
Sábado 23 de diciembre de 2023
La escritora y profesora estadounidense. Mary Ellen Chase decía que la “Navidad no es una fecha; es un estado en la mente”. ¿A qué se refería con “un estado de la mente”? Tal vez conocía la sentencia de Benjamin Franklin: “Una buena conciencia es una continua Navidad”. Personalmente siempre me ha parecido que la Navidad es exactamente eso, una buena conciencia que se prolonga en el tiempo y se hace eternidad. Tal vez sea este hecho, el de ser una conciencia que debiera prolongarse en el tiempo y no una conciencia “hecha para la Navidad”, lo que hace que para muchas personas la Navidad no sea más que una pócima de “evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza”, como la describe Paul Auster en El cuento de navidad de Auggie Wren (1990), una historia en la que Auster, al estilo de Cervantes, crea un personaje que le narra su propia historia, la de él y la suya. Este personaje es Auggie Wren, empleado de una tienda de tabacos y revistas: “Las propias palabras “cuento de Navidad” tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así”. Es cierto, Auster está algo colapsado y temeroso porque le han pedido que escriba un cuento de Navidad, pero: “¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?”.
Lo que Auster plantea en su reflexión es un problema ético. La Navidad cuestionada por quienes ven en ella la bula expurgadora de las malas conciencias. En algún sentido, es cierto. El mundo moderno, con sus supermercados y grandes centros comerciales ha mercantilizado la Navidad. Con todo, ¿hasta qué punto esta realidad insoslayable de la modernidad líquida como un día la llamó Zygmunt Bauman, puede plantearse como una “hipócrita sensiblería y melaza”? La cuestión ética de estas “efusiones de hipócrita sensiblería”, desde la mirada etimológica significa “costumbre”. Y por eso, como lo señala Ferrater Mora en su clásico Diccionario de Filosofía, se ha definido “con frecuencia la ética como la doctrina de las costumbres, sobre todo en las direcciones empiristas”. Y Aristóteles distingue entre las virtudes, las éticas, “que son aquellas que se desenvuelven en la práctica y que van encaminadas a la consecución de un fin”, y que permiten el funcionamiento social: justicia, amistad, valor, entre tantas otras. Tienen, siguiendo con Ferrater Mora, “su origen directo en las costumbres y en el hábito, por lo cual pueden llamarse virtudes de hábito o de tendencia”. En consecuencia, la Navidad, inserta durante siglos en el seno de sociedades diversas, ha visto pasar la historia y su propia historia, desde las variopintas miradas socioculturales con que los hombres la han comprendido y retratado.
La Navidad responde a estas virtudes basadas en los hábitos y las costumbres, como lo eran las fiestas saturnales, rito romano pagano fundado en el solsticio de invierno: “La elección del 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Jesús no tiene nada que ver con la Biblia, sino que fue una elección bastante consciente y explícita de usar el solsticio de invierno para simbolizar el papel de Cristo como la luz del mundo”, señala Diarmaid MacCulloch, profesor de historia de la Iglesia de la Universidad de Oxford (BBC News Mundo, 24 diciembre 2021, en su artículo “Qué eran las saturnales, el rito pagano romano al que se atribuye el verdadero origen de la celebración de la navidad”). Y agrega: “Las costumbres de fiesta y desgobierno de las saturnales en la misma época del año migraron naturalmente a la práctica cristiana, ya que en el siglo IV el cristianismo se estaba volviendo más prominente en la sociedad romana. Iban a aceptarse mejor las nuevas creencias si no chocaban con sus antiguas costumbres no cristianas”. De suerte que, respecto de su origen, la Navidad, que celebra el nacimiento de Jesús, nace de una fiesta pagana que se celebraba, para que la coincidencia histórico-cultural se vuelva más sorprendente aún, el 25 de diciembre, debido al calendario juliano que orientó al imperio y a Europa durante varios siglos.
Las fiestas saturnales, en homenaje a Saturno, dios de dioses de la mitología romana, eran carnavalescas, como diría Mijaíl Bajtín; es decir, fiestas en las que las relaciones entre las personas rompen todo orden protocolar establecido y desaparecen, por lo tanto, las jerarquías sociales. En este universo carnavalesco que homenajea a Saturno, “dios del tiempo, de la agricultura y las cosas sobrenaturales”, comenta la historiadora australiana Marguerite Johnson al citado medio, “era necesario que el dios del tiempo y la comida estuviera contento, considerando que los días eran más cortos y que, en algún sentido, “la tierra moría de forma simbólica”. Las fiestas saturnales se celebraban como hoy se celebran las fiestas navideñas: “los romanos intercambiaban regalos: velas, pantuflas de lana, gorros y hasta calcetines. Y lo hacían entre familias, mientras los esclavos disfrutaban de su tiempo libre”, dice Johnson. Era la tradición hecha de hábitos y costumbres, las virtudes éticas de que hablaba Aristóteles. Las mismas virtudes éticas que ahora ilustran el comportamiento del mundo cristiano que celebra la Navidad inspirado en una tradición pagana, y cuyos objetos mencionados por la historiadora son símbolos representativos de cómo hoy entendemos la Navidad.
“Sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos” rezonga Auster en su relato navideño. ¿Acaso El cuento de Navidad de Auggie Wren no es un cuento para adultos? ¿Acaso no tiene Auggie Wren, ese día de Navidad, una reacción “sensiblera y melaza”, cuando se dispone a entregar en el propio domicilio del joven ratero, la cartera que por meses ha guardado?: “Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente”. Y la escena de Navidad que Paul Auster comienza a construir a partir de este momento y que culmina en la casa de Robert Goodwin, el ratero que vive con su abuela ciega, Ethel, con una cena comprada por Wren para celebrar la Nochebuena, es una narración de antología de cómo la Navidad acerca a dos desconocidos, solitarios, porque Robert hace tiempo que no vive con ella, y Wren, que acostumbraba a pasar estas fiestas con su jefe, ahora también se encontraba, solo pues su jefe andaba en Florida visitando unos parientes: “—¿Eres tú, Robert? —dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta. / “Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega. / “—Sabía que vendrías, Robert —dice—. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad”.
Más info – El cuento de navidad de Auggie Wren














































