y un actor: el de la pluma está siempre en un rincón evitando exponerse.
En mi rincón se acopló Álvaro Carballo, conductor del impecable ciclo “Historias propias”. Un “hola” y a compartir el nicho en silencio mientras llegaban representantes de todos los ámbitos de la cultura y el entretenimiento: Samanta Navarro, Diego Drexler, Kairo Herrera y Jéssica Zunino. También Juli Guerreiro, Sebas Silva y Jorge Schellemberg, entre tantos rostros que han hecho tanto por la difusión de la cultura con sentido en nuestro país.
La noche avanzó entre conversaciones y encuentros de rostros luminosos. Como madrina de ceremonias, María Noel Minozzo dio paso a Bonino y a un emotivo discurso de Mario Varela.
Después llegaron los reconocimientos.
No era una diferencia meramente semántica, sino una expresión del espíritu de la cooperativa y de sus integrantes. “No son premios, son reconocimientos”, se aclaró desde el escenario.
Y había algo más: cada reconocimiento consistía nada más y nada menos que en una obra del artista maragato Juan Carlos Barreto. Una elección que encerraba un gesto tan sencillo como potente: premiar al arte con arte.
Los nombres fueron apareciendo: Camilo, un amigo y productor de esos a los que todavía se puede llamar para pedir trabajo y encontrar una respuesta; Sergio Rodríguez, por su recorrido por el país y su aporte al descubrimiento y acompañamiento de artistas, especialmente en el interior; y Patricia Papasso, vinculada a la música emergente e independiente, cuya trayectoria fue recordada desde el compromiso, el trabajo y la amistad.
Pero el último reconocimiento cambió el tono del salón.
Era para Celia Abramavicius, productora vinculada durante años a los espectáculos destinados a las infancias y fallecida el año anterior. Su hija recibió el homenaje póstumo.
El nombre de Celia fue pronunciado y el salón respondió con un aplauso que no celebraba solamente una trayectoria. También impedía, al menos durante unos minutos, que el olvido hiciera su trabajo.
Quince años alcanzan para acumular conquistas, proyectos y encuentros, pero también ausencias. Los nombres de quienes ayudaron a construir una historia no siempre pueden volver a subir al escenario para escucharla.
Aquellos reconocimientos ofrecían, en pocos minutos, una versión posible de la historia de COOPARTE. No una historia construida únicamente a partir de leyes, convenios y fechas, sino mediante vínculos: la confianza de un productor dispuesto a responder una llamada, el trabajo de quien recorrió el país buscando y acompañando artistas, la defensa de una escena independiente y la memoria de quienes dejaron una huella antes de partir.
En marzo de 2012, pocos meses después de su fundación, COOPARTE firmó con la entonces intendenta de Montevideo, Ana Olivera, su primer convenio con una institución pública. Entre otras iniciativas, el acuerdo permitió la presencia de la cooperativa en las Criollas del Prado, con un espacio gremial destinado a facilitar el cobro de los haberes de artistas de todo el país.
Era una conquista concreta, casi administrativa, pero reveladora. Detrás de cada canción, función, actuación o espectáculo había personas que necesitaban cobrar, facturar, aportar y ser reconocidas como trabajadoras.
Quince años después, esa discusión no ha perdido vigencia.
La cultura suele ser celebrada por su belleza, por su capacidad de emocionar y por las obras que deja. Con menor frecuencia se habla del andamiaje que permite que esas obras existan: contratos, aportes, derechos, traslados, ensayos, productores, técnicos, gestores y organizaciones capaces de sostener con vida las trastiendas de nuestra sociedad.
COOPARTE nació para intervenir precisamente en ese territorio menos visible.
La noche de ayer no se narró solamente mediante discursos. También estaba en los abrazos, en las conversaciones demoradas, en los nombres que provocaban aplausos antes de que terminaran de pronunciarlos.
Adentro, la cultura se abrazaba y volvía a encontrarse para saludar a una cooperativa que, quince años antes, había decidido que el arte también debía organizar la vida detrás del escenario.
Y quizá esa fuera la verdadera celebración: comprobar que todavía quedaban nombres por pronunciar, historias por reconocer y trabajo por hacer.
Y muchos abrazos por venir.
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