
“Hay una voz que no rima con el silencio, una madera que resiste el golpe del tiempo.
Ella no cantaba para adornar el aire; abría la boca y se venía el cerro, se venía el río, se venía el dolor de un pueblo entero.
Como el agua que busca su cauce entre las piedras, así se nos quedó sembrada, toda entera, en la memoria”- Ana.
La tierra de Tucumán es roja, cargada de un polvo espeso que se pega a los zapatos y a la memoria. Allí, en el humilde barrio de Villa Alem, donde el aire huele a azúcar quemada de los ingenios tucumanos y a miseria limpia, la realidad se costura con hilos delgados. El 9 de julio de 1935, mientras el país celebraba su independencia, en un rancho donde el pan se contaba con los dedos, nacía Haydée Mercedes Sosa, la mujer que décadas después el mundo conocería simplemente como Mercedes Sosa. Su padre, Ernesto “Tucho” Sosa, era un obrero de la industria azucarera y jornalero; su madre, Ema del Carmen Girón, lavaba ropa ajena para estirar los pesos.
Afuera, el invierno norteño calaba los huesos; adentro, se desataba la primera batalla de una mujer que pasaría la vida defendiendo su identidad.
“Yo voy andando y cantando, que es mi modo de alumbrar”. — Mercedes Sosa (Luna Tucumana)
MOVIMIENTO I (PIANISSIMO): La frecuencia fundamental de los nombres y el seudónimo oculto (1950)
Ernesto Sosa desandaba el camino desde el registro civil sosteniendo el pecho inflado, guardando en el bolsillo un papel oficial que dictaminaba el nacimiento de Haydeé Mercedes Sosa. Pero en el norte profundo, las madres gobiernan un territorio soberano que las leyes de los hombres no logran conmover. Ema del Carmen contempló a la recién nacida, la cobijó bajo una manta gastada y sostuvo la mirada de su esposo con una firmeza inapelable.
En esta casa te vas a llamar Marta —sentenció la madre, borrando el registro oficial con un soplo de autoridad—. Y puertas afuera, que la gente te llame como quiera.*
Aquel decreto materno no fue una simple regla de hogar; fue el bautismo de su arquitectura sonora. Sin saberlo, Ema del Carmen le otorgó a su hija el secreto mejor guardado de los grandes intérpretes: el contrapunto entre la voz pública y el silencio interno.
En la música, para que un acorde tenga peso y resuene con verdad, debe existir un pulso oculto, una frecuencia fundamental que el oyente no escucha a simple vista, pero que sostiene toda la armonía. “La Negra” sería la melodía expuesta a la intemperie del mundo. Pero detrás, sosteniendo ese concierto brutal para que la cuerda no se rompiera por la tensión de tanta historia, habitaba “La Marta”: el compás de espera, el silencio sagrado que los compositores escriben en la partitura para que la música respire.
Al llegar octubre de 1950, el hambre continuaba siendo el único reloj puntual de la casa.
Mientras sus padres se encontraban fuera de Tucumán asistiendo a un acto político, Marta, con apenas 15 años, caminó junto a sus compañeras de escuela hacia los estudios de LV12 Radio Independencia, en la calle Rivadavia. Iba a probar suerte en el concurso de la firma Tiendas Gath & Chaves, arrastrando el pánico a “Tucho” Sosa, un hombre convencido de que una señorita cantando en público desafiaba las leyes de la decencia.
—¿Nombre? —interrogó el locutor René de la Vega, manteniendo el bolígrafo suspendido sobre la planilla.
La joven tragó saliva, buscando con la mirada un refugio inexistente en la calle. —Gladys Osorio —susurró.
Cantar bajo un nombre falso no fue una simple travesura adolescente, sino el primer ensayo de su propia acústica: la certeza de que la interpretación más pura acontece cuando el artista es capaz de cobijarse en un seudónimo para proteger la intimidad de su timbre.
Al abrir la boca para desatar las estrofas de “Tristeza”, la zamba de los Hermanos Núñez, el estudio pareció contraerse. No brotaba de allí la voz de una muchacha; era el gemido del viento meciéndose en los cañaverales.
El primer premio fue suyo de inmediato, traduciéndose en un contrato formal por dos meses.
El secreto de Gladys Osorio se evaporó en las calles del barrio. El rumor corrió rápido por Villa Alem hasta llegar a los oídos de Ernesto Sosa: la adolescente que cantaba en la radio local era su propia hija Marta. La confrontación dentro del rancho fue directa y áspera, nacida del choque entre el orgullo de un obrero y las estrictas normas de la época sobre lo que debía hacer una mujer joven.
Marta estaba en la cocina cuando la voz de su padre la sobresaltó. Don Tucho la encaró entre el olor al fuego y el calor del ambiente, con la rigidez de quien siente que su autoridad ha sido burlada. Ella intentó hacerse invisible, pero la mirada de su padre la clavó en el suelo.
—¿Le parece bonito eso de andar metiéndose en la radio a escondidas? — soltó el hombre, con una voz cortante que heló el aire de la cocina. –¿Eso es lo que hace una señorita? ¿Esa es la decencia que le enseñé?–
Marta no se atrevió a levantar los ojos del piso de tierra. Ernesto Sosa dio un paso hacia ella, endureciendo el gesto antes de rematar con ironía:
—A ver, Gladys Osorio… Venga, acérquese. ¿Qué tengo que hacer ahora? ¿Tengo que felicitarla?
“Romperá la tarde mi voz…” (Zamba para no morir/ Hamlet Lima Quintana, en la voz de Mercedes Sosa).
MOVIMIENTO II (CRESCENDO DISONANTE): El compás partido y el arresto en pleno acorde (1978)
Los años transcurrieron con la velocidad de un río desbordado. Aquella “Marta” de Tucumán se consagraba, junto a su primer esposo Manuel Oscar Matus, como la herencia viviente del Movimiento del Nuevo Cancionero. Sin embargo, en la Argentina de 1978, ensombrecida por la junta militar de Jorge Rafael Videla, la belleza se transformaba en una disonancia insoportable para el poder.
La noche del 20 de octubre de 1978, el local Almacén San José, en la ciudad de La Plata, congregaba a cientos de estudiantes universitarios en una atmósfera cargada de electricidad. Mercedes se hallaba en el escenario, vistiendo un poncho que caía como una bandera de resistencia. En pleno concierto, mientras desgranaba los versos de “Como la cigarra” de María Elena Walsh, las puertas de madera crujieron bruscamente. Las botas de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, respondiendo al mando del general Ramón Camps, irrumpieron quebrando la armonía del recinto.
Las luces de la sala se encendieron de golpe, desnudando el desamparo de los asistentes. Un oficial de rostro rígido ganó las tablas, interponiéndose entre la cantora y el micrófono para cortar en seco la frase musical.
—Queda detenida. Camine —dictaminó, rozando la culata de su arma reglamentaria.
Mercedes demoró el paso. Contemplaba a los casi doscientos jóvenes que empezaban a ser arrastrados y requisados en el patio bajo la mirada fija de los fusiles. Empujada por los uniformados hacia una oficina trasera, permaneció cautiva durante dieciocho horas de incertidumbre.
En el escritorio, el comisario a cargo arrojó las cintas magnetofónicas confiscadas directamente de la consola de sonido.
Frente a los militares, Sosa no usaba metáforas poéticas ni discursos elaborados; su resistencia era el peso de su cuerpo inmóvil, la mirada fija y respuestas escuetas, casi desnudas, que desarmaban la prepotencia del uniforme.
Mercedes Sosa, arrastrando el frío de la comisaría pero sosteniendo una dignidad de cerro desde su metro y medio de estatura, lo midió con la mirada. No hubo el quiebre que el oficial buscaba, ni el ruego que justificara el abuso.
Entre el ruido de las botas y la prepotencia de la herrata, ella opuso la fijeza del paisaje norteño: un silencio espeso, compacto, que enfurecía a los uniformes más que cualquier grito.
Cuando finalmente habló, su voz no buscó la belleza del escenario, sino la aridez de la verdad revelada.
Al amanecer, tras una fianza tramitada de urgencia por su representante Chochi Marinkovich, recuperó la libertad. No obstante, la asfixia económica de la censura y las amenazas y la persecución sistemática de la dictadura terminaron empujándola hacia un avión con destino a París.
El canto se llamaba a un doloroso silencio.
“Todas las voces, todas,todas las manos, todas,toda la sangre puedeser canción en el viento”.
Armando Tejada Gómez / César Isella (Inmortalizada por Mercedes Sosa)
MOVIMIENTO III (FORTISSIMO TRAGICO): Las notas del destierro y el retorno al gran teatro (1982)
El destierro amenazaba con apagar su resonancia. Primero en París y más tarde en un departamento de la calle Alberto Alcocer en Madrid, el frío europeo se le instalaba en los pulmones. Para colmo, en 1978 había despedido a Francisco “Pocho” Mazzitelli, su segundo esposo y gran amor. El exilio transcurría como un calvario de notas sordas.
Su único hijo, Fabián Matus, evocaría la imagen de su madre sentada durante horas frente a la ventana, contemplando una lluvia ajena mientras apretaba entre las manos un paquete de yerba mate Nobleza Gaucha, enviado clandestinamente desde su patria como un eco lejano.
—Las comidas me están diciendo que falto de mi lugar —confesaba Mercedes en la penumbra de las tardes—. Y me están mandando… Me están diciendo: “Volvete a casa, Mercedes”.
Y la vuelta se consumó el 18 de febrero de 1982. El Teatro Ópera de Buenos Aires, emplazado sobre la avenida Corrientes, se percibía como un polvorín armónico.
Se trataba de trece conciertos históricos gestionados por el empresario Daniel Grinbank, con el país padeciendo todavía el yugo del general Leopoldo Galtieri.
Tras bambalinas, la atmósfera se asemejaba a un estado de sitio. Miembros de la división de Explosivos de la Policía Federal inspeccionaban minuciosamente cada rincón debido a tres llamadas anónimas que alertaban sobre bombas en el edificio antes de abrirse el telón.
La negra sosa, envuelta en una túnica blanca confeccionada por Clori Gatti, aguardaba en una esquina presa de un temblor constante; una arritmia física dictada por 0el espanto.
Su asistente de confianza, José Luis Castiñeira de Dios, se aproximó para susurrarle al oído: “Negra, dicen que desalojemos, hay una amenaza en el subsuelo”.
Mercedes Sosa se incorporó, se acomodó el poncho sobre los hombros y clavó la vista en la puerta que conducía al escenario. —Si nos vamos ahora, ganan ellos. Que abran el telón.
Al pisar las maderas del escenario, flanqueada por las instrumentaciones de Chango Farías Gómez y Raúl Barboza, el rugido de dos mil quinientas almas se fundió en una ovación sinfónica tan inmensa que apagó cualquier posibilidad de estallido. Cantó con el alma completamente expuesta.
El peso de su propio mito era, a veces, una carga insoportable para una mujer de carne y hueso. Mercedes, la voz de América, cargaba con los dolores de un continente entero en su garganta, pero por dentro seguía siendo la tucumanita frágil que añoraba la cocina de su hogar. Esa inmensa soledad e indefensión inspiraría, décadas más tarde, al dramaturgo Blas Arrese Igor a imaginar sus fisuras más íntimas. En su obra teatral Mercedes… de cantar para vivir, el autor logró decodificar ese desgarro invisible, poniendo en la boca de la cantora un ruego ficticio pero espiritualmente real, un grito que Mercedes bien pudo haber pensado en la intimidad de sus noches más oscuras.
“Tantas veces me mataron,tantas veces me morí,sin embargo estoy aquíresucitando”. — Letra de María Elena Walsh, en la voz de Mercedes Sosa (Como la cigarra)
CODA: El acorde final de barro y bronce
Mercedes Sosa jamás vistió los ropajes de una heroína de mármol ni se sometió a las rigideces de una partitura estricta. Fue una mujer modelada con barro, miedos y verdades que, cuando el continente se oscurecía, prestaba su caja de resonancia para que el viento del pueblo continuara soplando.
Se requería un volumen ensordecedor y el coraje de una solista absoluta para plantarse frente al poder bajo el nombre de “La Negra”; pero se volvía imperativo regresar siempre a la frecuencia fundamental de “La Marta” —la niña de Villa Alem que cantaba a escondidas para asegurar el pan— si se pretendía conservar, intacta, la afinación del alma.
“Me voy, pero no me olvido… Si el viento me lleva el canto, en el viento volveré”. — Luis Profili (en la inmortal interpretación de Mercedes Sosa de “Zamba de mi esperanza”)
La dimensión de Mercedes Sosa excede por completo los límites del folclor tradicional; su carrera reescribió la historia de la cultura latinoamericana. Para entender la magnitud de su huella, basta con repasar los grandes hitos y conquistas que jalonaron su vida musical:
- Fundación del Movimiento del Nuevo Cancionero (1963)
- Unión definitiva entre el Folclor y el Rock Nacional (1982)
- Conquista de los templos máximos de la música mundial (Carnegie Hall, Teatro Colón, Olympia)
- Primera artista popular en cantar en la Capilla Sixtina del Vaticano (1994)
- Creación de Cantora (2009), la cumbre de las colaboraciones iberoamericanas
- Ganadora de múltiples Premios Grammy Latinos (incluido el Grammy a la Excelencia Musical)
- Nombramiento como Embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO y Premio UNIFEM de las Naciones Unidas
POSTLUDIO: El eco en el viento de hoy
Hoy es 9 de julio. El calendario insiste en marcar la fecha con el bronce de las viejas independencias, pero la memoria de la tierra prefiere encenderse con el fuego de los seres humanos reales. Un día como hoy, la casa de Tucumán no solo vio nacer una leyenda; vio nacer el recordatorio viviente de que el miedo no es el final del camino, sino el paisaje que se atraviesa para llegar a la propia voz.
En estos tiempos modernos, donde el ruido del mundo a menudo aturde, donde las pantallas nos exigen máscaras perfectas y donde el temor al porvenir nos tienta a llamarnos al silencio, la partitura de Mercedes Sosa regresa como un desafío urgente.
Recordarla hoy no es mirar el pasado con nostalgia; es mirarnos al espejo con valentía. Es entender que todos llevamos una “Marta” oculta, un rincón de barro genuino que ninguna tormenta de la época puede corromper, y una “Negra” que, aun temblando ante la incertidumbre, es capaz de plantarse, acomodarse el poncho y cantar. Que la memoria de su canto nos recuerde hoy que, por más oscuro que pinte el silencio del presente, la música de nuestra propia verdad nunca puede ser arrestada.
“Si se calla el cantor, calla la vida, porque la vida, la vida misma es todo un canto”.
Horacio Guarany (en la voz de Mercedes Sosa)