
¿Cómo será vivir sabiendo que uno será recordado siempre por alguien, de acá hasta el final de los tiempos, se dedique a estudiar la cultura del siglo XX?
Porque no se puede hablar “solo” de música cuando uno se refiere a un fenómeno único e irrepetible como lo fueron los Beatles.
El pelo largo, jeans y ropas coloridas en lugar de ropa formal, el amor no limitado al previo pasaje por una ceremonia civil o religiosa, las expresiones artísticas de vanguardia (pop art, performance, etc.) para consumo masivo, el lenguaje cinematográfico picado y ágil, la popularización en Occidente de religiones orientales y terapias alternativas (vía George Harrison) entre muchas, tantas que son imposibles de citar aquí, pero que constituyen una singularidad cultural insoslayable para entender la cultura actual.
Podría, acaso, hacer un intento de resumir dicha revolución con una frase. Decir, con toda justicia, que si los Beatles no hubieran existido el mundo sería muy distinto. Y no precisamente mejor, eso es seguro.
Como no hay dos sin tres, uno de los padres de esa revolución llegó a Montevideo por tercera vez a celebrar su misa pagana por espacio de tres horas. Porque conviene dejar esto bien claro: por la adoración que fieles de toda edad y condición económica le brindan, no hay dudas que lo de Paul McCartney no es apenas un recital, show ni concierto; es una celebración del espíritu.
Una instancia religiosa: una de las bases etimológicas de religión se encuentra en el latín. Es relegere (reagrupar, volver a unir), y eso es lo que la gigantesca obra que el inglés, junto a Lennon cuyo fantasma revolotea cerca suyo, consigue.
La misa
El martes 1° de octubre del 2024 se despertó rezongón, melancólico, amenazante: Montevideo no tuvo un atasco de tránsito menos; el cielo encapotado no hizo otra cosa que negar el carácter veraniego del día anterior; la lluvia, afortunadamente solo paseó su sombra por el cielo, sin arruinar la noche.
Mientras, abajo, transcurrían las horas de un día especial; uno de esos que luego recogen las crónicas y se desvanece a medida que a los últimos memoriosos se los lleva el incesante río del tiempo. Este martes la capital se re encontraría, acaso por última vez, con el inglés más montevideano.
Pues eso debe quedar claro: si Buenos Aires es rolinga y recibe a sus Majestades Satánicas con una adoración propia de los 60, si Jagger y compañía han dejado la semilla en bandas tributos y tribus urbanas, otro tanto puede decirse de Montevideo. La muy fiel y reconquistadora San Felipe y Santiago es beatlera por derecho propio. Los Shakers, el Corto Buscaglia, las genialidades de Mateo… la melancolía portuaria, tan distinta a la exhuberancia tana de los porteños.
Liverpool y Montevideo, un solo corazón.
Y McCartney nació en Tacuarembó, qué también.
El show
Luego de dos aperitivos (Hermanos Láser y el set del DJ Chris Holmes, armado con versiones que otros músicos han hecho de los Fab Four (Nancy Sinatra y nada menos que los Shakers, entre otros), en las gigantescas pantallas laterales del escenario comenzó el video recopilatorio previo (como en las dos visitas previas) que anunciaba el comienzo del show. En él se complementan imágenes y sonidos que construyeron la carrera de McCartney desde sus inicios hasta la actualidad, y la construcción está explicitada en la verticalidad del video: un tronco psicodélico, que luego se transforma en una torre poblada de Beatles en distintas épocas, culmina por fin en la silueta del mítico bajo Hofner, disuelto en estrellas mientras se escuchan los acordes finales de “The end” y esa línea memorable que dice: “El amor que te dan es igual al amor que das”.
Amor, la clave es esa
El viaje comienza con “A hard’s day night”, una inmejorable síntesis de las horas previas y una manera impecable de comenzar la fiesta.
La banda, como hace casi 25 años, está formada por Paul “Wix” Wickens, quien empezó a tocar con McCartney en 1989 y es la base imprescindible de la banda, así como su director musical.
Tanto como los guitarristas Rusty Anderson y Brian Ray, sin olvidar al gran Abe Laboriel Jr, un baterista de presencia masiva tanto sea por su físico, la fuerza de su ejecución como el show aparte que arma a base de gestualidad y, sobre todo, buena onda.
Para esta visita McCartney además incluyó a los Hot City Horns (Kenji Fenton, Mike Davis y Paul Burton), en trompeta, saxo y trombón, con lo que la banda ganó calidez a la hora de intercalar los vientos que han sido desde siempre una marca de estilo de las composiciones de los Fab Four.
El show sigue con “Junior’s Farm” y “Letting Go”, dos composiciones de la época del grupo Wings, y a continuación dos del repertorio beatlesco: “She’s a Woman” y “Got to Get You Into My Life”, marcando así la tónica del show. Este se columpiará entre uno y otro repertorio, joyas de décadas diferentes por las que cualquier compositor daría su mano derecha de tener la posibilidad.
El cambio llega con “Come On to Me”, publicada en 2018 como un adelanto de “Egypt Station”, el disco que Macca sacó aquel año. Luego la fiesta prosigue con más Beatles y Wings. En las tribunas cada una es recibida como el campo recibe el agua de la lluvia luego de un largo, árido verano. Está linda la noche, tormenta pasada y todo, de Montevideo.
Paul, con sus millones de shows a cuestas, sabe equilibrar el show con esas canciones-que-conocemos-todos y las novedades, pocas pues esto es un reencuentro y Paul jamás dejaría de estrecharnos el corazón extendido, que compuso en su años de solista.
La citada “Come On to Me”, claro, pero también “My Valentine” (dedicada a su esposa Nancy Shevell, presente entre el público), que el inglés estrenó en su versión en vivo acá mismo, en el Centenario, durante la cita anterior con el público uruguayo, “Dance Tonight”, del disco “Memory almost full” (2007) y “NEW”, del disco homónimo lanzado en el 2013.
Historia sobre la marcha
El resto del repertorio no registra mayores sorpresas: todas son joyas venerables, veneradas por los presentes. Ecos amados, sombras de momentos y de aquellos con quienes las compartimos (es una misa, recuerden) pero, como la historia viva que es McCartney, le tiene preparados tres momentos de esos que incluso los niños presentes algún día les relatarán a sus propios hijos.
El primero, acaso el más reservado a los fanáticos, es nada menos que “In spite of all the danger”, la primera canción grabada por los Beatles, cuando todavía se llamaban The Quarrymen, una composición de McCartney y George Harrison grabada en 1958.
El segundo momento histórico es otro estreno. En este caso el del polémico “Now and then”, una canción reconstruída con Inteligencia Artificial a partir de una grabación de John Lennon. Este la grabó de forma casera en 1977, y recién en el 2023 fue publicada como “la última canción de los Beatles”. La polémica, que en tiempos de redes sociales y opinólogos no demora, gira todavía en torno a si no es un aprovechamiento un tanto necrófago de su compañero fallecido.
En opinión de este cronista solo cabe agradecer por la aparición de tamaña joya. Que no está a la altura de las canciones creadas en la época en que Lennon estaba vivo es posible, pero en todo caso no es a McCartney, Yoko Ono o Ringo Starr a quien debe culpar sino al imbécil que mató a Lennon porque quería ser famoso. Un imbécil cuyo nombre me niego a escribir dado que eso, ser citado, fue el móvil del magnicidio.
Y el tercer momento histórico llega precisamente con Lennon, acompañándonos desde la azotea de Abbey Road. Llega al Centenario para cantar “I’ve Got a Feeling“ a dúo con Macca. La tecnología explicita lo que los corazones ya sabían: esos dos son inseparables, aunque todavía resulte increíble que “es curioso cómo un insecto pueda dañar tanto grano”, como canta Elton John en “Empty Garden”, la canción despedida a su amigo.
El dúo de los dos mayores compositores del siglo XX inicia la última media hora de show. Ya han transcurrido dos horas y media y ni Mcartney ni el público dan señales de cansancio. Ni la edad ni las preocupaciones tienen cabida allí en el Centenario.
La primera parte ya quedó sellada con un triplete demoledor: “Let it be” (nada menos), “Live and let die” (en la versión más explosiva realizada jamás en Montevideo) y ese ritual ecuménico que es “Hey Jude”.
El final llega con, justamente, “The end”, la coda a esa suite magistral que es Golden Slumbers/Carry That Weight/The End.
En la última línea del último verso de “The end” se puede escuchar el mismo mensaje, tan sanador como digno de ser recordado todos los días al acostarse, de que “el amor que te dan es igual al amor que das”.
Y uno cae en la cuenta de que no hay quien le cante tristeza con tanta alegría, o a la alegría con tanta melancolía, como Sir Paul.
En su libro doble “Letras”, la autobiografía rastreable a través de las letras de las canciones compuestas por Macca, el inglés decía que “algunas personas, cuando llegan a cierta edad, les gusta ir en busca de su diario para recordar los acontecimientos del día a día del pasado, pero yo no tengo esos cuadernos. Lo que sí tengo son mis canciones, cientos de ellas… “. Y eso es lo que buscamos cuando recurrimos a las canciones de los Beatles. Ellos, benditos, nos han provisto de las páginas donde se escribieron las memorias de millones; los recuerdos, las ausencias, las penas tanto como las alegrías.
La misa ha concluído.
Paul ya debe de estar camino a su hotel. Listo para seguir la gira que inauguró en Montevideo. Como hace desde mucho antes que muchos de los asistentes a su show hubieran nacido.
Dejamos el Centenario rodeados por un murmullo satisfecho. La noche se cierra sobre nosotros, y esta vez acogemos al cielo satisfechos, recompuestos, enriquecidos.
¿Cómo será vivir sabiendo, de alguna manera inasible, que uno es un símbolo de paz?
Ver esta publicación en Instagram













































