Hace poco leí un texto que decía que cada una de las especies contiene en su memoria genética sonidos. Sonidos que calman, que alteran, que suavizan, que provocan, pero que al mismo tiempo frente a la singularidad y universalidad termina siendo un espejo secreto del universo, único e irrepetible, un reflejo del sonido que hace eco en cada cuerpo.
Anoche Buceo Invisible repitió show, esta vez en el Ducon, volviendo a hacer eco en quienes pese al frío nos acercamos a la vieja esquina.
Muchas veces me veo en la dificultad de expresar pensamientos, sobre todo de lo que siento o lo que me emociona. Hay algo de la memoria genética colectiva que inevitablemente me conecta con los demás, con otras vivencias que en música pueden traducirse en emoción, o con otras emociones que pueden pasar por música. Buceo genera atmósferas que distienden, que aflojan penas y tejen un aire en común, con voces rotas, que suenan a disco gastado y con voces más enteras, que nos llevan a una aceptación de la realidad, exigiendonos cerrar los ojos y ver en los párpados las manchas que se mueven al ritmo de rock y poesía.
El viernes se disfrutó con el volumen justo, de una banda que hace años contempla y expresa de una manera bella el arte de poner palabra y voz al sentimiento, contribuyendo a mutarlo, a desplazarlo, a extrañarlo, a entenderlo e incorporarlo.
Dato no menor de la noche, el 20 de noviembre 2025 presentan disco en la Sala del Museo, fecha para agendar si andas con ganas de conectar con la memoria.












































