
ANTES DE SALIR
Pasan algunos minutos de las ocho de la noche y las luces sobre el escenario vacío iluminan, primero la guitarra electroacústica que va a tocar Santiago Montoro, luego el bajo de Checo Anselmi, la batería de Martín Ibarburu, después los teclados de Nacho Labrada, los instrumentos de percusión de Coby Acosta y Fede Blois, los micrófonos donde cantarán Camila Ferrari y Rodra, y la Fender Stratocaster blanca de Juan Pablo Chapital. Todos están en el camerino, preparándose.
Al bajar el panorama es mestizo, pero todos son músicos uruguayos y la cruza es parte del ADN. Tomás Nieves abre el show y está sentado al lado de Urbano Moraes, su ex profesor en el Conservatorio Sur, quien dice en seguida, ‘¡yo no tengo nada que ver!’, y de Fernando Cabrera, que cuando no habla con Urbano se mantiene taciturno, observando a sus colegas.
“Hace varios años estaba estudiando Derecho y a la vez iba a la casa del Chapa en frente a la cancha de Defensor. Me partió el cerebro conocerlo, de los guitarristas uruguayos, uno sagrado total. Curtimos unas clases frente al Franzini, gracias a una charla que tuve con él dejé la Facultad de Derecho, y ahora estoy acá. La verdad es increíble, yo no toco mucho mis canciones, pero nos encontramos en el Cabo (Polonio) este verano, me lo propuso y yo re emocionado. Un montón de maestros alucinantes de la música nuestra, un placer compartir, con mucho respeto también, en una palabra: gozado”, relata Tomás.
Consulto a Nacho Labrada, “Al Chapa lo conozco hace años, somos amigos, vamos a comer juntos, entonces conozco muy bien la energía, para mí siempre tocar con aquel es un coloque. Yo le doy mucha prioridad a colocarme espiritualmente, y creo que eso la gente también lo siente. Tiene una cosa muy folk en su música, el blues, estilos que tienen una vibra muy fuerte. Me siento en un lugar de cooperar, somos una banda muy grande, entonces yo escucho y aporto”, cuenta con honestidad y vuelve a tomar café con sus compañeros antes de salir a tocar.
Aprovecho una pausa en el diálogo de Moraes y Cabrera, y le pregunto al último sobre su presencia esta noche en calidad de invitado. “Para mí es un honor estar en este concierto de Chapital. Me dio una gran alegría que me invitara, vamos a hacer un par de temas o tres. Él es un artista muy importante de nuestra música, que hace las cosas bien, que sabe manejarse”.
“Lo conocí hace muchos años, por medio de Guillermo Gil, otro guitarrista uruguayo ahora radicado en Inglaterra. Él tocaba conmigo, allá por el año 90, 92… Me dice Guillermo, ‘tengo un chiquilín que es alumno mío, lo podríamos llevar al Solís -yo iba a dar un concierto-, porque nos podría servir en el escenario para afinar las guitarras, por cualquier cosa que pase, si se desenchufa algo’. Yo estaba promocionando Rio en aquel tiempo. Le dije que lo lleve, menos de 20 años tenía, y ya tocaba en carnaval, estaba en varias vueltas”.
Cabrera recuerda que con el paso de los años se veían en los boliches, luego el Chapa formó parte de un quinteto suyo y participó como guitarrista en tres de sus discos, concretamente “Bardo”, “432” y “Viva la patria”. ¿Cómo repercute la falta de boliches en la vida musical? Cabrera está por decir “es una lástima”, pero Urbano en seguida acota, “está bárbaro”, “yo estoy de acuerdo con él”, cambia y dice Cabrera, los dos risueños, “nos parece bárbaro porque nos acostamos más temprano ahora. En aquella época estábamos tocando a veces a las tres de la mañana, ¿verdad, Urbano? Primera vuelta a la una, segunda vuelta a las dos y media, tres”.
Moraes, quien presentará su libro ¿Dónde van las mariposas?, el próximo 7 de octubre en Teatro El Galpón (Entradas por RedTickets, para no pelearse con el Chapa que las vendió por Tickantel), recuerda aquellos años referidos por Cabrera. “En la primera banda no, porque hacíamos Beatles y era distinto, pero a los 18 años, cuando entré en El Kinto ya era tocar hasta las 6 de la mañana, en una boîte tocabas todos los días, tres pasos por día, setenta mil millones de temas, era hasta las mil”.
“El Chapa es mi hermano”, afirma Moraes, y menciona los reels (ruidos, según él) de Instagram que estuvieron haciendo para promocionar ambos conciertos, “los dos muy asustados porque no venga nadie”. Ya faltan minutos para comenzar, salimos de cara a la Zitarrosa llena y nos volvemos público. Se apagan las luces, Urbano sale después y se sienta en frente.
CERCA
La luz cenital no se prende hasta que Tomás Nieves se sienta frente al público con su Stratocaster azul y una remera de Rubén Rada. La aspereza cotidiana de su voz se hace mucho más sutil cuando canta, por ejemplo, el popurrí de baladas con las que abrió esta cuarta edición de Chapital en Concierto. “Si supieras”, “El río”, “La espera”, “Faroles” y “Flashes y Rubor”. Canciones inéditas que, como ya declaró, él no acostumbra a tocar, y que esta noche encontraron su lugar en paralelo a sus proyectos con el “NH Jazz Fusión” o “La Sub 20”. El juego de luces se basa principalmente en el clásico cenital para los solistas, cuando toda la atención está en una parte del escenario, los colores cambian y ponen acentos visuales.
Nieves se despide con gratitud y cede el lugar del solista a Juan Pablo Chapital, que aparece con el pelo atado como acostumbra desde hace algunos años, frente al look más George Harrison que conocimos en la época de Los Terapeutas, y una actitud de desenfado virtuoso. “Bushido” es el primer tema que hace con su Fender blanca antes de pedir otro aplauso para Tomás Nieves “que la rompió”, y que se sume la banda completa.
Durante una entrevista en Nudo sobre Nudo, el programa cultural de Radio Centenario, Chapital habló sobre los desafíos de hacer música instrumental en el siglo XXI. “Es cada vez más canción”, afirmó, y en el modo con el que toca sus composiciones esto se ve y se escucha.
El Chapa supera rápidamente la etiqueta de “guitarrista vuelto frontman”, y las cuerdas, como también ya ha declarado, se transforman en voz, aunque más de una vez lo escuchemos cantar por lo bajo sus punteos y acordes, como ocurre en el segundo tema, “Móvil”, ya con banda, fusión de samba con marcha camión. En efecto son muchos arriba del escenario, y la cooperación no es calculada ni forzosa; el ‘coloque’ que mencionó Labrada es compartido hasta con el público.
Con la banda ya caliente comienzan las interpretaciones de referentes de la Música Popular Uruguaya. El disco “De” (2008), considerado por varios críticos como el mejor trabajo de Alberto Wolf con Los Terapeutas, tiene varias joyas escondidas, entre ellas “De Biarritz”, un tema que refleja la vida balnearia “alejada de todo”, que el Chapa rescata en una excelente versión instrumental. Aunque no participó en ese disco, al armar repertorio la oreja no miente.
El trabajo de Camila Ferrari y Rodra va más allá del rol de coristas; los instrumentos no acompañan a los instrumentos, y viceversa, todo el tiempo estamos escuchando un mismo ensamble musical. Chapital hace énfasis cuando las presenta, “grandísimas cantantes, compositoras, músicas”.
Sigue un tema grabado en “Amanecer en Tandil”, junto a Nicolás Ibarburu, que lleva las iniciales de un compositor decisivo para el Río de la Plata. L.A.S. (para Luis Alberto Spinetta) trasciende el mero homenaje para ser una exploración en el universo sonoro que legó el Flaco. Como señaló María José Pieri en su crónica sobre la segunda entrega de este espectáculo, la banda no toca hasta que termina el audio de Spinetta que dice: “Y si no encontramos nada, muchachos, no importa… Si encontramos algo, vamos a hacerlo brillar hasta el fin”.
“Momento Woodstock de la noche”, anuncia Chapital antes de tocar el tema de Hugo Fattoruso y Rada “Santanita”, editado en “Las aventuras de Fattoruso & Rada” (1991). A priori se puede sentir la influencia de Carlos Santana, pero el mestizaje se impone rápidamente en el modo de percutir hasta en los solos.
Siguen “Jungle” del disco “Móvil”, y un tema inédito dedicado al guitarrista de blues neoyorquino Jim Campilongo, al cual Chapital conoció por medio de un lutier en común tocando en Buenos Aires, y le dijo al Chapa, “muy lindo tema, no sé cómo hay gente que me quiere”. El público ríe antes de escuchar un blues con todas las letras.
Cuando entra Jacinta Bervejillo con su guitarra acústica el espectáculo adquiere otra dimensión. Interpretan “Milonga de pelo largo”, del “gran Gastón Dino Ciarlo”, que ya ha sido grabada por Chapital en el disco “En construcción”, editado como casi toda su obra por Perro Andaluz Ediciones, sello cuyo responsable, Ángel Atienza, es frecuentemente ovacionado a pedido del Chapa. Bervejillo toca con púa, y la Fender de Chapital hace la melodía, lo cual produce la misma simbiosis que ocurre si juntamos la primera versión de Dino grabada con su grupo Montevideo Blues en 1972, y la que grabó Alfredo Zitarrosa en “Melodía Larga” (1982). Rock and roll cruzado con la épica de la milonga.
EL TIEMPO ESTÁ DESPUÉS
“Un tema emblemático”, anuncia el Chapa. “Se nos fue Rada, y hay un disco que es el que más he escuchado”. Así introduce El rock de la calle, de La cosa se pone negra, grabado en vivo en el Estadio Obras Sanitarias de Buenos Aires el 8 de abril de 1983, y dialoga con Urbano de escenario a platea, quien afirma no poder escuchar el disco “porque yo recién entraba en la banda de Rada, y todas las líneas de bajo me parece que las hice espantosas”, el desacuerdo es general. El Chapa subraya –sin decirlo– la similitud con Sympathy for the Devil de los Rolling, y “no hay nada que decir, Rada”, remata con ambas manos hacia el cielo y la ovación en la sala es más que elocuente.
Prosiguen “Lo dedo negro” de Eduardo Mateo, “Serás” que forma parte de lo último que está grabando Chapital en Sondor junto a Martín Buscaglia, Urbano, y Fernando Cabrera, quien se presenta en el escenario con su Telecaster marrón. Y así, con la Strato del Chapa, la banda deja al dúo solo para interpretar María Elena, tema grabado con su antiguo trío MonTRESvideo.
Luego viene, del disco “432” el tema “Fotoestudio”, y se suman Checo Anselmi en bajo y Martín Ibarburu en batería. El minimalismo de Cabrera junto a los arreglos de Chapital produce una propuesta muy interesante, Anselmi e Ibarburu procuran no romperla.
En medio de los aplausos, la banda completa se recompone, vuelve también Tomás Nieves y toda la Sala Zitarrosa se pone a disposición de “El tiempo está después”, probablemente uno de los temas más conocidos de Cabrera, y el mestizaje vuelve a confirmarse entre el público. Generaciones, estilos, personalidades, todos asistiendo al final de un show que tampoco es homenaje, sino presencia de parte de nuestra identidad.
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