
Decidí ir al concierto en ómnibus porque sé que llegar en taxi es muy complicado, el tránsito colapsa cuando hay un espectáculo de gran convocatoria. Fue muy pintoresco ver que el vehículo se iba llenando de pasajeras mujeres, arregladas, perfumadas, maquilladas, de todas las edades; en grupitos de amigas o con alguna pareja masculina. El destino era evidente: ellas iban a una cita. Y efectivamente el bus quedó vació cuando llegó al Antel Arena, vestido de fiesta con un imponente escenario 360° y habilitadas sus 10.400 butacas (palcos incluidos) para recibir al artista estadounidense de origen puertorriqueño.
En la explanada, varios vendedores ambulantes esperaban a las fans ofreciendo su mercancía. Vi muchas vinchas y tiaras con luces que pensé no tendrían éxito, pero me equivoqué: el auditorio estaba lleno de cabecitas iluminadas. Las fanáticas estaban preparadas para la fiesta.
Volviendo al escenario, se trata de un gran prisma cuadrado, una plataforma elevada con un perímetro en cada lado y un camino al centro en cruz, como si fuera un tablero de ludo. Por allí desfilará el artista cantando y bailando. En los cuatro espacios que quedan entre esos senderos, en un nivel más bajo, se encuentran los instrumentos de la banda. Todo iluminado por una gran batería lumínica que cubre todos los sectores, de piso a techo.
Mientras se escucha música salsera, la concurrencia está atenta a un gran corredor delimitado por personal de seguridad, que conecta una de las esquinas del estadio con el escenario. Con los celulares listos ante cualquier cambio en la música o las luces. En un momento se comienza a proyectar en la pantalla gigante de cuatro lados que cuelga sobre el escenario, un videoclip del artista mientras suena un popurrí con sus grandes éxitos del 2023. La gente ya está bailando, y Marc aún no salió al escenario, aquí se vino a divertir y disfrutar.
Finalmente, cual boxeador camino al ring aparece el artista rodeado de su comitiva y se cayó abajo el estadio. Marc Anthony sube al escenario de jean, camiseta blanca con una impresión en rojo, chaqueta azul y lentes de sol. Se prenden las luces de platea y él sonríe como sorprendido de ver a tanta gente. Saluda y baila en cada uno de los cuatro costados y es ovacionado.
Apoyado en un micrófono de pie comienza con la rumbera Pa’lla voy y nuevamente el estadio explota. En la pantalla gigante se mezcla la imagen en vivo (en blanco y negro) con efectos digitales y otros videos.
Sigue con Valió la pena, que fue coreada a gritos por la audiencia. Ya el 80% de los asistentes está bailando, y no se volverá a sentar. Marc recorre el escenario por los cuatro lados agradeciendo al público, que le devuelve la gentileza al grito de ¡Uruguay! y en un acto teatral el artista se desabotona la chaqueta y deja ver el texto escrito en su remera: East Harlem 1968: sus orígenes.
Suenan dos acordes de Y hubo alguien y la audiencia delira. Las imágenes en la pantalla se reparten en dos, el show abarca prácticamente todos los sentidos. Marc nos grita “¿qué hacen sentados?”, se le ve emocionado y agradecido por la convocatoria. Derrocha energía.
Qué gran trabajo del director de cámaras ¿quizás asistido por Inteligencia Artificial? ya que son varios los dispositivos que filman al artista desde todos los ángulos, mientras se mueve sobre el escenario, va y vuelve, gira sobre su eje… y sin embargo el protagonista siempre está en pantalla, mezclado en cientos de planos.
Entre canción y canción hay instantes de oscuridad y silencio, un momento necesario para recobrar el aliento y cambiar el chip para la nueva canción. El sonido es impecable. Suena Hasta ayer entre guitarras y palmas del coro, la gente canta y él los deja. Suenan los vientos, Marc felicita al público y deja que se luzcan los músicos, subiendo al guitarrista “mi hermano argentino” a su nivel del escenario para que haga un gran solo exhibiendo un gran virtuosismo, tocando hasta de espaldas y acompañado por las luces coordinadas con la música.
Finalizada la canción, Marc se dirige formalmente por primera vez a la audiencia con un “Buenas noches”. La gente corea nuevamente ¡Uruguay!, él devuelve un beso. “Es la primera vez viviendo muchas cosas” explica emocionado. “Dios los bendiga, que viva Uruguay, todo comenzó aquí” (haciendo referencia a que Montevideo fue su primera actuación internacional en el año 1994, en el Teatro de Verano junto a Celia Cruz, Tito Puente, Oscar D’León, Cheo Feliciano, El Canario José Albert y La India).
Nos pide que cantemos junto a él Flor Pálida y hay un cambio en el video proyectado, que incorpora el color. Los coristas bailan con coreografía, es un espectáculo que sólo disfrutan quienes están sentados más arriba que el escenario. Cada sector tiene su particular visión del show. Mientras tanto, Marc se para en cada esquina, canta, tira besos, agradece, saluda. Hace contacto visual con muchos de los asistentes.
Recoge una bandera uruguaya que le tiran, la exhibe orgulloso a cada costado del escenario, la besa y la coloca con cuidado sobre su atril. Con un gesto maneja la orquesta y avisa que vamos a hacer “un poquito de todo” en referencia a un compilado de baladas El joven y sonriente baterista, en estado de gracia, realiza un gran solo y es ovacionado. Llega el momento del clásico de Perales Y cómo es él TODO EL MUNDO LO COREA, en un momento maravilloso.
Con un cambio en el video que incluye un filtro dorado, se presenta Volando entre tus brazos y luego Qué precio tiene el cielo. Tiene el público en sus manos, cada canción es coreada a gritos, cada vez que hace su particular meneo de cadera es un delirio, la platea estalla.
Llega el momento del clásico Te conozco bien. Si bien el 80% de los asistentes son mujeres, debo indicar que los varones se las saben todas también, y bailan a la par. También reconozco que ver el concierto con bebidas en la mano, es un acierto. Engancha con Mala y cuando pienso que no sé cuánto más se puede subir la energía en este lugar, amaga un “ya nos vamos, si están sentados… es ahora”. La pantalla vuelve a mezclar la imagen en vivo con videoclips, Marc tiene un gran manejo del particular escenario, lo conoce a ciegas. Nuevamente se siente el grito de ¡Uruguay!, el salta, deja el micrófono, saluda a los cuatro costados, aplaude, recoge un boxer pintado a mano que le tiran, baila con él. Se despide con Parecen viernes y se baja por las escaleras mientras la banda sigue tocando.
La gente ni se mueve y pide otra durante varios minutos. Cuando cambia la iluminación y nos baña una luz azul fluorescente, se puede ver que el personal de seguridad comienza a hacer movimientos tácticos, nuevamente armando un corredor desde la esquina al escenario. Las palmas se intensifican, los cánticos no paran. No se mueve nadie. Finalmente aparece el artista por el corredor, se toma su tiempo para saludar, da la mano a los más cercanos. Sube al escenario con una bandera de Peñarol y todo es euforia. Pide palmas, ¡todos arriba! Se para en el centro, se abraza, recibe el calor del público desde los cuatro costados. Se le ve muy emocionado. La gente delira, sonríe, él sabe lo que quieren: una más. Culmina con Tu amor me hace bien y por supuesto Vivir mi vida, que se festeja como un gol en la hora. Luego de una intensa hora y media de actuación desenfrenada, con una gran calidad técnica y artística, se despide con bendiciones y un consejo: “La vida es una”.
El público se retira feliz, identifico grandes atuendos, mucho arreglo hubo para venir a la fiesta. Se llevan sus carteles hechos a mano, sus vinchas, remeras del Historia Tour, y aprovechan para pedir fotos a famosos locales como la Joya Hernández, que no se quiso perder la fiesta y amablemente se presta para las fotos.
La gira sigue para Marc Anthony, pero su actuación sigue en el ambiente montevideano, en las redes y en las retinas de todos los que pudimos disfrutar este gran show.
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